Mientras me preparaba en la zona de bastidores, el murmullo habitual de los técnicos y bailarines fue interrumpido por un tipo de conmoción diferente.
"¿Oíste eso?" dijo una tramoyista a un iluminador. "Otra vez el perro ese."
"Sí, qué lata con ese animal," respondió el hombre, ajustando un foco. "Lleva como media hora ladrando y gruñendo como si lo estuvieran matando. Alguien debería llamar a la perrera."
Mi corazón dio un vuelco, pero mantuve mi expresión serena, estirando mis isquiotibiales como si no hubiera escuchado nada.
Sabía exactamente de qué perro hablaban.
"Dicen que mordió a uno de los de seguridad cuando intentó calmarlo," continuó la mujer, su voz ahora un susurro chismoso. "No es un ladrido normal, ¿sabes? Es... raro. Como si estuviera furioso. Pobre animal, debe estar muy asustado o enfermo."
"O rabioso," añadió el hombre con gravedad. "Deberían sacarlo de aquí antes de que empiece la función. Imagina que se suelta y entra al escenario."
Una imagen mental cruzó mi mente: Brenda, en el pequeño cuerpo de El Duque, corriendo por el escenario, ladrando con su propia voz humana distorsionada por las cuerdas vocales de un perro.
Era una imagen a la vez horrible y cómicamente justa.
No había duda.
La poción había funcionado.
Brenda estaba atrapada.
Y, a juzgar por los sonidos, no se lo estaba tomando nada bien.
Una extraña punzada de culpa me atravesó, pero no era por Brenda.
Era por El Duque.
Mi pobre perrito, inocente en todo esto, ahora estaba atrapado en el cuerpo de una persona que probablemente estaba en algún rincón, catatónica o en pánico, sin saber cómo manejar las extremidades humanas.
Pero no podía pensar en eso ahora.
No podía permitir que la culpa me distrajera.
El Duque era un alma leal y noble; entendería que esto era una guerra.
Y en la guerra, hay sacrificios.
Brenda, por otro lado, estaba recibiendo una dosis de su propia medicina, experimentando el terror y la impotencia que yo había sufrido.
Se lo merecía.
Cada ladrido desesperado que llegaba desde afuera era una confirmación de mi victoria.
Me enfoqué.
Cerré los ojos y visualicé mi coreografía.
Cada paso, cada giro, cada salto.
La música ya sonaba en mi cabeza, una sinfonía de redención y poder.
El caos de Brenda era solo el telón de fondo de mi renacimiento.
Que ladrara.
Que mordiera.
Que mostrara al mundo la bestia furiosa que realmente era, atrapada en una jaula de su propia creación.
Yo tenía un escenario que conquistar.
De repente, un grito agudo, seguido de una serie de ladridos frenéticos y el sonido de algo metálico cayendo al suelo, resonó desde el pasillo exterior.
El caos había comenzado.
Y estaba justo a tiempo.
Abrí los ojos, una calma helada se apoderó de mí.
El tercer llamado sonó por los altavoces.
Era mi turno.
Caminé hacia la luz del escenario, dejando atrás el sonido de la justicia poética.
Mi venganza acababa de empezar.
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