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La Abogada Traicionada: Renace Fénix
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Capítulo 2

A la mañana siguiente, me desperté antes que Ricardo. Lo observé dormir por unos segundos. Su rostro, que antes me parecía tan guapo y honesto, ahora era la máscara de un mentiroso. Cada rasgo, cada línea de expresión, parecía parte de un elaborado disfraz.

Me levanté en silencio y fui a la cocina a prepararme un café. El sol entraba por la ventana, iluminando la cocina impecable que habíamos diseñado juntos. Todo en esa casa era un recordatorio de la vida que creía tener.

Ricardo entró a la cocina bostezando, ya vestido con uno de sus trajes caros.

"Buenos días, mi amor", dijo, intentando abrazarme por la espalda.

Me aparté sutilmente, moviéndome para coger una taza del armario.

"Buenos días".

Se dio cuenta de mi frialdad. Frunció el ceño, su radar de manipulador detectando un cambio en la atmósfera.

"¿Todo bien? Anoche estabas rara".

Tomé un sorbo de mi café, mirándolo por encima del borde de la taza. Decidí empezar mi interrogatorio, sutilmente, como lo haría en un tribunal.

"Solo pensaba", dije calmadamente. "¿Quién es Valeria Castro?"

El nombre salió de mi boca sin temblor. Vi un destello de pánico en sus ojos, casi imperceptible, pero yo lo vi. Se recuperó al instante, forzando una sonrisa.

"¿Valeria? Ah, sí. Una de las nuevas pasantes. Muy entusiasta, un poco intensa a veces. ¿Por qué lo preguntas?"

Su respuesta fue demasiado rápida, demasiado casual.

"Escuché su nombre anoche en la fiesta. Alguien la mencionó", mentí.

"Ah, claro. Es ambiciosa, quiere aprender de los mejores", dijo, encogiéndose de hombros. Se sirvió un café y se apoyó en la encimera, intentando parecer relajado. Pero vi cómo sus dedos tamborileaban nerviosamente sobre el mármol. Un pequeño tic que solo aparecía cuando estaba bajo presión.

"Parece que te admira mucho", continué mi ataque, con voz neutra.

"Bueno, es normal. Soy su jefe. Intento ser un buen mentor para todos los jóvenes del despacho".

Se acercó de nuevo, esta vez con una expresión de preocupación fingida.

"Sofía, ¿qué te pasa? No me digas que estás celosa de una niña. Sabes que tú eres la única para mí. Eres mi vida entera".

Puso su mano en mi mejilla. Su toque me quemó la piel. Me costó un esfuerzo sobrehumano no apartar la cara con asco. En lugar de eso, forcé una pequeña sonrisa.

"Tienes razón. Es una tontería. Estoy un poco estresada con el trabajo, eso es todo".

Su rostro se relajó al instante. Había caído en mi trampa, creyendo que su encanto había funcionado una vez más. Me subestimaba. Siempre lo había hecho. Pensaba que mi amor por él me cegaba.

"Eso debe ser", dijo, aliviado. "Oye, para compensar, ¿qué te parece si este fin de semana nos vamos a Valle de Bravo? Solo tú y yo. Como en los viejos tiempos".

"Suena bien", respondí, mientras por dentro pensaba en las pruebas que necesitaba reunir. "Déjame ver mi agenda".

Él sonrió, satisfecho. Me dio un beso rápido en los labios, un beso que yo no correspondí.

"Tengo que irme. El deber me llama. Te amo".

"Yo también", mentí.

Lo vi salir por la puerta, tan seguro de sí mismo, tan ajeno a la tormenta que se estaba gestando. Me quedé sola en la cocina, el silencio de la casa ahora se sentía como un aliado.

Miré mi teléfono. Tenía un nuevo mensaje de mi contacto: "Información preliminar obtenida. Te la envío encriptada".

Respiré hondo. La Sofía que amaba a Ricardo Méndez había muerto anoche en el balcón. La que quedaba era una abogada a punto de preparar el caso más importante de su carrera: su propia liberación. Y no iba a dejar ni un solo cabo suelto.

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