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Mi Bebé, Mi Venganza
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Capítulo 1

El rechinido de los neumáticos fue el último sonido coherente que escuché, seguido por un estruendo metálico que pareció desgarrar el mundo, el impacto me lanzó hacia adelante con una fuerza brutal y el cinturón de seguridad se clavó en mi vientre abultado con una presión insoportable.

Mi primer instinto, incluso antes de sentir el dolor, fue proteger a mi bebé, mis manos volaron para cubrir mi panza de ocho meses, un gesto inútil contra la violencia del choque.

Fragmentos de vidrio llovieron sobre mí como un granizo helado, y un dolor agudo y punzante me atravesó las costillas, robándome el aliento.

El olor a metal quemado y a gasolina llenó el aire, denso y nauseabundo, y vi el otro coche, o lo que quedaba de él, reducido a un amasijo de hierros retorcidos.

Mi mundo se redujo a una sinfonía de dolor y pánico, mientras una mancha roja comenzaba a extenderse sobre mi vestido de diseñador, el vestido que había creado para mi baby shower.

Las sirenas aullaban a lo lejos, acercándose, pero el tiempo se estiraba, cada segundo una eternidad de agonía, todo mi cuerpo temblaba sin control, y un frío profundo se instaló en mis huesos.

Cuando los paramédicos finalmente me sacaron del coche destrozado, sus voces eran urgentes y tensas.

"Fractura de costillas, posible hemorragia interna."

"Está embarazada, ¡rápido, la presión está cayendo!"

En la ambulancia, el movimiento me provocaba oleadas de dolor, pero mi única preocupación era el pequeño ser que se movía débilmente dentro de mí, sentía una humedad tibia entre mis piernas y el pánico se convirtió en terror puro.

"Mi bebé," susurré, con los labios secos y agrietados. "Salven a mi bebé."

Llegamos al hospital en un torbellino de batas blancas y luces fluorescentes, me llevaron directamente a una sala de urgencias, donde las caras de los médicos y enfermeras se arremolinaban sobre mí, serias y preocupadas.

"Necesitamos al doctor Vargas, ¡ahora! Es su esposa."

La mención de su nombre, Alejandro, mi esposo, me trajo una pizca de alivio en medio del caos, él era el mejor cirujano plástico del país, un hombre respetado y poderoso en este mismo hospital, él sabría qué hacer, él nos salvaría.

Esperé, contando las punzadas de dolor como si fueran los segundos en un reloj, hasta que finalmente apareció en la puerta, su impecable bata blanca contrastaba con mi estado lamentable.

Pero su cara no mostraba la angustia que yo esperaba, sus ojos, normalmente llenos de adoración por mí, estaban distantes, casi fríos, me miró como si fuera una paciente más, un problema a resolver.

"Sofía," dijo, su voz sin emoción.

Justo en ese momento, su teléfono sonó, él lo miró y su expresión cambió por completo, una ansiedad palpable se apoderó de su rostro.

"¿Isabella? ¿Qué pasa? ¿Ya estás en el hospital? ¿Rompiste fuente?"

Isabella. Mi prima, que vivía con nosotros, también embarazada.

La sangre se me heló en las venas, un frío peor que el del shock del accidente, vi cómo la preocupación por mí se desvanecía de su rostro, reemplazada por una urgencia que no era para mí, ni para nuestro hijo.

Un ginecólogo se acercó a él, con mi expediente en la mano.

"Doctor Vargas, su esposa tiene un desprendimiento de placenta, está perdiendo mucha sangre, el bebé está en sufrimiento fetal, necesitamos hacer una cesárea de emergencia ahora mismo."

Alejandro ni siquiera me miró, su atención estaba completamente en su teléfono.

"Prepara a Isabella para el parto," le dijo a una enfermera por el teléfono, ignorando por completo al ginecólogo. "Voy para allá."

El ginecólogo, un hombre mayor de apellido López, insistió.

"Doctor, no me está entendiendo, la vida de su esposa y de su bebé están en peligro inminente, necesitamos su autorización y al anestesiólogo."

Alejandro finalmente colgó y se giró hacia López, su cara era una máscara de arrogancia profesional.

"Doctor López," dijo con un tono condescendiente, como si hablara con un novato. "Conozco a mi esposa, Sofía es una mujer fuerte, puede soportar un parto natural, no hay necesidad de una cirugía tan invasiva."

El doctor López lo miró incrédulo.

"¡Pero el desprendimiento de placenta! ¡El sufrimiento fetal!"

"Son diagnósticos preliminares," lo cortó Alejandro. "Mi prima, Isabella Castillo, está a punto de dar a luz, ella es mucho más delicada, necesita más atención, el anestesiólogo irá a su habitación, Sofía no lo necesita."

Sentí como si me hubieran golpeado de nuevo, más fuerte que en el propio accidente, las palabras de mi esposo, el hombre que había jurado protegerme, eran una sentencia de muerte.

Me estaba abandonando, en el momento más vulnerable de mi vida, por mi prima.

"Alejandro," logré decir, mi voz un hilo tembloroso. "Por favor, me duele, el bebé..."

Él se inclinó, pero no para consolarme, su rostro estaba a centímetros del mío, y su voz fue un susurro cruel que solo yo podía oír.

"Deja de ser tan dramática, Sofía, siempre quieres ser el centro de atención, Isabella me necesita más, compórtate."

Luego, se enderezó y se dirigió al equipo médico con su autoridad de jefe de cirugía.

"Llévenla a una sala de partos, monitoreen sus signos vitales, estaré revisando su progreso, ahora, si me disculpan, tengo una emergencia real que atender."

Vi cómo se daba la vuelta y se alejaba por el pasillo, sin mirar atrás ni una sola vez.

Las enfermeras me miraban con una mezcla de lástima y horror, impotentes ante las órdenes del influyente doctor Vargas.

Mientras me empujaban en la camilla hacia una sala de partos normal, el dolor de mis costillas rotas no era nada comparado con el dolor de la traición que me destrozaba el alma.

Estaba sola, herida y a punto de perder a mi hijo, y el hombre que debía salvarme me había arrojado a los lobos.

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