Ricardo, el mejor amigo de Miguel, el único que me había visitado un par de veces después de que mis "padres" me adoptaron, siempre fue amable, siempre me preguntaba por Miguel y compartía mi esperanza de que estuviera vivo.
Una ola de alivio me inundó, él era mi única oportunidad.
"¡Ricardo!", grité, mi voz sonó desesperada.
Javier pisó el freno bruscamente, el auto se detuvo con un chirrido, Elena me lanzó una mirada furiosa.
Ricardo se dio la vuelta, sorprendido, sus ojos se abrieron al verme en el auto, atrapada entre mis dos captores, su rostro mostró confusión, y luego, preocupación.
Se acercó a la ventana del auto, Javier la bajó solo unos centímetros.
"Sofía, ¿qué onda? ¿Vas al examen?", preguntó Ricardo, su tono era casual, pero sus ojos estaban fijos en mí, buscando una señal.
Vi una extraña rigidez en Javier y Elena, una tensión casi imperceptible, como si su programación estuviera luchando por procesar esta interrupción inesperada.
"Sí," dije, tratando de que mi voz sonara normal, "mis padres me llevan, estoy un poco nerviosa."
Necesitaba decirle algo, advertirle sin que ellos se dieran cuenta, recordé una palabra clave que Miguel y yo usábamos cuando éramos niños para pedir ayuda en secreto, una palabra sin sentido que inventamos.
"Ojalá Miguel estuviera aquí," dije, mirando directamente a los ojos de Ricardo, "él siempre sabía cómo calmarme, siempre me decía que recordara 'axolotl'."
La palabra clave era 'ajolote', pero en español, la pronunciación es casi idéntica.
Ricardo frunció el ceño por un segundo, confundido, pero luego, vi un destello de comprensión en sus ojos, él conocía nuestras historias, Miguel se lo había contado todo.
Ricardo sonrió, una sonrisa amplia y relajada, y se apoyó en el auto.
"¡Claro! El viejo Miguel," dijo, su voz era fuerte, alegre, "oye, Javier, Elena, qué gusto verlos, por cierto, Elena, se te cayó algo del bolso cuando se detuvieron."
Elena miró su bolso, confundida, y luego al suelo, no había nada.
"No veo nada," dijo ella, con el ceño fruncido.
"No, no, ahí, junto a la llanta," insistió Ricardo, señalando con convicción.
Elena, irritada pero obligada a mantener las apariencias, abrió la puerta y se agachó para mirar, en ese segundo, Javier se distrajo, mirando a Elena.
Era mi oportunidad.
Empujé la puerta de mi lado con todas mis fuerzas, golpeando a Javier, y salí corriendo, no miré hacia atrás, solo corrí, esquivando a la gente en la acera, con el sonido del grito furioso de Javier a mis espaldas.
Corrí sin rumbo, con la adrenalina bombeando en mis venas, me metí en un callejón, con el corazón a punto de salírseme del pecho, me escondí detrás de un contenedor de basura, tratando de recuperar el aliento.
Escuché pasos apresurados que pasaban de largo por la entrada del callejón, esperé, temblando, hasta que el sonido se desvaneció, estaba a salvo, por ahora.
Saqué mi teléfono, mis manos temblaban tanto que apenas podía sostenerlo, necesitaba llamar a la policía, a alguien, pero luego recordé el mensaje de Miguel, él era el único que sabía la verdad.
Intenté llamar a su número de nuevo, y de nuevo, la misma grabación: "El número que usted marcó no existe."
Una sensación de desesperanza comenzó a invadirme, estaba sola, pero entonces, mi teléfono vibró, era un nuevo mensaje de ese número misterioso.
Mi alivio duró solo un segundo.
El mensaje decía: "RICARDO MIENTE. ÉL LOS CONTROLA."
Me quedé helada, mirando la pantalla, no podía ser, Ricardo me había ayudado, me había dado la oportunidad de escapar, ¿cómo podía ser él el malo?
El mensaje continuaba: "ÉL NO ES TU AMIGO. MIRA HACIA ARRIBA."
Con un miedo terrible, levanté la vista hacia el final del callejón, hacia el edificio que daba a la calle principal, y allí, en una de las ventanas del tercer piso, lo vi.
Era Ricardo, no estaba buscando en la calle, no estaba llamando a la policía, estaba allí, de pie, mirándome directamente, no había sorpresa en su rostro, ni preocupación.
Solo una sonrisa fría, calculadora y triunfante, la misma sonrisa que había usado para engañar a mis captores, pero ahora dirigida a mí, y en sus ojos, vi la misma frialdad antinatural que había visto en los ojos de Elena y Javier.
El alivio que había sentido se convirtió en un terror tan profundo que me dejó sin aire, no había escapado, solo había corrido de una jaula a otra, y el carcelero era la persona en la que había depositado mi última esperanza.