El tiempo en la sala de partos se convirtió en una tortura borrosa y sin fin, las manecillas del reloj de la pared parecían moverse con una lentitud cruel, cada tic-tac marcaba una nueva ola de dolor que me recorría el cuerpo.
Las contracciones se mezclaban con el dolor agudo de mis costillas rotas, creando una agonía que me hacía querer gritar hasta desgarrarme la garganta, pero apenas tenía fuerzas para respirar.
Una joven enfermera intentaba consolarme, limpiándome el sudor de la frente con un paño húmedo.
"Respire profundo, señora Romero, intente relajarse."
¿Relajarme? ¿Cómo podía relajarme cuando sentía que mi cuerpo se partía en dos y el hombre que amaba me había abandonado para asistir el parto de mi prima?
Cada vez que una contracción me sacudía, un nuevo torrente de sangre tibia se escapaba de mí, manchando las sábanas blancas, el olor a hierro llenaba mis fosas nasales, un recordatorio constante de que algo iba terriblemente mal.
De repente, el monitor cardíaco fetal, que había estado emitiendo un ritmo constante aunque débil, comenzó a sonar de forma errática, el sonido se volvió más y más lento, una señal alarmante que hizo que la enfermera palideciera.
"¡Doctor, rápido! ¡Estamos perdiendo el ritmo cardíaco del bebé!" gritó hacia el pasillo.
El doctor López entró corriendo, su rostro era un mapa de preocupación.
"La presión arterial de la madre está por los suelos, está entrando en shock hipovolémico, ¡necesitamos hacer la cesárea ya!"
Miró a su alrededor, su frustración era evidente.
"¡¿Dónde demonios está el anestesiólogo?! ¡Lo necesito aquí ahora!"
La joven enfermera respondió con voz temblorosa.
"Señor, el doctor Vargas ordenó que asistiera a la señorita Castillo, dijo que la señora Romero no lo necesitaba."
La cara del doctor López se contrajo en una mueca de pura ira.
"¡No me importa lo que dijo Vargas! ¡Esta mujer y su hijo se están muriendo! ¡Vayan a buscarlo, díganle que es una emergencia de código rojo!"
Pero yo sabía que era inútil, Alejandro no vendría, para él, la única emergencia estaba en la habitación de Isabella.
Mi visión comenzó a oscurecerse por los bordes, los sonidos de la habitación, los pitidos de las máquinas, las voces urgentes, todo comenzó a desvanecerse, como si estuviera hundiéndome en agua profunda y oscura.
Mis pensamientos se volvieron lentos y confusos, ya no sentía el dolor, solo un frío inmenso y una sensación de flotar.
Recordé el día de mi boda, la sonrisa de Alejandro, sus promesas de amor eterno, ¿cómo habíamos llegado a esto? ¿En qué momento su amor se había convertido en esta crueldad monstruosa?
Una imagen de mi bebé, un rostro que nunca había visto pero que amaba con cada fibra de mi ser, apareció en mi mente.
"Lo siento, mi amor," pensé, una lágrima solitaria rodando por mi sien. "Mamá no fue lo suficientemente fuerte."
Sentí que mi cuerpo se rendía, mis músculos se relajaban y mi respiración se volvía superficial, casi inexistente.
El último sonido que registré fue el pitido agudo y continuo del monitor cardíaco.
Un sonido plano, final.
Luego, la voz del doctor López, llena de pánico y desesperación, rompiendo el silencio.
"¡La perdimos! ¡El corazón se detuvo! ¡Código azul, código azul en la sala de partos dos! ¡Traigan el desfibrilador, ahora!"
La oscuridad me envolvió por completo.