Una enfermera de rostro agrio se acercó a Sofía y la ayudó a levantarse con brusquedad.
"Señora, no puede armar estos escándalos aquí. Este es un lugar decente", le espetó, como si Sofía fuera la culpable de todo.
La llevó a un pequeño cubículo y le limpió la cara y el cuello con una gasa áspera, sin ninguna delicadeza.
"Qué vergüenza, tan joven y metida en estos líos", murmuraba la enfermera para sí misma, pero lo suficientemente alto para que Sofía la oyera. "Los hombres de hoy en día no respetan, pero las mujeres tampoco se dan a respetar".
Cada palabra era una nueva puñalada. Sofía no dijo nada. Se quedó quieta, soportando el dolor físico y el juicio en los ojos de la enfermera. No tenía fuerzas para defenderse. Solo quería desaparecer. Le aplicaron una pomada para las quemaduras, le dieron un analgésico y la despacharon sin más miramientos.
Salió de la clínica sintiéndose como una leprosa. El sol de la tarde le pareció demasiado brillante, demasiado alegre para el infierno que estaba viviendo. Caminó por la calle aturdida, sin saber a dónde ir. No podía volver a esa casa. No podía enfrentar a Ricardo.
Mientras caminaba, escuchó una voz detrás de ella. "¡Eh, tú! ¡La prostituta!"
Se giró, con el corazón en un puño. Era el mismo hombre que le había arrojado la sopa. La estaba siguiendo, su rostro contorsionado en una mueca de locura.
"¿Cuánto cobras? ¿Te gusta que te miren? ¡A mí me gusta mirar!", gritaba, acercándose a ella.
El pánico se apoderó de Sofía. Empezó a correr, sin mirar atrás. Escuchaba sus pasos y sus gritos cada vez más cerca. La gente en la calle se apartaba, algunos miraban con curiosidad, otros con miedo, pero nadie intervenía. Estaba sola en su terror.
Logró perderlo al doblar una esquina y meterse en un callejón. Se apoyó contra una pared, temblando, tratando de recuperar el aliento. Sentía las miradas de todos sobre ella, como si llevara una letra escarlata grabada en la frente. Cada susurro, cada mirada de reojo, la hacía sentir sucia y culpable.
No tenía a dónde ir. Su familia vivía en otra ciudad y no quería preocuparlos, no todavía. Sus amigos... se había distanciado de ellos por Ricardo. Estaba atrapada.
Finalmente, con el corazón pesado, decidió que no tenía más opción que volver a la casa. Era su casa, después de todo. Al menos, legalmente.
Cuando llegó, la puerta principal estaba entreabierta. Entró en silencio. La casa estaba extrañamente quieta. Subió las escaleras, un mal presentimiento instalándose en su pecho.
Al acercarse a la puerta de su dormitorio, vio algo que la heló. Un par de tacones de aguja rojos, inconfundiblemente de Camila, tirados en el suelo del pasillo. Y un vestido de seda, también de ella, arrojado sobre una silla.
Su mano tembló al acercarse a la puerta. Desde adentro, escuchó un sonido. Un gemido suave, seguido de una risa. La risa de Ricardo.
Y luego, la voz de Camila, jadeante y burlona. "Oh, Ricky... eres mucho mejor que todos esos idiotas juntos... ¿Crees que tu esposita virgen disfrutó tanto como yo?"
"Ni en un millón de años", respondió la voz de Ricardo, seguida del sonido rítmico y obsceno de la cama golpeando contra la pared. En su cama. En su cama matrimonial.
El mundo de Sofía se detuvo. El último vestigio de fuerza la abandonó. El dolor era tan inmenso, tan abrumador, que se convirtió en un vacío helado. Se apoyó en la pared para no caer, el sonido de su corazón rompiéndose era más fuerte que los gemidos que venían de la habitación.
Se quedó allí, fuera de la puerta, escuchando la prueba final y definitiva de su traición. Escuchando cómo el hombre que había jurado amarla y protegerla profanaba su hogar y su matrimonio con la mujer que había orquestado su humillación pública. Ya no había nada que salvar. No quedaba nada. Solo las ruinas de su vida y el eco de sus risas crueles.