Me tendió la mano, y cuando la tomé, sentí la misma frialdad antinatural que había sentido con Elena, su piel era suave, demasiado suave, sin las pequeñas imperfecciones de una persona real.
Mientras me guiaba hacia la puerta, mi mirada se desvió hacia su cuello, justo por encima del cuello de su camisa, allí, parcialmente oculto, había un pequeño tatuaje, un símbolo extraño que nunca antes había visto, un círculo con una línea intrincada en el medio.
Mi corazón dio un vuelco, yo conocía la piel de Javier, en el verano, cuando usaba camisas de cuello abierto, nunca había tenido un tatuaje ahí, era una marca nueva, una marca que no pertenecía.
Miré de reojo a Elena, ella notó mi mirada y sutilmente se acomodó el cuello de la blusa, como si también ocultara algo.
El rompecabezas se estaba armando en mi cabeza, el destello metálico, el tatuaje, su comportamiento errático, no era solo ella, él también era un impostor.
Ambos.
Me detuve en seco en el umbral de la puerta, el aire fresco de la mañana se sentía como una burla a la sofocación que sentía por dentro.
Javier notó mi vacilación, su sonrisa se tensó un poco en los bordes.
"¿Pasa algo, Sofía?", preguntó, su tono era amable, pero su agarre en mi mano se hizo más fuerte.
"El... el tatuaje," tartamudeé, señalando su cuello, "es nuevo, ¿verdad?"
Una sombra pasó por los ojos de Javier, pero se recuperó al instante, soltó una risa forzada.
"¡Ah, eso!", dijo, tocándose el cuello, "fue una locura de la semana pasada, Elena y yo decidimos hacer algo espontáneo, ¿a que sí, cariño?"
Elena asintió rápidamente, demasiado rápido.
"Sí, una pequeña locura de viejos," dijo, su risa sonaba hueca.
La mentira era tan obvia, tan mal construida, que me confirmó todo, no estaban ni siquiera tratando de ser convincentes, solo de mantener el control, el pensamiento de lo que le podrían haber hecho a Miguel para obtener información sobre mí me llenó de un terror helado.
Estaba atrapada con dos seres que pretendían ser mis padres, y me estaban llevando a una trampa.
Mi instinto de supervivencia gritó, di un paso atrás, tratando de soltarme de la mano de Javier.
"No... no quiero ir," dije, mi voz temblaba, "no me siento bien."
La fachada se derrumbó por completo, la sonrisa de Javier desapareció, su rostro se convirtió en una máscara de fría determinación.
"No te lo estaba preguntando," dijo, su voz era dura como el acero, "vas a ir."
Su agarre en mi brazo se volvió doloroso, Elena se movió rápidamente y se colocó a mi otro lado, sujetándome el otro brazo, ahora estaba físicamente controlada, atrapada entre los dos.
"Sofía, no hagas esto más difícil," dijo Elena, su voz era un susurro amenazante en mi oído, "sabes que esto es lo mejor."
Me arrastraron fuera de la casa, hacia el auto negro que esperaba en la entrada, luché, pero eran increíblemente fuertes, sus movimientos eran eficientes, mecánicos.
Me empujaron al asiento trasero y se sentaron a cada lado, encerrándome, Javier arrancó el motor y el coche se puso en marcha suavemente.
Miré por la ventana las calles familiares de mi vecindario, pero ahora parecían un escenario ajeno, una decoración para la obra de teatro de mi vida falsa.
Mi mente estaba en blanco por el pánico, pero una pequeña chispa de desafío se encendió en mi interior, no iba a rendirme, no me iban a llevar a su trampa sin pelear.
Empecé a observar todo, la ruta que tomaban, los otros autos, las personas en la acera, buscando cualquier cosa, cualquier oportunidad para escapar.
"Relájate, Sofía," dijo Javier, mirándome por el espejo retrovisor, "pronto todo habrá terminado."
Sus palabras, que pretendían ser reconfortantes, solo me enviaron un escalofrío por la espalda, ¿qué significaba "todo"?