Sentí una sacudida eléctrica en mi pecho, una, dos veces, mi cuerpo se arqueó involuntariamente sobre la camilla.
"¡Tenemos pulso! ¡Débil, pero está ahí!" gritó alguien.
La voz tranquila volvió a hablar, ahora dirigida al equipo.
"No hay tiempo para trasladarla, vamos a proceder aquí mismo, bisturí."
Escuché el sonido metálico de los instrumentos, las órdenes rápidas y precisas, sentí una presión en mi abdomen, pero no dolor, todo estaba lejano, amortiguado.
"Vamos, campeón, sal de ahí," susurró la voz. "Tu mamá te está esperando."
Hubo un momento de silencio tenso, seguido por el sonido más hermoso y desgarrador que jamás había escuchado: un llanto débil, casi como el maullido de un gatito.
"Es un niño," dijo la voz, ahora con un matiz de alivio. "Está vivo, lo logramos."
Sentí una oleada de una emoción tan poderosa que casi me devuelve a la conciencia plena, una mezcla de amor, alivio y una alegría tan pura que dolía.
Mi hijo estaba vivo.
"Pero es prematuro y ha sufrido mucho," continuó la voz, ahora más seria. "Necesita ir a la unidad de cuidados intensivos neonatales de inmediato."
Quería abrir los ojos, quería ver a mi hijo, quería agradecer a esa voz que nos había salvado, pero mi cuerpo no respondía.
Justo en ese momento, el sonido de un teléfono sonando rompió la atmósfera de la habitación, una de las enfermeras contestó el teléfono de mi bolso, que estaba en una mesita cercana.
"Hola... sí, es el teléfono de la señora Romero... está... está en un procedimiento."
Hubo una pausa, y luego la voz de la enfermera se llenó de incredulidad.
"¿Qué dice, doctor Vargas? Ah... felicidades."
La enfermera se alejó del teléfono, con la cara pálida, y le susurró a otra colega, pero en el silencio de la habitación, sus palabras llegaron a mis oídos con una claridad brutal.
"Era el doctor Vargas," dijo en voz baja. "Llamaba para presumir, dijo que le dijéramos a Sofía que no se preocupara por él, que Isabella había tenido un parto maravilloso y que su hijo, un varón sano y fuerte, era el bebé más hermoso que había visto."
Cada palabra fue como una bofetada.
"Su hijo".
No "nuestro hijo", sino "su hijo".
Una ira tan volcánica y primordial surgió de las profundidades de mi ser que me quemó por dentro, eclipsando el dolor físico, la debilidad, todo.
Ese hombre, mi esposo, no solo me había dejado morir, sino que ahora se jactaba de su felicidad con otra mujer, con el hijo de otra mujer, mientras nuestro propio hijo luchaba por su vida a unos metros de distancia.
Con una fuerza que no sabía que poseía, abrí los ojos.
La luz fluorescente me cegó por un instante.
Vi un rostro joven inclinado sobre mí, con ojos amables y preocupados, el dueño de la voz salvadora.
"Señora Romero, tranquila, está a salvo."
"Mi... hijo," logré articular, mi garganta áspera y seca.
"Está en buenas manos, es un luchador, como su madre," dijo él, con una pequeña sonrisa.
Pero yo no podía calmarme, la rabia era un veneno que me recorría las venas.
Con un grito ahogado que fue más un gruñido animal, me arranqué la vía intravenosa del brazo.
La sangre brotó, manchando las sábanas, pero no sentí nada.
Solo la traición.
El joven médico, el Dr. Ricardo Morales, como supe después, reaccionó de inmediato, presionando la herida y llamando a las enfermeras.
Pero antes de que la oscuridad me reclamara de nuevo, una sola palabra se formó en mis labios, una promesa silenciosa para mí misma.
Venganza.