El Sistema se había reiniciado de nuevo.
Pero esta vez, no por mi voluntad ni por la de Mateo.
Era un error. Un fallo en la matriz.
Cuando abrí los ojos, el sol de la iglesia había sido reemplazado por las luces opulentas de un salón de fiestas.
Estaba en la gala anual de benefactores del culto.
Llevaba un vestido elegante, pero me sentía desnuda y expuesta.
El aire estaba cargado de perfume caro y conversaciones hipócritas.
Y allí estaba él, en el centro de todo, Padre Mateo, sosteniendo una copa de champán.
Pero no me miraba a mí.
Sus ojos estaban fijos en Miguel, que estaba a su lado, incómodo con un traje que le quedaba un poco grande.
Mateo levantó su copa, llamando la atención de todos.
"Amigos, benefactores, hermanos en la fe. Esta noche celebramos no solo nuestra prosperidad, sino la llegada de una nueva alma pura a nuestro rebaño".
Todos aplaudieron.
"Les presento a Miguel. Un joven de una fe inquebrantable, un ejemplo para todos nosotros. Su devoción es un faro de luz".
Luego, sus ojos finalmente se posaron en mí, a través de la multitud.
Su sonrisa se desvaneció, reemplazada por una mueca de desprecio.
"Sin embargo, donde hay luz, también debe haber oscuridad".
Caminó lentamente hacia mí, la multitud abriéndose a su paso como el mar ante Moisés.
Cada paso resonaba en mi pecho.
Se detuvo frente a mí. El silencio en el salón era total.
"Tenemos entre nosotros a alguien cuya fe ha flaqueado. Alguien que ha sucumbido a la duda y la debilidad mundana".
Me agarró del brazo, sus dedos clavándose en mi piel con una fuerza brutal.
Me arrastró al centro del salón.
"¡Mírenla!", gritó. "¡Mírenla y vean la cara de la traición!".
Mi corazón latía con fuerza. Sentía cientos de ojos juzgándome.
"Esta mujer", continuó, su voz goteando desdén, "ha disfrutado de mi guía, de mi protección. Y me ha pagado con desobediencia".
Levantó la mano y me abofeteó.
El sonido resonó en el silencio absoluto.
Mi mejilla ardía. Las lágrimas brotaron en mis ojos, pero me negué a dejarlas caer.
"¡Hermana!", gritó Miguel, intentando acercarse.
Mateo levantó una mano para detenerlo, sin siquiera mirarlo.
"No, Miguel. No te contamines. Ella ya no es tu hermana. Es una cáscara vacía, corrompida por el pecado".
"¡Eso no es verdad!", grité, mi voz temblando.
Mateo se rio, una risa fría y cruel.
"¿No es verdad? ¿Debería contarles a todos sobre tus intentos de escape? ¿Sobre tus...".
Se detuvo abruptamente.
Una extraña mirada cruzó su rostro, como si un recuerdo perdido intentara salir a la superficie.
Frunció el ceño, confundido por un segundo, como si no entendiera completamente de qué estaba hablando.
Luego, sacudió la cabeza y la máscara de crueldad volvió a su lugar.
"No importa. Tus pecados son evidentes".
Me empujó al suelo.
Mi rodilla golpeó el mármol pulido con un ruido sordo y un dolor agudo recorrió mi pierna.
El vestido se rasgó.
"Sáquenla de mi vista", ordenó a dos de sus guardias de seguridad.
"Es una vergüenza. Una mancha en nuestra comunidad sagrada".
Los dos hombres me levantaron bruscamente por los brazos.
Me arrastraron hacia la salida como si fuera un saco de basura.
Podía oír los susurros de los invitados.
"Pobre Padre Mateo, tener que lidiar con ella".
"Siempre supe que no era digna".
"Una zorra desagradecida".
Pasé junto a Miguel. Su rostro estaba pálido, sus ojos llenos de confusión y miedo.
Quería gritarle, decirle la verdad, pero las palabras no salían.
Justo antes de que me echaran por la puerta, escuché la voz de Mateo, ahora suave y paternal, consolando a mi hermano.
"No te preocupes, hijo mío. La oscuridad ha sido expulsada. Ahora solo queda la luz".
Me arrojaron a la acera, bajo la lluvia fría que había comenzado a caer.
La puerta se cerró detrás de mí, dejándome sola en la oscuridad, con el dolor en mi rodilla y una humillación que pesaba más que cualquier herida física.