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Cíclo de Muerte
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Capítulo 4

Los guardias me arrastraron lejos del lujoso edificio y me arrojaron en un callejón oscuro y maloliente a varias cuadras de distancia.

La lluvia caía a cántaros, empapando mis ropas rasgadas y enfriando mis huesos.

Mi cuerpo era un mapa de dolor. La rodilla, las costillas, la cabeza.

Me acurruqué contra una pared de ladrillos, temblando incontrolablemente.

Cada centavo que tenía, cada posesión, estaba ligada al culto. Mateo me lo había quitado todo bajo el pretexto de la "renuncia a lo material".

No tenía teléfono, ni dinero, ni a dónde ir.

Estaba sola.

Pero estaba libre. O casi.

71 horas y contando.

Me levanté con dificultad, apoyándome en la pared.

Necesitaba encontrar un refugio, algo, cualquier cosa.

Mientras cojeaba fuera del callejón, un coche de lujo negro con los cristales tintados se detuvo en la acera.

Sabía a quién pertenecía.

La ventanilla trasera bajó lentamente.

No era Mateo. Era uno de sus guardias, el mismo que me había arrastrado fuera de la fiesta.

Sostenía un teléfono en la mano, grabándome.

"El Padre quiere ver cómo le va a su pequeña rata callejera", dijo con una sonrisa burlona. "Dice que es... inspirador".

Miré el teléfono, sabiendo que al otro lado, Mateo estaba observando mi miseria, disfrutándola.

La ira me dio fuerzas.

"Dile a tu Padre que se vaya al infierno", escupí.

El guardia se rio.

"Oh, créeme. Él cree que ya te envió allí".

El coche arrancó, dejándome de nuevo en la soledad de la calle mojada.

Caminé sin rumbo durante lo que parecieron horas, el dolor en mi rodilla convirtiéndose en una agonía constante.

Finalmente, vi las luces de una tienda de conveniencia abierta 24 horas.

Entré, dejando un rastro de agua sucia en el suelo.

El empleado de la noche, un joven aburrido, levantó la vista de su teléfono y me miró con asco.

"¿Qué quieres? No damos limosna".

"Solo... solo necesito usar el baño", supliqué.

Señaló un letrero que decía "Baño solo para clientes".

Detrás de él, un pequeño televisor mostraba las noticias locales.

Y entonces vi mi cara.

Era una foto de la gala, yo sonriendo felizmente al lado de Mateo en tiempos mejores.

El titular decía: "Exacólita expulsada del círculo del Padre Mateo por comportamiento errático y violento".

El reportaje continuaba, citando "fuentes anónimas" que hablaban de mis "problemas mentales", mi "ingratitud" y mis "ataques de ira".

Me habían convertido en la villana de la historia.

El empleado de la tienda me reconoció.

"¡Oye, eres tú! La loca de las noticias. ¡Lárgate de aquí antes de que llame a la policía!".

Salí de la tienda, la humillación ardiendo más que el frío.

La noticia no terminaba ahí.

El reportero hablaba del próximo proyecto de caridad de Mateo: una subasta de "reliquias sagradas" para financiar un nuevo orfanato.

Y en la pantalla, mostraron la pieza central de la subasta.

Un relicario de oro y cristal.

Dentro, sobre terciopelo, había fragmentos de hueso y un diente.

Mi diente.

Mis huesos.

El titular debajo decía: "Restos de una santa anónima, bendecidos por el Padre".

Iba a vender mis restos, los trofeos de mis muertes pasadas, como si fueran objetos sagrados.

Iba a construir su imperio sobre mi dolor.

Un dolor agudo, no físico, sino algo más profundo, me atravesó el pecho.

Era la misma sensación que sentía justo antes de que el Sistema me reiniciara.

Un eco de mis muertes pasadas.

Me doblé de dolor, vomitando la poca bilis que tenía en el estómago en la acera.

No tenía nada.

No era nadie.

Mi pasado, mi presente y hasta mis muertes le pertenecían a él.

Seguí caminando, sin saber a dónde.

La ciudad era un monstruo indiferente.

Finalmente, encontré un puente. Debajo, un pequeño espacio seco protegido de la lluvia.

Había unas cajas de cartón viejas.

Me metí dentro de una, acurrucándome para conservar el poco calor que me quedaba.

El cartón mojado olía a moho y a basura.

Cerré los ojos, pero no pude dormir.

Cada vez que lo intentaba, veía la cara sonriente de Mateo, la mirada confundida de Miguel y el relicario con los pedazos de mi cuerpo.

El dolor era una constante.

El hambre era una constante.

La desesperación era una constante.

Pero el contador en mi cabeza seguía corriendo.

65 horas.

Tenía que sobrevivir 65 horas más.

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