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La Danza de la Venganza
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Capítulo 3

El aire en el vestíbulo del Teatro Nacional de Danza vibraba con una mezcla de laca para el pelo, sudor y nerviosismo.

Era un ambiente que conocía mejor que mi propia casa, un lugar donde cada rincón guardaba el eco de mis sueños.

Pero hoy no sentía nervios.

Sentía el poder de conocer el futuro.

Vi a Doña Chayo y a Brenda cerca de la entrada principal.

Mi madrina le ajustaba el leotardo a su hija con gestos bruscos, casi violentos, mientras le susurraba algo al oído.

Brenda se veía pálida, sus ojos se movían de un lado a otro con una ansiedad que no era la típica de un examen.

Parecía una rata acorralada.

Claro, su plan había fallado.

Anoche, esperaban una llamada mía, llorando por un malestar o una fiebre repentina.

Esperaban que me retirara.

Mi presencia aquí, sana y entera, las había descolocado por completo.

Me acerqué a ellas con una sonrisa tranquila.

"Madrina, Brenda. Qué bueno verlas."

Brenda dio un respingo, como si hubiera visto un fantasma.

"¡Fina! ¡Estás aquí!" soltó, su voz un chillido agudo que atrajo varias miradas. "Quiero decir... claro que estás aquí. Pero... te ves... tan..."

"¿Descansada?" completé yo, manteniendo mi sonrisa. "Dormí como un bebé. Gracias por preocuparte, prima."

Doña Chayo me fulminó con la mirada, una advertencia silenciosa para que su hija se callara.

Luego, forzó una sonrisa.

"Claro que está bien, hija. Fina es fuerte. Lista para brillar, ¿verdad, ahijada?"

El veneno en la palabra "brillar" era casi palpable.

En ese momento, vi mi oportunidad, la pieza clave de mi contraataque.

Saqué un pequeño termo de mi bolso de danza.

"De hecho, me sentía tan bien esta mañana que preparé un poco más de tu té especial, madrina. Para la buena suerte," dije, mi voz llena de una falsa inocencia. "Pero creo que ya no lo necesito. Tú te ves un poco pálida, Brenda. ¿Quieres un poco? Te calmará los nervios."

Les ofrecí el termo.

Era una réplica exacta del té de anoche. Había reconocido las hierbas: manzanilla, lavanda y la otra, la que olía a tierra húmeda y a magia oscura, la que causaba el intercambio.

Doña Chayo abrió la boca para protestar, para detenerme.

Pero Brenda, en su arrogancia y estupidez, se me adelantó.

"¿Tú, dándome algo a mí? ¿Acaso crees que soy tonta?" se burló, pero sus ojos codiciosos estaban fijos en el termo.

Probablemente pensaba que era una trampa simple, que yo intentaba drogarla para que bailara mal.

Pero la idea de que yo pudiera conocer su verdadero plan era tan imposible para ella que ni siquiera lo consideró.

"No es nada, solo un té," dije, encogiéndome de hombros. "Si no lo quieres, lo tiro."

La debilidad de Brenda siempre fue su envidia.

No podía soportar que yo tuviera algo que ella no tenía, ni siquiera un simple té de hierbas.

"Dámelo," espetó, arrebatándome el termo de la mano. "No vaya a ser que lo necesites como excusa cuando pierdas."

Desenroscó la tapa y bebió un largo trago, mirándome con desafío por encima del borde.

Doña Chayo la observaba con horror, pero no podía decir nada sin delatarse.

No podía gritar: "¡No, hija, esa es la poción que iba a convertir a Fina en un perro!"

Mientras Brenda bebía, mi pequeño El Duque, a quien había atado a un poste afuera, justo al lado de la entrada del personal, ladró una sola vez.

Un ladrido agudo y claro que cortó el aire.

Brenda se atragantó.

Sus ojos se abrieron de par en par.

Parpadeó, confundida, como si acabara de despertar de un sueño profundo.

Miró a su alrededor, luego a sus propias manos, con una expresión de total desconcierto.

"Mamá... ¿qué... qué me pasa?" murmuró, su voz sonaba extraña, hueca.

"Ya es tarde, Brenda. Vamos adentro," dijo Doña Chayo, agarrándola del brazo con fuerza y arrastrándola hacia los vestidores, lejos de mí.

Las vi alejarse, y una sonrisa fría se dibujó en mi rostro.

El anzuelo había sido mordido.

La trampa estaba puesta.

Entré a la zona de calentamiento, sintiendo los músculos de mis piernas listos y llenos de energía.

Estiré mi cuerpo, el cuerpo que casi me fue robado, el cuerpo que Brenda y su madre habían conspirado para mutilar.

Hoy, este cuerpo no solo bailaría.

Volaría.

Y mientras ellas se enfrentaban a las consecuencias de su propia maldad, yo reclamaría el futuro que me pertenecía.

El espectáculo estaba a punto de comenzar.

Y yo era la única estrella.

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