"Señora Romero, Sofía," dijo suavemente. "Qué bueno que despertó, nos dio un gran susto."
Me revisó con cuidado, su toque era respetuoso y gentil.
"Su hijo está estable, está en la incubadora, pero está respondiendo bien al tratamiento, es fuerte."
Las lágrimas llenaron mis ojos, lágrimas de gratitud por este hombre y de un amor abrumador por el pequeño ser que aún no conocía.
Asentí débilmente, incapaz de expresar la inmensidad de lo que sentía.
Noté la tensión en la mandíbula del Dr. Morales cuando su mirada se posó brevemente en un portarretratos en mi mesita de noche, una foto de mi boda con Alejandro.
No dijo nada, pero su silencio gritaba desaprobación, supe en ese momento que él sabía, que él entendía la magnitud de la traición de Alejandro.
Más tarde, mientras intentaba descansar, escuché voces en el pasillo, una de ellas, inconfundible, era la de mi esposo.
Me quedé inmóvil, aguzando el oído.
"Te digo que Sofía siempre exagera," decía Alejandro con un tono de fastidio. "Un poco de dolor y ya cree que se va a morir, es tan dramática."
"Pero, Alejandro," respondió otra voz, "la Dra. López dijo que tuvo un paro cardíaco, que casi no la cuentan."
"López es un alarmista," replicó Alejandro con desdén. "Yo la conozco, necesitaba un poco de presión para sacar al bebé, Isabella, en cambio, ella sí que estaba en una situación delicada, su bienestar era mi prioridad."
Cerré los ojos con fuerza, cada palabra era un nuevo clavo en el ataúd de nuestro matrimonio.
No era solo indiferencia, era crueldad, un desprecio absoluto por mi vida.
Un rato después, la puerta de mi habitación se abrió y él entró, sonriendo como si nada hubiera pasado.
Llevaba un ramo de flores, un gesto tan hipócrita que me dio náuseas.
"Mi amor," dijo, acercándose a la cama. "Vaya susto que nos diste, tienes que ser más fuerte, casi me das un infarto."
Me miró, esperando una respuesta, una sonrisa, una muestra de gratitud.
Pero yo solo lo miraba fijamente, dejando que todo mi odio y mi desprecio se reflejaran en mis ojos.
Él pareció incómodo con mi silencio, su sonrisa flaqueó.
"Bueno, sé que estás cansada," dijo, poniendo las flores en un jarrón. "Pero la buena noticia es que Isabella y su bebé están perfectos, es un niño precioso, se parece a mí."
La bilis me subió por la garganta.
"Nuestro... hijo," susurré, la voz rota.
"¿Ah, sí?" dijo, distraído. "Me dijeron que también es niño, qué bien, cuando estés mejor iremos a verlo juntos, ahora debo irme, Isabella me necesita para la primera toma del bebé."
Y se fue, dejándome sola con el hedor de sus flores y la verdad aplastante de su traición.
La ira, la pena, la incredulidad, todo se arremolinó dentro de mí, una tormenta emocional demasiado fuerte para mi cuerpo debilitado.
El monitor cardíaco a mi lado comenzó a acelerarse, sus pitidos cada vez más rápidos y urgentes.
Sentí una presión inmensa en el pecho, como si mi corazón estuviera a punto de estallar por el dolor y la rabia.
Las enfermeras entraron corriendo.
"¡Doctor Morales, rápido! ¡Está teniendo otra crisis!"
Mi visión se volvió borrosa de nuevo, las luces de la habitación se convirtieron en manchas de colores.
Lo último que vi fue el rostro preocupado de Ricardo Morales antes de que la oscuridad me tragara una vez más, hundiéndome en un abismo de desesperación.