"Deja de actuar como una niña, Sofía. Tienes que comer, por los bebés", dijo, su tono ahora duro. Luego añadió con sarcasmo: "O por lo que sea que tengas ahí dentro. Vístete. Nos vamos".
"¿A dónde?", preguntó ella sin moverse.
"A una clínica. Ya que estás tan insegura sobre mi amor y tan obsesionada con la noche de bodas, vamos a aclarar las cosas. Una prueba de paternidad".
El corazón de Sofía se detuvo. "¿Qué?"
"Lo que oíste. Vamos a demostrarle al mundo que esos niños son míos. Ahora, levántate".
La arrastró fuera de la cama y la obligó a vestirse. Sofía se movía como un autómata, su mente vacía de todo excepto un dolor sordo y profundo. Durante el trayecto en coche, él no dijo una palabra, solo tamborileaba los dedos en el volante con impaciencia.
Cuando llegaron a la clínica, Sofía sintió un escalofrío. En la entrada, esperándolos, estaban los cinco "amigos" de Ricardo y Camila. Todos sonreían con malicia. Parecía una emboscada.
"¡Vaya, vaya! ¡Miren quién llegó!", exclamó Javier, mirando a Sofía de arriba abajo con una lascivia descarada. "La futura mamá. Te ves un poco pálida, Sofía. ¿Necesitas que te demos un poco de color?"
Los otros rieron. Sofía se encogió, intentando hacerse invisible.
Ricardo la tomó del brazo y la llevó adentro, seguido por su séquito de hienas. En la recepción, exigió una prueba de paternidad inmediata.
La recepcionista los miró con extrañeza. "Señor, para una prueba de ADN prenatal necesitamos que el embarazo tenga al menos siete semanas. La señora apenas tiene dos o tres semanas, es imposible y riesgoso".
Ricardo golpeó el mostrador con el puño. "¿No entiende quién soy? ¡Quiero esa prueba ahora!"
"Es médicamente imposible, señor", insistió la mujer, asustada.
Camila se acercó, poniendo una mano tranquilizadora en el brazo de Ricardo, pero su voz era veneno puro.
"Tranquilo, Ricky. Quizás es mejor así. De todas formas, una sola prueba no sería suficiente, ¿verdad?", dijo, mirando a Sofía con una sonrisa cruel. "Con gemelos, siempre existe la posibilidad de la superfecundación heteropaterna. ¿Sabes lo que es eso, querida?"
Sofía la miró, confundida.
"Significa que los gemelos pueden tener padres diferentes", explicó Camila en voz alta, para que todos en la sala de espera la oyeran. "Dado lo 'apasionada' que fue tu noche de bodas, uno podría ser de Ricardo, y el otro... bueno, ¿de quién sería, chicos? ¿Hacemos otra apuesta?"
Los hombres se rieron a carcajadas. El murmullo se extendió por la sala de espera. La gente empezó a mirar a Sofía, a susurrar. La humillación era un fuego que le quemaba la piel. Se sentía desnuda, juzgada, condenada.
"¡Qué vergüenza!", gritó una mujer mayor desde una esquina. "¡Una mujer casada y con esas andadas!"
Sofía quería que la tierra se la tragara. Las lágrimas corrían por sus mejillas sin control.
De repente, un hombre de aspecto desaliñado, que había estado murmurando solo en un rincón, se levantó de un salto. Sus ojos estaban desorbitados. Camila le había deslizado discretamente un billete momentos antes.
"¡PROSTITUTA!", gritó el hombre. Corrió hacia una mesa cercana, tomó un plato de sopa caliente que alguien había dejado y se lo arrojó a Sofía.
La sopa hirviendo le salpicó la cara, el cuello y el pecho. El dolor era agudo, insoportable, pero no se comparaba con la agonía de la humillación pública. Gritó, más por el shock y la vergüenza que por el dolor físico.
Por un instante, vio una chispa de algo parecido a la lástima en los ojos de Ricardo. Se movió hacia ella, como para ayudarla.
Pero Camila fue más rápida. Soltó un gritito agudo y se aferró al brazo de Ricardo. "¡Ay, Ricky, qué susto! ¡Ese loco casi me ataca! ¡Sácame de aquí, por favor!"
La atención de Ricardo se desvió de inmediato. Olvidándose de Sofía, que estaba en el suelo, llorando y quemada, rodeó a Camila con sus brazos.
"Tranquila, Cami, tranquila. Ya estoy aquí. Vámonos".
Y la sacó de la clínica, dejándola atrás. Los "amigos" lo siguieron, lanzándole a Sofía una última mirada de desprecio y diversión.
Sofía se quedó sola en el suelo de la clínica, cubierta de sopa, con la piel ardiéndole y el alma destrozada. El mundo entero la había visto ser humillada, y su esposo la había abandonado para consolar a su amante. En ese momento, entendió que no había fondo para su crueldad. Y que estaba completamente sola.