"Sin Sofía, nada de esto sería posible", dijo Ricardo en su discurso, con el trofeo de cristal en la mano y su mirada fija en mí.
La gente aplaudió, conmovida por su devoción. Yo sonreí un poco más, sintiendo el peso de su brazo en mi cintura. Era una actuación, y ambos éramos excelentes actores. Pero yo no sabía que mi papel era el de la tonta engañada.
Más tarde esa noche, mientras buscaba un poco de aire fresco en el balcón, escuché las voces de dos secretarias de la firma de Ricardo que fumaban a escondidas en el jardín de abajo.
"¿Viste cómo la mira? Como si fuera la única mujer en el mundo", dijo una, con un tono burlón.
"Pura pantalla, mana. El jefe no pierde el tiempo. Dicen que la nueva pasante, Valeria, se la pasa más tiempo en su oficina que en su propio escritorio".
"¿La tal Valeria Castro? ¿La que parece modelo de Instagram?"
"Esa misma. El otro día los vi saliendo juntos del estacionamiento, y no iban a una junta, te lo aseguro. Pobre Sofía, con lo inteligente que es, y no se da cuenta de nada".
Las palabras se me clavaron en el pecho. Me quedé helada, oculta en la sombra del balcón. Mi mente, entrenada para encontrar inconsistencias y buscar pruebas, empezó a trabajar a toda velocidad. Los viajes de negocios de última hora, las llamadas que cortaba cuando yo entraba en la habitación, su perfume que a veces olía diferente. Todo empezó a encajar.
Regresé a la fiesta, con la misma sonrisa pegada en la cara, pero por dentro todo se había vuelto frío y silencioso.
Cuando el último invitado se fue, Ricardo se acercó a mí, eufórico.
"¿No fue increíble, mi amor? Lo logramos".
Me abrazó, pero yo me sentí rígida. Su olor, la mezcla de su loción cara y el champán, de repente me dio náuseas.
"Estoy cansada, Ricardo. Fue un día largo".
"Claro, mi vida. Descansa. Te lo mereces todo".
Me besó en la frente. Un beso que antes me habría hecho sentir segura, pero que ahora se sentía como el toque de un extraño. Mientras él se desvestía, yo fingía buscar algo en mi bolso, pero en realidad mi corazón latía con una furia helada. La abogada en mí estaba despertando, no la esposa. La traición no era solo personal, era un insulto a mi inteligencia.
Esa noche, mientras él dormía profundamente a mi lado, yo planeaba mi estrategia. No habría gritos ni escenas. No le daría esa satisfacción. Ricardo era un maestro de la manipulación, capaz de darle la vuelta a cualquier situación. Confrontarlo directamente sería inútil.
Él era el mejor abogado de divorcios de la ciudad, famoso por destruir a sus oponentes en la corte con una sonrisa encantadora. Pues bien, pensé, mientras miraba su rostro tranquilo en la penumbra.
Qué ironía.
El mejor abogado de divorcios iba a recibir el caso de su vida.
Y yo me aseguraría de que lo perdiera.
Tomé mi teléfono y busqué en mis contactos. No necesitaba un investigador privado cualquiera. Necesitaba a alguien discreto, alguien que pudiera conseguirme lo que necesitaba sin levantar sospechas. Encontré el número de un antiguo contacto, un especialista en seguridad digital.
Le envié un mensaje corto y directo: "Necesito tus servicios. Máxima discreción. Se trata de Ricardo Méndez".
La respuesta llegó casi de inmediato: "Entendido. Esperando instrucciones".
Me sentí un poco mejor. La víctima se estaba convirtiendo en la demandante. El juego había comenzado, y yo iba a escribir las reglas.