Abrí el estado de cuenta de la tarjeta de crédito de Mateo, esa que él usaba para "gastos del negocio". Mis ojos recorrieron las líneas de transacciones, y ahí estaba. Un cargo de hace dos semanas en una joyería de lujo en Polanco. Recordé ese día, él me había dicho que estaba en una junta con inversionistas.
Seguí buscando. Y lo encontré. Cargos recurrentes en un hotel boutique en la Condesa. Pequeños lujos, cenas para dos en lugares a los que nunca íbamos juntos, flores enviadas a una dirección que no era la nuestra. Cada transacción era una pequeña traición, una pieza más del rompecabezas de su doble vida.
Mi teléfono vibró. Era un mensaje de Mateo.
"Mi amor, lamento estar llegando tan tarde. El trabajo es una locura. Pero todo lo hago por ti y por nuestro bebé. Te amo. Descansa".
Leí el mensaje mientras miraba un cargo de esa misma noche: "La Clandestina - Bar de Mezcal". Sentí una oleada de náuseas y corrí al baño, vomitando la cena y la amargura que me consumía por dentro.
Mientras me enjuagaba la boca, temblando, tomé una decisión. Necesitaba un aliado. Alguien dentro del restaurante. Pensé en Diego.
Diego era el asistente de Mateo, un joven brillante y trabajador al que yo había contratado personalmente. Venía de una familia humilde y yo le había dado su primera gran oportunidad. Siempre me había mostrado una gratitud y lealtad que yo esperaba que fueran genuinas.
A la mañana siguiente, llegué al restaurante antes que nadie, excepto Diego. Lo encontré en la oficina, organizando facturas.
"Diego, necesito pedirte un favor. Uno muy grande y muy personal", le dije, cerrando la puerta detrás de mí.
El chico me miró, preocupado por mi tono serio.
"Claro que sí, señora Sofía. Lo que necesite".
Respiré hondo. "Necesito que seas mis ojos y mis oídos. Necesito saber qué hace Mateo cuando yo no estoy. Con quién habla, a dónde va".
La cara de Diego se transformó. La culpa apareció en sus ojos, y supo exactamente de lo que estaba hablando. Bajó la mirada.
"Señora... yo..."
"No tienes que decir nada", lo interrumpí, mi voz suave pero firme. "Sé que estás en una posición difícil. Mateo es tu jefe. Pero yo te di este trabajo, Diego. Y te estoy pidiendo ayuda no como tu jefa, sino como alguien que está a punto de perderlo todo. Por favor".
Diego levantó la vista, sus ojos llenos de una angustia que me confirmó que él sabía mucho más de lo que yo imaginaba. Asintió lentamente.
"Le diré lo que necesite saber, señora Sofía. Usted no se merece esto".
Sentí una pequeña punzada de alivio en medio del caos. Tenía un aliado.
Esa tarde, mientras Mateo estaba supuestamente en una "cata de vinos", Diego me envió un mensaje.
Diego: Está con ella. En el nuevo local, el que están remodelando en la Roma. Dijo que no lo molestaran en un par de horas.
El nuevo local. Nuestro sueño de expansión. El lugar donde planeábamos construir el futuro. Lo estaban usando como su nido de amor.
La rabia, fría y afilada, se apoderó de mí. Se acabaron las dudas, se acabó la recolección de pruebas. Era hora de la confrontación. Era hora de que la telenovela privada de Mateo García tuviera su gran final de temporada, y yo iba a ser la guionista, la directora y la protagonista.
Me levanté de mi escritorio, tomé mi bolso y las llaves del coche. Mi corazón latía con fuerza, no de miedo, sino de una determinación pura y dura. Iba a enfrentarlos. Iba a recuperar mi vida, o lo que quedaba de ella.
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