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Amor Traicionado: La Bestia Despertó
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Capítulo 2

Rodrigo se removió en el regazo de Sofía, despertando con un gemido suave.

"¿Qué pasa, mi amor? ¿Tanto ruido?" , preguntó con una voz somnolienta y deliberadamente frágil, frotándose los ojos como un niño.

Sofía apartó la mirada del rostro aterrorizado de su asistente y la posó en Rodrigo, su expresión se suavizó al instante.

"Nada, mi vida. Solo unos asuntos domésticos" , dijo, acariciándole el cabello, "Ese tonto de Miguel Ángel y su bestia me hicieron enojar, pero ya todo está resuelto" .

Rodrigo se incorporó un poco, apoyándose en un codo y mirándola con sus grandes ojos cafés, que sabían cómo fingir una inocencia absoluta.

"Me asusté mucho, Sofi. Pensé que ese perro me iba a atacar. Aún siento que mi corazón va a salirse del pecho" , dijo, llevando la mano de Sofía a su esternón para que sintiera sus latidos.

"Ya pasó, mi cielo. Ya pasó. Ese animal no volverá a molestarte nunca más. Ni él, ni su dueño" , lo tranquilizó Sofía, con una voz que era una mezcla de consuelo y una oscura promesa.

Degradó a su esposo, el hombre con el que había compartido cama y vida, al mismo nivel que un animal. "Bestia" , "animal" , "dueño" . Para ella, ambos eran lo mismo, una molestia que había sido eliminada.

En la penumbra del sótano, algo se agitó. No era un cuerpo, pues ya no había uno. Era una conciencia, una sombra de dolor y confusión. El espíritu de Miguel Ángel flotaba en el espacio frío y húmedo, una figura etérea atada al lugar de su muerte atroz.

Podía ver los restos de su propia existencia esparcidos por el suelo de piedra. Manchas de sangre ya secas, fragmentos de hueso, jirones de su ropa favorita. Y en un rincón, un amasijo de carne y piel que apenas se reconocía como los pitbulls, saciados y ahora dormidos.

Recordó el dolor. Recordó el terror. Recordó los ojos de Sofía, fríos y vacíos de cualquier emoción excepto el desprecio. Recordó el cuerpo flácido de "El Guardián" . Una oleada de angustia, tan potente como el dolor físico que había sufrido, lo recorrió.

Arriba, la conversación continuaba.

Rodrigo hizo un puchero. "Tengo hambre, Sofi. Todo ese estrés me dejó sin energías. Y... y el doctor dijo que necesito comer bien para recuperarme" .

Sofía lo miró con una devoción casi enfermiza.

"Claro que sí, mi amor. ¿Qué se te antoja? Pediré lo que quieras, la mejor comida de la ciudad" .

Le acercó a los labios una uva de un cuenco de fruta que había en la mesita de centro. Rodrigo la mordisqueó delicadamente.

"No sé... algo... que me dé fuerza. Algo sustancioso" , dijo Rodrigo, con una pausa calculada, "He leído que para la ansiedad y... y para fortalecer el corazón, lo mejor es... comer corazón" .

La sugerencia flotó en el aire, grotesca e inquietante. Pero Sofía no pareció notarlo. Al contrario, sus ojos se iluminaron con una idea.

"Claro, mi vida. Es una excelente idea. La medicina tradicional siempre es la más sabia" , dijo, completamente convencida.

Luego, su rostro se ensombreció con una expresión de furia contenida.

"Ese maldito de Miguel Ángel... se llevó a su perro. Seguramente lo enterró en el jardín trasero, junto a las flores que tanto le gustaban. ¡Qué sentimental y estúpido!" , murmuró para sí misma.

El espíritu de Miguel Ángel gritó en silencio. ¡No, no lo hice! ¡Tú lo mataste! ¡Tú lo pateaste hasta la muerte! Pero sus palabras no tenían sonido.

Sofía se levantó de repente, llena de una nueva y terrible determinación.

"No te preocupes, mi amor. Te conseguiré el mejor corazón. Fresco y fuerte" , le dijo a Rodrigo con una sonrisa que a cualquier otra persona le habría helado la sangre.

Se inclinó y lo besó en la frente, un gesto lleno de una ternura retorcida.

"Tú descansa. Yo me encargo de todo. Por ti, soy capaz de cualquier cosa. De desenterrar a un perro muerto o de encontrar uno vivo. Lo que sea para que mi Rodrigo esté bien" .

Rodrigo le sonrió débilmente, una sonrisa de victoria.

"Gracias, Sofi. Eres la única que me entiende. La única que me cuida" .

Mientras Sofía salía de la habitación, gritando órdenes a su acobardado personal para que trajeran palas, el espíritu de Miguel Ángel se hundió en una desesperación aún más profunda.

No solo lo habían matado. No solo habían asesinado a su fiel amigo. Ahora, en su retorcida lógica, planeaban profanar la memoria de "El Guardián" para satisfacer el capricho de un manipulador.

Observó cómo Rodrigo, una vez que Sofía se fue, se estiraba en el sofá, sacaba su teléfono y comenzaba a revisar sus redes sociales con una expresión de aburrimiento, sin rastro alguno del supuesto ataque de pánico.

La farsa era tan obvia, tan descarada. Y Sofía, cegada por su obsesión, era completamente incapaz de verla.

En el sótano, el alma de Miguel Ángel lloraba sin lágrimas, una tormenta silenciosa de dolor, rabia e impotencia.

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