Mi mente se enfocó en un solo punto, una pregunta que necesitaba una respuesta directa, sin importar cuán dolorosa fuera. Miré fijamente a Valentina, ignorando a los otros dos.
"Valentina, mírame a los ojos y dime la verdad. ¿Dónde está Churro?"
Ella sostuvo mi mirada, un brillo desafiante en sus ojos de adolescente.
"Ya te lo dije. Está en la cocina. El chef le está dando los toques finales al platillo especial de Isabella."
La confirmación, dicha con tanta frialdad, fue como un golpe físico. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. El sonido del restaurante, la música suave, las risas de otras mesas, todo se desvaneció en un zumbido agudo y ensordecedor.
Valentina, quizás disfrutando de mi reacción, continuó con una sonrisa cruel.
"Papá lo llevó a una granja especial esta mañana. Dijo que era para que yo entendiera que a veces hay que hacer sacrificios por las personas que realmente importan. El chef dijo que la carne de chihuahua es una delicia en algunos lugares. ¿No es... exótico, mamá?"
La palabra "exótico" me provocó una arcada. Mi mano voló a mi boca, tratando de contener la bilis que subía por mi garganta. La imagen de mi pequeño Churro, asustado y solo en una granja, sin entender por qué el hombre que se suponía que lo protegía lo estaba entregando a la muerte, me destrozó. Me tambaleé, y tuve que apoyarme en la columna para no caer. El mundo empezó a girar, manchas negras bailando ante mis ojos.
Ricardo finalmente pareció notar la gravedad de mi estado, aunque su preocupación era superficial, molesta.
"Ya, Sofía, por el amor de Dios. Es solo un perro. Mañana mismo vamos y te compro otro, uno más caro si quieres."
Isabella asintió, tratando de parecer comprensiva. "Sí, Sofía. No hay necesidad de ponerse así. Podemos pedir otra cosa del menú si te sientes incómoda."
Su indiferencia, su absoluta incapacidad para comprender la magnitud de su crueldad, fue la gota que derramó el vaso. La oferta de Ricardo de "comprarme otro" fue el insulto final. Churro no era un objeto, no era un bolso de diseñador que se podía reemplazar. Era mi compañero, un ser vivo que me había dado amor puro e incondicional. Y ellos lo habían asesinado para un capricho culinario, para sellar su nueva y retorcida unidad familiar.
Levanté la cabeza, y a través de la neblina de dolor y náuseas, los miré a los tres. A mi esposo infiel. A su amante manipuladora. Y a la hija que había ayudado a matar a mi mascota. La tristeza se evaporó, dejando un vacío frío y duro como el acero. Ya no había nada que salvar. No quedaba ni una pizca de amor, ni un rastro de afecto. Solo cenizas.
Con una calma que me sorprendió a mí misma, una calma que nacía de la más absoluta y total desesperación, pronuncié las palabras que cambiarían mi vida para siempre.
"Ricardo, quiero el divorcio."