Debajo de la foto, un texto.
"A Ricardo le aburren los sabores tradicionales, Sofía. Él prefiere un juego más... prohibido. Y ese juego soy yo."
Leí el mensaje y no sentí nada. O tal vez sentí tanto que mi cuerpo se apagó para protegerme. Miré la masa, el relleno de pollo con mole que había preparado con tanto esmero, la comida favorita de Ricardo. La que le preparaba cada aniversario.
Con los dedos firmes, seguí envolviendo los tamales en las hojas de maíz, uno por uno, con la precisión de una cirujana. El olor del mole, del chocolate y los chiles, llenaba mi pequeña cocina. Era el olor de mi hogar, de mi negocio, de mi vida. No iba a permitir que el veneno de Valentina lo contaminara.
Ignoré el teléfono. Ignoré el nudo en mi garganta.
Horas más tarde, la puerta principal se abrió. Escuché la risa de Ricardo, seguida de otra risa, una más aguda y falsa. Valentina.
Mi hija de seis años, Lucía, corrió hacia la puerta gritando "¡Papi!" , pero se detuvo en seco al ver a la mujer que venía colgada de su brazo.
"Hola, mi amor" , dijo Ricardo, pero su mirada pasó por encima de Lucía y se clavó en mí. Sus ojos estaban fríos, distantes.
Valentina entró pavoneándose, mirando mi casa como si estuviera inspeccionando una propiedad para comprar.
"¡Qué bien huele!" , exclamó con una voz melosa. "Pero, ay, Ricardo, ya sabes que a mí el mole no me gusta. Se me antojan unos tamales de dulce, de esos rositas."
Miró a Ricardo con un puchero, como una niña caprichosa.
Ricardo ni siquiera me miró a mí. Su voz fue una orden, no una petición.
"Sofía, hazle unos tamales de dulce a Valentina."
Me sequé las manos en el delantal. Mi voz salió tranquila, más de lo que me sentía.
"No hay. Hice de mole, tus favoritos, para celebrar nuestro aniversario."
Valentina soltó un sollozo falso, un sonido ridículo y teatral. Se tapó la cara con las manos.
"Lo siento, Ricardo, no quise causar problemas... Es que... arruiné su aniversario."
Ricardo estalló. Fue como si hubiera accionado un interruptor. Su rostro se descompuso por la ira.
"¿No puedes hacer una maldita cosa que se te pide?" , gritó.
Y entonces, con un movimiento violento, agarró el mantel de la mesa y tiró de él.
Todo voló por los aires. Los platos, los vasos, la jarra de agua de horchata. El gran platón de tamales que acababa de servir se estrelló contra el suelo. El mole caliente salpicó por todas partes, manchando mis piernas, manchando el vestidito blanco de Lucía, que se quedó paralizada por el terror.
El sonido de la loza rota fue ensordecedor.
Lucía empezó a llorar, un llanto ahogado, lleno de miedo.
Ricardo me señaló con el dedo, su rostro a centímetros del mío.
"Te vas a quedar en la cocina con esa... niña. No van a comer nada esta noche. ¡A ver si así aprendes a obedecer!"
Me empujó hacia la cocina y cerró la puerta de un portazo. Escuché el sonido de la llave girando en la cerradura desde afuera.
Nos había encerrado.
Abrace a Lucía, que temblaba contra mi pecho. El olor a mole y a humillación se nos pegaba a la piel. A través de la puerta, escuché a Ricardo consolar a Valentina, prometiéndole que la llevaría al mejor restaurante de la ciudad.
Esa noche, mientras mi hija lloraba en mis brazos en el frío suelo de la cocina, entendí que mi matrimonio no estaba roto. Estaba muerto. Y Ricardo lo había matado hacía mucho tiempo.