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Cíclo de Muerte
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Capítulo 3

El dolor en mi rodilla era agudo, pero no se comparaba con el infierno que se desató en mi mente.

Tirada en la acera mojada, las memorias de mis muertes pasadas me golpearon como un tren de carga.

Recordé el agua helada llenando mis pulmones mientras Mateo me sujetaba bajo la fuente.

Recordé el fuego consumiendo mi piel en la "prueba de las brasas".

Recordé el sabor metálico de la sangre en mi boca después de que sus seguidores me golpearan por "insubordinación".

Cada muerte, cada gota de dolor, cada segundo de agonía.

Volvió a mí, no como un recuerdo, sino como una sensación física.

Mi cuerpo convulsionaba en el suelo, reviviendo nueve, o noventa y nueve, muertes a la vez.

Grité, un sonido ahogado por la lluvia y la desesperación.

A través de la ventana del salón, pude ver la silueta de Mateo.

Se había acercado a Miguel, le secaba una lágrima imaginaria de la mejilla con una ternura que me revolvió el estómago.

Luego, levantó la vista y sus ojos se encontraron con los míos.

No había compasión.

Solo un frío triunfo.

Sonrió levemente y luego se dirigió a la multitud, que ahora me miraba a través del cristal como si fuera un animal enjaulado.

Con un simple gesto de su mano, los incitó.

La puerta del salón se abrió de nuevo.

Un grupo de invitados, hombres y mujeres de aspecto respetable, salieron. Sus rostros estaban torcidos por un fervor justiciero.

"La impura debe ser limpiada", dijo una mujer con un collar de perlas.

"El Padre nos ha dado permiso", dijo un hombre con un traje caro.

Me rodearon.

"Es por tu propio bien, Sofía".

"Esto te purificará".

Empezaron a patearme.

Costillas. Estómago. Espalda.

Cada golpe era un nuevo destello de dolor, una nueva capa en mi miseria.

Intenté hacerme un ovillo para protegerme, pero eran demasiados.

Podía oír la voz de Mateo, baja y clara, a través del tumulto, aunque él no se había movido de la ventana.

"Asegúrense de que entienda su lugar".

Uno de los hombres me agarró del pelo y tiró de mi cabeza hacia atrás, exponiendo mi rostro a la lluvia y a sus miradas llenas de odio.

"Perra desagradecida", escupió en mi cara.

Otro hombre se agachó. Sus manos frías y ásperas comenzaron a subir por mi pierna, por debajo del vestido rasgado.

El pánico se convirtió en un terror helado.

Y entonces, algo dentro de mí se rompió.

O quizás, se reconstruyó.

Dejé de luchar.

Dejé de sentir el dolor.

Una extraña calma se apoderó de mí.

Empecé a reír.

Primero fue una risa ahogada, casi un sollozo.

Luego se hizo más fuerte, más clara.

Una risa llena de una amargura y una ironía que los desconcertó.

Dejaron de golpearme. Me miraron como si estuviera loca.

El hombre que me tocaba retiró la mano como si le hubiera quemado.

Levanté la cabeza, la lluvia mezclándose con las lágrimas silenciosas en mi rostro, y miré directamente a Mateo, que seguía observando desde la ventana, su sonrisa ahora vacilante.

"Gracias", dije, mi voz sorprendentemente firme.

"Gracias, Padre Mateo".

"Le deseo a usted y a su... nueva luz... toda la felicidad del mundo".

"Espero que consiga lo que tanto desea".

La confusión en su rostro era mi pequeña victoria.

No esperaba esto. Esperaba súplicas, lágrimas, sumisión.

No una bendición sarcástica desde el infierno que él mismo había creado.

Cerré los ojos, ignorando a la multitud atónita que me rodeaba.

Me concentré.

"Sistema", dije en mi mente, con una claridad y una determinación que nunca antes había tenido.

"Quiero renunciar a la misión".

Silencio.

Luego, una voz robótica y sin emociones resonó en mi cabeza.

[Confirmando solicitud de abandono de misión. ¿Está segura? Esta acción es irreversible.]

"Sí. Estoy segura".

[Solicitud aceptada. El protocolo de separación se iniciará.]

[El vínculo con el mundo objetivo se disolverá en 72 horas.]

[Cuenta regresiva iniciada.]

Una sensación de alivio, tan inmensa y abrumadora, me recorrió.

Era la primera vez en años, en vidas, que sentía algo parecido a la esperanza.

Aunque estuviera rota, humillada y abandonada, por fin veía una salida.

Una salida real.

Abrí los ojos.

Mateo todavía me miraba, su expresión ahora era una mezcla de ira y desconcierto.

Por primera vez, parecía que había perdido el control.

Y eso me hizo sonreír.

Una sonrisa genuina.

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