Ricardo se había mostrado diferente, con una pasión desenfrenada que la sorprendió y la deleitó. La había tomado con una ferocidad que ella nunca había conocido, una noche de intimidad salvaje que la dejó exhausta pero con el corazón lleno de esperanza. En ese momento, ella creyó que él finalmente la deseaba, que quería un hijo para sellar su unión. Y ella, enamorada en secreto de ese hombre imponente, se había entregado con alegría, aceptando su pasión como una promesa de futuro.
Ahora, con la prueba en la mano, sentía que esa promesa se había cumplido. Iba a darle a Ricardo no solo un heredero, sino dos. Esto lo cambiaría todo. Él la miraría con amor, la familia que ambos construían los uniría para siempre.
Con el corazón latiéndole con fuerza, condujo hasta las oficinas de Ricardo. La secretaria le dijo que estaba en una reunión en una sala privada, pero que podía esperarlo. Sofía, demasiado emocionada para quedarse quieta, decidió darle la sorpresa. Caminó por el pasillo silencioso, sus tacones apenas haciendo ruido sobre la alfombra gruesa. Se detuvo frente a la puerta de la sala privada, a punto de tocar, cuando escuchó risas desde el interior.
Eran risas crueles, burlonas.
"¡No puedo creer que esa estúpida de Sofía se lo haya creído todo!"
Era la voz de uno de los "amigos" de Ricardo, Javier.
"Cien mil dólares, amigos, cien mil dólares a que Ricardo no la tocaba ni con un palo en la noche de bodas. ¡Y casi gano!" se jactó otro, Carlos.
El aire se escapó de los pulmones de Sofía. Se quedó paralizada, con la mano suspendida en el aire.
"Pero nuestro Ricardo es un genio", continuó una voz femenina, chillona y familiar. Era Camila, la mejor "amiga" de Ricardo, una mujer que siempre la había mirado con desdén. "Los drogó un poco a ustedes, los metió en la habitación y listo. ¡La pobre ilusa pensó que era la noche más apasionada de su vida con su amado esposo!"
Las risas estallaron de nuevo, un sonido horrible que le taladraba los oídos.
"¿Y la cara de ella? ¿La vieron? ¡Parecía que estaba en el cielo!", se burló otro de los hombres. "Y nosotros turnándonos. ¡Qué generoso nuestro Ricardo, compartiendo a su nueva esposa!"
Sofía sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Náuseas violentas subieron por su garganta. ¿Qué... qué estaban diciendo? ¿Turnándose?
Entonces, escuchó la voz de su esposo. La voz de Ricardo.
"Tranquilos, muchachos. Lo importante es que la apuesta se pagó. Y hay que admitirlo, para ser tan modosita, no estuvo nada mal. Aunque tuve que poner una cámara para no perderme el espectáculo. El video es una joya".
La risa de Ricardo, la misma risa que a veces creía escuchar en sus sueños, ahora sonaba como el gruñido de un demonio.
"Ay, Ricky, eres terrible", ronroneó Camila. "Pobre Sofía, tan enamorada. ¿Crees que ya se dio cuenta de que solo te casaste con ella por el contrato con su padre y para deshacerte de las presiones de tu abuelo?"
"Esa tonta no se da cuenta de nada", respondió Ricardo con desprecio. "Cree que soy su príncipe azul. Mientras me sirva para los negocios, puede seguir jugando a la señora de la casa. Pero mi corazón, y todo lo demás, te pertenece a ti, Cami".
El mundo de Sofía se hizo añicos. Cada palabra era un martillazo que destrozaba sus esperanzas, su amor, su dignidad. La noche de bodas no había sido un acto de pasión, sino una violación en grupo orquestada por su propio esposo. Una apuesta. Una humillación grabada en video.
Su matrimonio era una farsa. Ella no era una esposa, era un objeto, una broma.
El informe médico en su bolso se sintió como plomo. Los dos pequeños latidos que crecían dentro de ella, fruto de esa noche de horror, ahora se sentían como una marca de su vergüenza.
El sonido de sus propias arcadas la traicionó. Ahogó un sollozo con la mano, pero ya era tarde. La puerta se abrió de golpe.
Ricardo la miró, su expresión pasando de la sorpresa a la irritación. Detrás de él, los rostros sonrientes de sus cinco "amigos" y de Camila la observaban como si fuera un bicho raro.
El shock en el rostro de Sofía era inconfundible. Lo había escuchado todo. El aire en el pasillo se cargó de una tensión insoportable.
Sofía, con los ojos llenos de lágrimas de horror, solo pudo retroceder, paso a paso, hasta que su espalda chocó contra la pared. Se sentía sucia, rota, como si su cuerpo y su alma hubieran sido profanados de la peor manera posible. Su vida, en un instante, se había convertido en una pesadilla de la que no podía despertar.