El coche se desvió bruscamente, el motor tosió un par de veces y luego se silenció, dejándola varada en medio de una carretera oscura y desierta, lejos de las luces de la ciudad.
El pánico se apoderó de ella, un miedo primordial y visceral, estaba sola, enferma y vulnerable.
Con manos temblorosas, sacó su teléfono, solo había un número que podía marcar por instinto, a pesar de todo.
Alejandro.
El teléfono sonó una, dos, tres veces, finalmente, él contestó, su voz irritada.
"¿Qué quieres ahora, Sofía?".
"Alejandro... ayúdame", logró decir, su voz era un hilo débil. "Mi coche se paró... no me siento bien... estoy en la carretera a Cuernavaca".
Hubo una pausa, y pudo oír la voz de Mariana de fondo, quejumbrosa y exigente.
"No puedo ahora, Sofía", dijo Alejandro, su tono se volvió frío y distante. "Mariana no se siente bien, el médico dijo que necesita reposo absoluto, no puedo dejarla sola, resuelve tus propios problemas".
Antes de que pudiera suplicar, él colgó.
El pitido final de la llamada fue el sonido más solitario que Sofía había oído en su vida, la última puerta se había cerrado, la última pizca de conexión se había roto, él la había abandonado a su suerte, sin dudarlo un segundo.
Se dejó caer contra el volante, los sollozos la sacudían violentamente, la desesperación era un pozo negro que amenazaba con tragarla, la lluvia golpeaba el techo del coche, cada gota un recordatorio de su total y absoluto abandono.
Fue entonces cuando vio unas luces de coche acercándose por el espejo retrovisor, un vehículo de lujo se detuvo detrás de ella.
El miedo le atenazó el corazón, ¿quién podría ser a estas horas en este lugar?
Un hombre alto bajó del coche, protegido por un gran paraguas negro, caminó hacia su ventanilla y golpeó suavemente el cristal, Sofía levantó la vista y, a través de la cortina de lluvia, reconoció el rostro.
Ricardo Morales.
El rival de negocios de Alejandro, un hombre con fama de ser despiadado y frío en el mundo empresarial, el hombre al que Alejandro más despreciaba.
Dudó por un momento, pero el mareo volvía con fuerza, bajó la ventanilla.
"¿Señora Vargas? ¿Está bien?", la voz de Ricardo era grave y tranquila, sorprendentemente carente de la arrogancia que ella esperaba.
"Mi coche... se detuvo", susurró ella.
"Parece que usted tampoco está bien", dijo él, sus ojos inteligentes evaluando su rostro pálido y sus manos temblorosas. "Venga, la llevaré a un lugar seguro".
Normalmente, se habría negado, su orgullo no le habría permitido aceptar ayuda del enemigo de su ex-marido, pero en ese momento, estaba más allá del orgullo, estaba al borde del colapso.
Ricardo la ayudó a salir del coche, su brazo firme y seguro alrededor de sus hombros, protegiéndola de la lluvia, la guió hasta su propio vehículo, un sedán impecable que olía a cuero y a una sutil y cara colonia.
Tan pronto como se sentó en el suave asiento del pasajero, la oscuridad que había estado acechando en los bordes de su visión finalmente la venció, el mundo se desvaneció en un remolino negro.
Lo último que sintió fue el calor de una mano sobre la suya y una voz tranquila que decía: "No se preocupe, yo la cuidaré".
Cuando Sofía despertó, no estaba en un hospital ni en su frío apartamento, estaba en la cama más cómoda en la que había dormido nunca, en una habitación bañada por una luz suave y cálida, las sábanas eran de un algodón egipcio increíblemente suave y el aire olía a lavanda y a limpio.
Se incorporó lentamente, mirando a su alrededor, la habitación era minimalista pero lujosa, con paredes de tonos neutros, muebles de madera oscura y una enorme ventana que daba a un jardín exuberante, ahora bañado por el sol de la mañana.
Había un vaso de agua y un analgésico en la mesita de noche, junto con una nota escrita a mano.
"Beba un poco de agua. Llamé a un médico, llegará pronto. Ricardo".
Estaba en casa de Ricardo Morales, el hombre que se suponía que era su enemigo, y él la había salvado.