Una vez, me ahogó en la fuente bautismal de su propia iglesia, sonriendo mientras el agua llenaba mis pulmones.
Otra vez, me dejó morir de hambre en un sótano, visitándome a diario para leer pasajes sobre el sacrificio y la pureza.
Me ha envenenado, apuñalado, empujado desde alturas.
Cada muerte era un nuevo comienzo, un nuevo ciclo de tortura.
El Sistema lo llamaba "recalibración" .
Yo lo llamaba infierno.
He soportado humillaciones públicas que destrozarían a cualquiera.
Me ha obligado a confesar pecados que no cometí frente a toda su congregación.
Me ha hecho caminar descalza sobre brasas para "probar mi fe".
He sacrificado mi dignidad, mi dinero, mis amigos, todo por él, todo bajo la promesa de un "destino superior" a su lado.
Pero cada vez que me acercaba, él encontraba una nueva forma de destruirme.
El progreso de la misión estaba estancado en un 99%.
Ese último 1% era un abismo que no podía cruzar.
Años de sufrimiento, de muertes y reinicios, y no había logrado nada.
Me sentía agotada, un alma rota atrapada en un bucle sin fin.
Esta vez, en este noveno intento que recuerdo claramente, creí que algo había cambiado.
Mateo había sido diferente, casi tierno.
Pensé, estúpidamente, que tal vez había encontrado una fisura en su armadura.
Fue después de una de sus "pruebas" más duras, donde me obligó a permanecer de rodillas durante tres días sin comida ni agua en el altar mayor.
Cuando finalmente me desmayé, no me castigó.
Me llevó a sus habitaciones privadas, limpió mis heridas y me dio de comer con sus propias manos.
Por un momento, vi algo en sus ojos que parecía amor.
Esa noche, me quedé dormida en su cama, exhausta pero con una pizca de esperanza.
Desperté en medio de la noche por el sonido de un susurro.
Mateo no estaba a mi lado.
La luz de la luna entraba por la ventana, iluminando una parte de la habitación que él siempre mantenía en penumbra.
Se arrodillaba frente a un pequeño altar que nunca antes había visto.
Sobre el altar no había una cruz ni una biblia.
Había una fotografía enmarcada en plata.
Era una mujer, sonriente, con ojos amables.
Mateo acariciaba el cristal de la foto, su voz rota por una emoción que nunca me había mostrado a mí.
"Elena... mi amor, mi única luz".
"Pronto, mi vida, pronto. La purificaré por completo".
"Su alma será el recipiente perfecto para ti".
"Regresarás a mí, Elena. Te lo juro".
Sentí un frío que no tenía nada que ver con la noche.
Mi nombre es Sofía.
No Elena.
Todo este tiempo, cada caricia, cada palabra supuestamente amable, cada prueba... no era para mí.
Yo no era el objeto de su amor.
Era un sacrificio.
Un recipiente vacío que él estaba "purificando" para albergar el alma de su amada muerta.
El 99% de progreso no era por su amor hacia mí.
Era el progreso de mi destrucción, de mi deshumanización para convertirme en un cascarón perfecto para otra.
El odio que sentí en ese momento fue tan intenso que me quemó por dentro.
Odio hacia él, hacia el Sistema, hacia mi propia estupidez.
Me levanté en silencio, mi cuerpo temblando de rabia y desolación.
En una esquina de la habitación, sobre su escritorio, había un joyero de madera oscura.
Siempre me había prohibido tocarlo.
La curiosidad, una curiosidad mórbida y desesperada, me impulsó.
Lo abrí.
Dentro, sobre un lecho de terciopelo rojo, no había joyas.
Había mechones de cabello, fragmentos de hueso, un diente.
Y pequeñas etiquetas escritas a mano.
"Prueba 2: Cabello cortado en la humillación pública".
"Prueba 5: Diente perdido durante la purga del ayuno".
"Prueba 7: Fragmento de costilla de la caída".
Eran mis restos.
Trozos de mi cuerpo de mis vidas pasadas, de mis muertes anteriores, que él había guardado como trofeos perversos.
El aire se escapó de mis pulmones.
Este hombre no era un guía espiritual.
Era un monstruo, un necrófilo obsesionado con una mujer muerta, y yo era su herramienta y su juguete.
El shock fue tan grande que tropecé hacia atrás y derribé una pequeña lámpara.
El ruido rompió el silencio.
Mateo se giró bruscamente, sus ojos, que momentos antes estaban llenos de amor por Elena, ahora me miraban con un frío asesino.
"Tú... ¿qué has visto?".
El pánico se apoderó de mí.
Corrí hacia la puerta.
Activé mentalmente el protocolo de escape que el Sistema me había otorgado después de tantos fallos, una última oportunidad para huir.
"¡Sistema, sácame de aquí! ¡Ahora!".
Una luz blanca comenzó a envolverme, pero Mateo fue más rápido.
"No tan rápido", dijo con una calma aterradora. "No has aprendido tu lección".
"Sistema, reiniciar".
La luz blanca se desvaneció.
El mundo a mi alrededor se disolvió en un torbellino de colores y sonidos.
Y luego, todo volvió a la normalidad.
Estaba de pie en el centro de la iglesia, el sol de la mañana entrando por los vitrales.
Mateo estaba frente a mí, con su sonrisa carismática y sus ojos llenos de falso amor.
"Sofía, mi amor", dijo, como si nada hubiera pasado. "Tengo noticias maravillosas. Tu prueba final está por llegar, y con ella, tu salvación".
Mi corazón se hundió.
Había vuelto a hacerlo. Había reiniciado el tiempo.
Pero esta vez, algo era diferente.
La puerta de la iglesia se abrió y entró mi hermano menor, Miguel.
Tenía catorce años, y me miraba con una adoración ciega.
Llevaba la túnica blanca de los acólitos del culto.
"¡Hermana!", exclamó, corriendo hacia mí. "El Padre Mateo dice que pronto estaré a tu lado, en la gloria. ¡Voy a pasar por mi propia purificación!".
Miré a Mateo.
Su sonrisa era la de un demonio.
Había encontrado mi único punto débil. Mi única razón para dudar, para quedarme.
Mi hermano.
En ese instante, todo cambió. Ya no se trataba de "conquistarlo", de "salvarlo" o de cumplir una estúpida misión.
Ya no se trataba de mí.
Se trataba de salvar a Miguel de este monstruo.
Mi alma rota encontró un nuevo propósito.
No volvería a intentar salvar a Mateo.
Encontraría la forma de liberar a mi hermano y exponer la verdad de este culto, aunque me costara mil vidas más.