Antes de que pudiera decir algo, mis ojos se desviaron hacia mi mesita de noche, allí estaba, en un marco de plata barato, la única foto que conservaba de mi vida anterior, una foto mía y de Miguel, tomada el día antes de que él se fuera, ambos sonreíamos, abrazados, él me había prometido que pronto estaríamos juntos de nuevo, esa foto era mi ancla, mi recordatorio de que mi vida no siempre había sido esta jaula de oro.
Elena siguió mi mirada, su rostro se contrajo en una mueca de disgusto puro, caminó hacia la mesita de noche, tomó el marco y lo sostuvo como si fuera basura.
"Te he dicho mil veces que tires esta porquería, Sofía," siseó, su voz era veneno, "Miguel está muerto, ¿entiendes? ¡MUERTO! Solo te estás torturando con esto."
Y entonces, con un movimiento brusco y violento, arrancó la foto del marco, la hizo pedazos con una furia que me dejó paralizada, los trozos de papel cayeron al suelo como confeti triste.
Me quedé sin aliento, el shock me impidió moverme, nunca la había visto así, tan fuera de control, tan llena de odio hacia el recuerdo de mi hermano, fue un acto de crueldad tan innecesario que algo dentro de mí se rompió.
Pero tan rápido como llegó, la furia desapareció de su rostro, como si alguien hubiera apagado un interruptor, sus facciones se suavizaron, y una sonrisa forzada y espeluznante apareció en sus labios.
"Ay, mi niña," dijo, su voz ahora era melosa, falsa, "perdóname, no debí hacer eso, es que me duele verte sufrir, todo lo que hacemos es por tu bien, para que olvides ese pasado doloroso y aceptes tu nueva vida, nuestro amor."
Se acercó para abrazarme, pero yo retrocedí instintivamente, el cambio repentino en su comportamiento era más aterrador que su ira, era como ver una máscara cambiar en un instante.
Fue en ese momento que lo vi, mientras ella extendía su mano para tocarme, la luz de la ventana se reflejó en su muñeca, justo debajo de la piel, vi un destello, un pequeño parpadeo metálico, casi imperceptible, como un chip o un pedazo de metal incrustado.
Mi sangre se congeló, me quedé mirando su muñeca, tratando de entender lo que había visto, ella notó mi mirada y retiró su mano rápidamente, cubriéndola con la otra.
"¿Qué miras?", preguntó, su voz con un filo de nerviosismo.
La imagen del destello metálico se conectó en mi mente con el mensaje de Miguel: "No confíes en ellos", el pánico que sentía se transformó en un terror frío y absoluto, la mujer frente a mí, la que me había criado durante tres años, la que insistía en que era mi madre... no era humana, o al menos, no completamente.
Mis padres adoptivos, los que me encontraron después de que Miguel desapareció, los que me dieron un hogar... eran unos impostores.
La realización me golpeó con la fuerza de un tren, mi mente se tambaleó, tratando de procesar la monstruosa verdad, ¿quiénes eran? ¿qué querían de mí? ¿por qué la ciudadanía era tan importante para ellos?
Elena, o lo que sea que fuera, vio el terror en mi cara, su máscara de amabilidad se desvaneció de nuevo, reemplazada por una impaciencia fría.
"Deja de actuar como una tonta y vístete," ordenó, su voz era plana, sin emoción, "Javier nos espera, no vas a arruinar todo ahora, después de todo lo que hemos invertido en ti."
Sus palabras, "invertido en ti", sonaron en mi cabeza, no como una madre preocupada, sino como un negociante que protege su inversión.
Asentí lentamente, con la cabeza gacha para que no viera mi expresión, tenía que jugar su juego, por ahora.
"Sí, mamá," dije, la palabra se sentía como ceniza en mi boca, "tienes razón, me voy a cambiar ahora mismo."
Me di la vuelta y tomé el vestido beige, mis manos temblaban sin control, pero mi mente estaba sorprendentemente clara, ya no era una niña asustada, era la hermana de Miguel, y él me había advertido, necesitaba escapar, necesitaba encontrarlo.
Mi plan comenzó a formarse en medio del terror, tenía que fingir, obedecer, y en el primer descuido, correr.