La acusación de Valentina flotaba en el aire, espesa y venenosa, no era la primera vez, Sofía recordó las innumerables ocasiones en que Valentina había torcido la verdad, robando sus ideas para luego presentarlas como suyas, susurrando mentiras al oído de sus padres, pintándola como una persona problemática y desagradecida.
Y ella, en su estúpida necesidad de ser amada, siempre había tratado de complacerla, de ser su amiga, de ganarse su afecto, ahora veía la verdad con una claridad dolorosa, Valentina no quería una hermana, quería una rival a la que aplastar.
"No es lo que piensas", dijo Sofía, su voz era un susurro ronco.
Pero sus palabras se perdieron en el torbellino de acusaciones.
"¡Explícanos, Sofía!", exigió su padre. "¿Por qué una maestra te regalaría un vestido? ¿Qué le diste a cambio?".
"Seguro que no fue nada bueno", añadió Valentina, fingiendo inocencia. "Es que ella no está acostumbrada a tener cosas bonitas, pobrecita".
La condescendencia en su voz fue la gota que colmó el vaso.
Carlos, su hermano, el niño con el que había compartido secretos imaginarios en su mente durante años, se acercó a ella con una mirada cruel.
"Quítatelo", ordenó. "Vamos a ver qué tan caro es este vestido".
Extendió la mano y agarró la tela del hombro de Sofía, tiró con fuerza, con la intención de rasgarlo, de exponerla, de humillarla aún más.
En ese instante, algo dentro de Sofía se quebró, no fue un quiebre de desesperación, sino de furia, una furia fría y controlada.
Su mano se movió con una velocidad que sorprendió a todos, incluido a ella misma.
¡PLAF!
La bofetada que le dio a Carlos resonó en la habitación, más fuerte que las dos que ella había recibido, la marca roja de sus dedos apareció instantáneamente en la mejilla de su hermano.
Carlos la miró, atónito, con una mano en su rostro abofeteado.
El recuerdo de su infancia idealizada, del hermano mayor que la protegería, se hizo añicos, este no era su hermano, era un matón, un cómplice de la crueldad de su familia.
Sofía los miró a todos, uno por uno, sus ojos llenos de lágrimas que se negaban a caer.
"Así que saben lo que es no tener nada", dijo, su voz temblaba, pero no de miedo, sino de una profunda y amarga decepción. "No soy lo que creen, no hice nada malo para conseguir este vestido".
Hizo una pausa, respirando hondo.
"Solo... solo no entiendo", su voz se quebró. "No entiendo por qué, no importa lo que haga, ustedes siempre eligen pensar lo peor de mí".
Nadie respondió, el silencio era su única respuesta, la confirmación de que no había nada que entender.
Simplemente no la querían, nunca la habían querido.