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Renacida En Tu Amor Brillo
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Capítulo 2

La mansión Vargas, que una vez fue su hogar y refugio, ahora se sentía como un mausoleo frío y ajeno, Alejandro no le pidió que se fuera, no directamente, pero sus palabras fueron igual de crueles.

"Será mejor que pases un tiempo en el apartamento de Polanco, Sofía", le dijo al día siguiente, sin mirarla a los ojos. "Solo hasta que las cosas se calmen, Mariana necesita un ambiente tranquilo".

No era una sugerencia, era una orden de exilio, él la estaba expulsando de su propia casa para hacerle espacio a la otra mujer, el apartamento de Polanco, el lugar donde habían pasado sus primeros meses de casados, ahora se convertía en su prisión dorada.

Mientras empacaba una pequeña maleta en el silencio de su dormitorio, cada objeto le gritaba traición, la fotografía en su mesita de noche, de ellos dos sonriendo en su luna de miel en Italia, ahora parecía una burla, la bata de seda que él le había regalado por su aniversario colgaba en el armario, un recordatorio de promesas rotas.

Recordó la noche en que él le confesó el "accidente", sus ojos llenos de un arrepentimiento que ella, en su ingenuidad, creyó sincero, recordó cómo la abrazó y le juró que ella era la única mujer en su vida, que Mariana era un error que nunca se repetiría.

Mentiras, todas eran mentiras.

El desastre natural, un terrible terremoto que sacudió la ciudad, fue el escenario perfecto para el regreso de Mariana, ella, la estudiante de enfermería, "casualmente" estaba cerca del edificio derrumbado donde Alejandro quedó atrapado, lo "rescató milagrosamente", y de repente, la amante se convirtió en una heroína a los ojos de todos, especialmente a los de la familia Vargas.

Y luego, la noticia del embarazo, la pieza final de su plan maestro.

Sofía cerró la maleta con un clic definitivo, no era solo ropa lo que guardaba, era el final de una vida, la muerte de un amor, en la soledad helada del apartamento de Polanco, se sentó en el sofá de diseño que ella misma había elegido y tomó su teléfono.

Marcó el número de su abogada, una mujer directa y sin rodeos.

"Laura, soy Sofía", su voz sonaba extrañamente firme. "Prepara los papeles del divorcio".

Hubo un silencio al otro lado de la línea, luego la voz de Laura, profesional y comprensiva.

"¿Estás segura, Sofía?".

"Nunca he estado más segura en mi vida".

Colgó el teléfono y sintió una extraña ligereza, como si se hubiera quitado un peso de encima, la decisión estaba tomada, el camino por delante sería doloroso, pero sería suyo.

Esa misma noche, Alejandro apareció en el apartamento, su rostro mostraba una mezcla de agotamiento y frustración.

"Laura me llamó", dijo, pasándose una mano por el cabello. "Sofía, no podemos hacer esto".

"¿Por qué no, Alejandro? ¿Porque arruinaría tu imagen perfecta?".

"¡No es solo por eso!", exclamó, su voz elevándose. "Hemos construido una vida juntos, no puedes tirarlo todo por la borda por un error".

"¿Un error? ¿Llamas a un bebé un error? No, Alejandro, el error fue mío, por creer en ti".

Él se acercó, intentando tomarla de las manos, pero ella retrocedió.

"No quiero divorciarme, Sofía", su voz se suavizó, volviéndose suplicante. "Te necesito, no me dejes".

Las palabras podrían haberla conmovido semanas atrás, pero ahora sonaban vacías, manipuladoras, él no la necesitaba a ella, necesitaba la fachada, la esposa perfecta que mantenía su mundo en orden.

En ese preciso instante, su teléfono sonó, una melodía estridente que rompió la tensión en la habitación, Alejandro miró la pantalla y su expresión cambió.

Era Mariana.

Contestó la llamada, su voz se transformó instantáneamente en una de preocupación ansiosa.

"¿Mariana? ¿Qué pasa? ¿Estás bien?".

Sofía no podía oír lo que Mariana decía, pero veía el pánico crecer en el rostro de Alejandro.

"¿Qué? ¿Un dolor fuerte? No te muevas, llamaré a una ambulancia, voy para allá ahora mismo".

Colgó el teléfono y miró a Sofía, su conflicto interno era visible por un fugaz segundo, la esposa a la que decía necesitar contra la mujer embarazada que llevaba a su "heredero".

La elección fue instantánea.

"Tengo que irme", dijo, ya moviéndose hacia la puerta. "Mariana me necesita".

No hubo una disculpa, no hubo una mirada de arrepentimiento, simplemente se fue, dejándola sola en el apartamento silencioso, con las palabras "no me dejes" todavía flotando en el aire como un veneno.

Sofía se quedó mirando la puerta cerrada, el último atisbo de esperanza que pudiera haber albergado se desvaneció por completo, se dio cuenta de que no solo había perdido a su esposo, sino que nunca lo había tenido realmente, él pertenecía a su imagen, a su deber, a su culpa, y ahora, pertenecía a Mariana y a su hijo.

Y ella, Sofía Rivas, no pertenecía a nadie más que a sí misma.

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