La reacción de Ricardo a mi petición fue exactamente la que debería haber esperado: una mezcla de incredulidad y burla.
Soltó una risa corta y amarga.
"¿Divorcio? ¿Estás hablando en serio, Sofía? ¿Vas a tirar diez años de matrimonio a la basura por un maldito perro?"
Su tono condescendiente, su manera de minimizar mi dolor, solo reforzó mi decisión.
"No es por el perro, Ricardo. Es por lo que el perro representa. Representa tu traición, tu crueldad, tu completa y absoluta falta de respeto por mí y por todo lo que hemos construido."
Recordé vagamente una conversación de hace años, cuando adoptamos a Churro. Ricardo se había mostrado reacio, pero al ver mi alegría, me había abrazado y dicho: "Cualquier cosa que te haga feliz a ti, me hace feliz a mí." ¿En qué momento se había convertido ese hombre en el monstruo que tenía delante? La respuesta era dolorosamente obvia: quizás siempre lo fue, y yo simplemente me había negado a verlo.
"No seas dramática", insistió él, su paciencia agotándose. "Es un animal. Se reemplaza y ya está. Te compro dos si quieres, de la raza que se te antoje."
"No entiendes nada, ¿verdad?", dije, mi voz vacía de emoción. "Hay cosas que el dinero no puede comprar ni reemplazar. La lealtad, el amor, la decencia. Conceptos que claramente son ajenos a ti."
Isabella decidió intervenir de nuevo, su voz goteando falsa dulzura.
"Sofía, de verdad lo lamento. Si hubiera sabido que reaccionarías así, jamás le habría seguido el juego a Ricardo. Fue una broma de mal gusto, lo admito. Te pido una disculpa."
Su "disculpa" era una provocación. Lo vi en sus ojos, un brillo de triunfo. Ella había ganado. Se había quedado con mi esposo, con mi hija, y ahora se daba el lujo de sentir "lástima" por mí.
"Guárdate tus disculpas, Isabella. No las necesito y no las quiero."
Me di la vuelta para irme, no podía soportar estar un segundo más en su presencia. Pero antes de que pudiera dar un paso, sentí un empujón violento por la espalda que me hizo tropezar. Me giré, atónita, y vi a Valentina, con el rostro rojo de furia.
"¡Lárgate de una vez!", me gritó, con un odio que nunca había visto en ella. "¡Vete y no vuelvas! ¡Papá y yo estamos mejor sin ti! ¡Isabella es mil veces mejor madre de lo que tú jamás serás!"
Me empujó de nuevo, con más fuerza esta vez. El impacto físico fue insignificante comparado con el dolor emocional. Mi propia hija, la niña a la que había dado a luz, a la que había amamantado y cuidado en sus noches de fiebre, me estaba agrediendo físicamente, defendiendo a la amante de su padre. En ese empujón, sentí cómo el último hilo que me unía a ella, el instinto maternal que me decía que debía protegerla y perdonarla, se rompía para siempre. La miré, ya no como a mi hija, sino como a una extraña, una cómplice de mi tortura. El amor se había convertido en cenizas. No quedaba nada.