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Adiós, Amor. Hola, Imperio
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Capítulo 2

A la mañana siguiente, me senté a la mesa del desayuno, observando a Mateo moverse por la cocina con la gracia de un bailarín. Preparaba mis chilaquiles favoritos, los que, según él, curaban cualquier malestar matutino. Su actuación era impecable. Me servía con cuidado, me preguntaba cómo había dormido, me hablaba de sus planes para un nuevo platillo en el restaurante.

Y sobre su cabeza, las burbujas de diálogo no dejaban de aparecer, una crónica en tiempo real de su engaño.

Mateo (a Camila por texto): Buenos días, mi amor. Aquí, cumpliendo con mi papel de esposo devoto. No veo la hora de verte en la cocina.

Mateo (a Camila por texto): No te preocupes por ella, está más preocupada por sus náuseas que por cualquier otra cosa. Es el momento perfecto para planear nuestro futuro.

Asentía y sonreía a sus palabras habladas, mientras mi mente procesaba el veneno de sus palabras escritas. Ya no había duda, no estaba loca. Esta extraña habilidad, este teatro privado que se representaba para mí, era real. Cada burbuja era una confirmación, un clavo más en el ataúd de nuestro matrimonio.

Recordé el día que conocí a Camila. Hacía seis meses. Entró a mi oficina en el restaurante para la entrevista, una chica menuda, de ojos grandes y una sonrisa tímida. Parecía humilde, casi asustadiza. Habló de su pasión por la cocina mexicana, de cómo admiraba a Mateo desde que era estudiante de gastronomía.

"Señora Sofía, sería un honor aprender del mejor", me dijo, con una sinceridad que ahora me parecía repugnante.

La contraté de inmediato. Vi en ella una versión más joven de mí misma: trabajadora, dedicada, dispuesta a sacrificarlo todo por un sueño. Qué ingenua fui.

Ahora, en el restaurante, la observaba desde mi oficina con la puerta entreabierta. La timidez había desaparecido, reemplazada por una confianza depredadora. Se movía por la cocina como si fuera su territorio. Vi cómo le rozaba el brazo a Mateo mientras pasaba a su lado, un toque que duraba un segundo de más. Vi la mirada cómplice que compartieron sobre una olla de mole hirviendo.

Eran pequeños gestos, insignificantes para cualquiera, pero para mí, con el guion de su telenovela privada flotando en el aire, eran tan explícitos como un beso.

Esa tarde, me acerqué a Mateo en la cocina durante un momento de calma.

"Mateo, he notado que pasas mucho tiempo con Camila", dije, tratando de que mi voz sonara casual.

Él se rio, una risa demasiado forzada.

"Mi amor, es mi sous chef. Mi mano derecha. Le estoy enseñando todo lo que sé. Es una chica talentosa, con mucha hambre de aprender. Es como una hermanita para mí".

Hermanita. La palabra me supo a ceniza en la boca.

Sobre su cabeza, una burbuja de diálogo apareció, dirigida a ella, que estaba al otro lado de la cocina picando cebolla.

Mateo (pensamiento/mirada): ¿Oyes eso, reina? Somos "hermanitos". Qué buena broma.

Camila levantó la vista y le dedicó una sonrisita cómplice antes de volver a su trabajo.

"Entiendo", respondí, mi voz apenas un susurro. "Pero la gente podría hablar. No se ve bien tanta cercanía".

Mateo dejó el cuchillo y me tomó por los hombros. Su mirada era intensa, suplicante. Una actuación digna de un premio.

"Sofía, por favor. No empieces con celos infundados. Bastante tengo con la presión del restaurante. Eres mi esposa, la madre de mi hijo. Eres la única mujer en mi vida. Confía en mí".

Las palabras eran perfectas, tranquilizadoras. Pero mi nueva y terrible visión me mostraba la cruda verdad. Mientras me abrazaba, miró por encima de mi hombro hacia Camila, y una última burbuja se formó, clara como el agua.

Mateo (a Camila por texto): La patrona se está poniendo celosa. Tendremos que ser más discretos. Nos vemos en el lugar de siempre esta noche.

Me aparté de su abrazo, sintiendo un frío que me calaba los huesos. Él pensó que sus palabras me habían convencido. Yo sabía que acababa de confirmar mis peores temores. La duda se había extinguido, reemplazada por una certeza amarga y pesada como una lápida.

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