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Sofía: ¿Hija o Cenicienta?
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Capítulo 1

Sofía Rojas miraba las gotas de lluvia que golpeaban con furia la ventana del pequeño taller de costura clandestino, el estruendo de la tormenta ahogaba el zumbido de las máquinas de coser, el aire olía a humedad y a tela barata, un olor que se le había pegado a la piel desde que tenía memoria.

Sus padres adoptivos, los dueños del taller, la explotaban sin piedad, sus manos, aunque jóvenes, estaban llenas de pequeños callos y cicatrices de aguja, pero eran manos que podían crear belleza de la nada, transformando retazos de tela en prendas que parecían susurrar historias.

Ese día, sin embargo, no era un día de trabajo como cualquier otro, sobre la mesa, junto a un montón de vestidos a medio terminar, había una carta, el sobre era caro, el papel grueso, y llevaba el sello de la familia Vargas, los dueños de una de las casas de moda más prestigiosas de la Ciudad de México.

La carta lo cambió todo, no era la hija de los costureros que la habían criado, era Sofía Vargas, la hija biológica de Ricardo y Patricia Vargas, secuestrada hacía quince años, la niña perdida cuya desaparición había sido una herida abierta en la alta sociedad mexicana.

Cuando llegó a la imponente mansión de los Vargas, no hubo lágrimas de alegría, no hubo abrazos desesperados, la bienvenida fue tan fría como el mármol del vestíbulo.

Ricardo y Patricia Vargas la miraron de arriba abajo, sus ojos evaluando su ropa sencilla, su cabello mojado por la lluvia, su postura tímida, su hermano biológico, Carlos, se mantuvo a distancia, con una expresión de indiferencia que la hizo sentir como una extraña, una intrusa en un mundo que debería haber sido el suyo.

Valentina, la hija que habían adoptado para llenar el vacío que ella dejó, sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos, una sonrisa que parecía decir: "Este es mi lugar, no el tuyo".

La vida en la mansión se convirtió en una serie de pruebas crueles, le impusieron una regla estricta: cualquier gasto superior a 50 pesos debía ser aprobado por su padre, era una forma de recordarle constantemente su pasado "humilde", de mantenerla bajo control.

"Es para que aprendas el valor del dinero, Sofía", le dijo su padre, Ricardo, con un tono condescendiente. "No queremos que te malacostumbres".

Sofía, desesperada por su amor y aceptación, lo soportó todo, obedeció cada regla, sonrió ante cada humillación, creyendo que era una prueba, una forma de demostrar que era digna de ser una Vargas.

Renunció a una beca para estudiar en el extranjero que su mentora, la Profesora Elena, le había conseguido, se lo contó a sus padres, esperando que su sacrificio los conmoviera, que vieran cuánto los amaba.

"¡Qué bien, hijita!", exclamó su madre, Patricia, con una alegría que sonó falsa. "Si te quedas, te haremos una gran fiesta de presentación en sociedad para tu cumpleaños número dieciocho".

Sofía les creyó, se aferró a esa promesa como un náufrago a una tabla.

El día de su examen de ingreso a la prestigiosa escuela de diseño, una tormenta torrencial, la peor en décadas, azotó la ciudad, las calles se inundaron, el transporte público colapsó.

Sofía, con el corazón en un puño, se acercó a su padre.

"Papá, necesito cien pesos para un taxi", suplicó. "Si no, no llegaré a tiempo al examen".

Ricardo la miró con desprecio, su rostro se contrajo en una mueca de asco.

"¿Cien pesos? ¿Para un taxi?", siseó. "¿De dónde crees que sale el dinero? ¡Siempre pidiendo, siempre necesitando! ¡Eres igual que la gente de ese barrio inmundo!".

El sonido de la bofetada resonó en el silencioso salón, la mejilla de Sofía ardió, pero el dolor en su corazón era mucho peor.

"¡Lárgate!", gritó su padre. "¡Camina! ¡Así recordarás de dónde vienes!".

La echó de la casa, bajo la lluvia torrencial, Sofía corrió, con las lágrimas mezclándose con la lluvia, el agua helada calándole hasta los huesos.

Llegó al lugar del examen empapada, temblando de frío y humillación, justo cuando estaba a punto de entrar, sus ojos se fijaron en una pantalla gigante en la fachada de un edificio al otro lado de la calle.

Y allí estaban ellos.

Su familia.

Ricardo, Patricia y Carlos, sonriendo, brindando con copas de champán, a su lado, un famoso diseñador de modas abrazaba a Valentina, la cámara enfocaba los diseños que se exhibían detrás de ellos, diseños que Sofía reconoció al instante.

Eran suyos.

Los bocetos que Valentina le había robado de su cuaderno.

La voz del presentador retumbaba desde la pantalla: "...un increíble regreso para la joven promesa, Valentina Vargas, quien, con la inspiración de su familia, ha superado un bloqueo creativo para diseñar esta exitosa colección...".

El mundo de Sofía se hizo añicos.

La promesa de la fiesta de cumpleaños, las pruebas de humildad, el amor que tan desesperadamente buscaba, todo era una mentira, una farsa cruel.

Con una calma aterradora, Sofía tomó la solicitud de ingreso que sostenía en sus manos temblorosas y la rompió en mil pedazos, los trozos de papel mojado cayeron al suelo como hojas muertas.

Sacó su teléfono, sus dedos no temblaron.

Marcó un número.

"Profesora Elena", dijo con una voz clara y firme, una voz que ya no era la de una niña asustada. "Soy Sofía, acepto la beca, me voy a Milán".

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