Valentina se quedó de pie en el umbral, con una taza de café en la mano y una sonrisa de suficiencia. Llevaba puesta una de las batas de seda de Ricardo.
Lucía, que estaba a mi lado, la miró con una valentía que me sorprendió.
"Esa es la bata de mi papá" , dijo con su vocecita, pero firme.
Valentina soltó una risita.
"Pronto todo lo de tu papá será mío, escuincla. Y tú y tu mamá se irán a la calle, que es donde pertenecen."
Lucía apretó los puños.
"¡Tú eres mala! ¡Por tu culpa mi papi nos encerró!"
Antes de que pudiera detenerla, Lucía dio un paso adelante. Valentina, con un gesto de fastidio, derramó a propósito un poco de su café caliente sobre el brazo de mi hija.
Lucía gritó, más por la sorpresa y la injusticia que por el dolor.
"¡Ay, perdón! Qué torpe soy" , dijo Valentina con un cinismo descarado.
En ese instante, algo dentro de mí se rompió. Pero no fue debilidad, fue la erupción de un volcán. Me levanté y me puse delante de mi hija, protegiéndola.
Ricardo entró corriendo, alertado por el grito.
"¿Qué pasa ahora?"
"¡Tu hija me agredió, Ricardo!" , lloriqueó Valentina, mostrándole una uña rota. "¡Mira lo que me hizo!"
Ricardo miró la marca roja en el brazo de Lucía, y luego a Valentina. Y la eligió a ella. Como siempre.
Sin una palabra, levantó la mano y le dio una bofetada a Lucía.
No fue fuerte, pero el sonido resonó en la cocina como un disparo. La cabecita de mi hija se giró por el impacto. Se llevó la mano a la mejilla, mirándome con los ojos llenos de una confusión y un dolor tan profundos que me partieron el alma.
El mundo se detuvo. Todo el ruido se apagó. Solo existíamos mi hija con la marca roja en su mejilla y la bestia que se hacía llamar su padre.
"¡Ni se te ocurra volver a tocarla!" , grité. Mi voz no sonó como la mía. Salió de las profundidades de mi ser, llena de una furia que no sabía que poseía.
Me abalancé sobre él, empujándolo lejos de mi hija.
"¿¡Qué clase de monstruo eres!? ¿¡Golpear a tu propia hija por defender a esta víbora!?"
Ricardo me agarró por los brazos, su cara desfigurada por la rabia.
"¡Aprende tu lugar, Sofía!"
"Mi lugar ya no es aquí" , dije, mirándolo directamente a los ojos, sin miedo. Por primera vez en años, no sentía miedo, solo una claridad helada. "Quiero el divorcio, Ricardo. Ahora mismo."
Una sonrisa torcida y cruel se dibujó en su rostro.
"¿Divorcio? ¿Crees que te voy a dejar ir tan fácil? ¿Para que te vayas a revolcar con otro?"
"No sabes de lo que hablas."
"Oh, sí que lo sé" , siseó. "Te vas a quedar aquí. Tú y ese estorbo. Y voy a hacer de cada día de tu vida un infierno. No te vas a librar de mí. Nunca."
Me soltó con un empujón que me hizo tropezar. Agarró a Valentina de la mano.
"Vamos, mi amor. Dejemos a la servidumbre con su trabajo."
Se fueron, dejándome de pie en medio de la cocina sucia, con mi hija llorando silenciosamente a mis espaldas. La promesa de Ricardo resonaba en mis oídos. Un infierno.
Pero él no lo sabía. Yo ya estaba viviendo en uno. Y estaba lista para incendiarlo todo con tal de salir de él.