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Renacida En Tu Amor Brillo
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Capítulo 4

El jardín de la mansión Vargas estaba decorado en tonos de azul y rosa pastel, una celebración grotesca de la vida que había destruido la suya, Sofía llegó sola, vistiendo un elegante vestido negro que contrastaba deliberadamente con la alegría forzada del evento.

Las miradas la siguieron como buitres, los susurros se silenciaron a su paso, caminó con la cabeza en alto, buscando a Alejandro, lo encontró cerca de una enorme caja de regalos, con Mariana aferrada a su brazo, radiante en un vestido de maternidad blanco.

El momento culminante de la fiesta llegó, Alejandro y Mariana se pararon junto a un gran globo negro, listos para reventarlo y revelar el género del bebé, pero antes de que pudieran hacerlo, Mariana tomó el micrófono.

"Gracias a todos por venir", dijo, su voz temblorosa de emoción fingida. "Pero antes de compartir nuestra alegría, hay algo que necesito decir".

Sus ojos se encontraron con los de Sofía a través de la multitud.

"He estado recibiendo mensajes... mensajes horribles", continuó, las lágrimas brotando de sus ojos. "Alguien no quiere que este bebé nazca, alguien me está amenazando, y el estrés... el estrés me está haciendo mucho daño".

El silencio cayó sobre el jardín, todos los ojos se volvieron hacia Sofía, la acusación, aunque no dicha, era clara como el agua.

Alejandro la miró, su rostro una máscara de decepción y furia.

Fue la señora Vargas quien actuó, se acercó a Sofía, su rostro contorsionado por la rabia.

"¡Cómo te atreves!", siseó, y antes de que Sofía pudiera reaccionar, la mano de su suegra se estrelló contra su mejilla, el sonido de la bofetada resonó en el silencio.

"¡Bruja! ¡Estás tratando de dañar a mi nieto!".

Sofía se tambaleó hacia atrás, el escozor en su mejilla era nada comparado con la humillación helada que la inundó, miró a Alejandro, buscando una pizca de defensa, una señal de que él no creía esa mentira monstruosa, pero él se quedó quieto, paralizado entre su madre y su amante, su inacción fue una traición más profunda que la bofetada.

En ese momento de caos, Mariana soltó un grito agudo y se dobló, agarrándose el vientre.

"¡El bebé! ¡Algo está mal!".

El pánico estalló, la fiesta se disolvió en un frenesí de llamadas a ambulancias y gritos de preocupación, la atención se desvió de Sofía, pero el daño ya estaba hecho.

En medio de la confusión, mientras llevaban a Mariana hacia la casa, Sofía se abrió paso hasta Alejandro, sacó un sobre de su bolso, los papeles del divorcio.

"Firma", le dijo, su voz desprovista de toda emoción.

Él la miró, distraído, abrumado.

"Sofía, ahora no es el momento...".

"Firma ahora, Alejandro, o te juro que convertiré tu vida en un infierno del que ni tu madre podrá salvarte".

Había algo en su tono, una amenaza fría y letal, que lo hizo obedecer, tomó el bolígrafo que ella le ofrecía y garabateó su nombre en la línea de puntos, sin siquiera leer el documento.

Sofía tomó los papeles, su boleto a la libertad.

"Hecho", susurró.

Se dio la vuelta y se fue, sin mirar atrás, nadie intentó detenerla.

Condujo directamente a la que había sido su casa, la mansión que ahora le parecía profanada, necesitaba recoger sus últimas pertenencias personales, sus diseños, los recuerdos de su madre.

Cuando entró en su estudio, el corazón se le detuvo, las cosas de Mariana ya estaban allí, una cuna de diseño en la esquina, ropa de bebé doblada sobre su mesa de trabajo, sus bocetos y telas habían sido empujados a un lado, como si fueran basura.

La invasión era total, absoluta.

Alejandro y Mariana llegaron poco después, el pánico inicial había sido una falsa alarma, una conveniente crisis de ansiedad, Mariana la miró con un triunfo mal disimulado.

"Pensé que ya te habías ido", dijo Mariana, su voz goteando falsa dulzura.

Alejandro se interpuso entre ellas.

"Sofía, ¿qué haces aquí? Vete, por favor, ya has causado suficientes problemas".

Sofía los miró a los dos, de pie juntos en su espacio sagrado, el último vestigio de su vida anterior, el dolor, la humillación y la rabia se fusionaron en una sola emoción helada.

"No te preocupes, Alejandro", dijo, su voz era apenas un murmullo, pero cortaba el aire. "Ya me voy".

"Y nunca volveré".

Caminó hacia la puerta, pasando junto a ellos, por un instante, sus ojos se encontraron con los de Alejandro, y vio un destello de algo, ¿arrepentimiento? ¿pérdida? Ya no importaba, era demasiado poco, demasiado tarde.

Salió de la casa y se metió en su coche, la lluvia había comenzado a caer, gruesas gotas que golpeaban el parabrisas como lágrimas, arrancó el motor y se alejó, dejando atrás la mansión, el matrimonio, la mujer que solía ser, mientras conducía sin rumbo bajo la tormenta, el mundo exterior se desdibujaba, y una oscuridad mucho más profunda comenzaba a apoderarse de ella desde dentro.

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