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El mafioso y sus mellizos VENGANZA DELIBERADA
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Capítulo 6 6

MANSIÓN FAMILIA ROZZI.

-¡Reconquista a Sofía!- Antonio es reprendido por su padre y madre al saber el error que ha cometido su único hijo.

-¿Acaso no escuchan?- vocifera -¡Ella no me quiere volver a ver! Ni modo de decirle que estaba alucinando, me vio en acción-. Suelta un suspiro de disgusto cuando siente un ardor palpable en su mejilla derecha; su madre, Lucrecia, lo ha golpeado.

-¡Todo iba perfecto y la tienes comiendo de la mano!- lo reprende su madre.

-¿Acaso no podías follar en otro lugar que no fuera en tu oficina?- su padre, Riccardo, está tan furioso -¡Sofía es la única mujer que aprueba tu abuelo, y si no es ella, no es ninguna! ¿Acaso quieres que toda la herencia, la empresa, pase a manos de tu primo? Siendo así, sería un fraude; tú serías una vergüenza para nosotros-. Habla con dureza.

-Eso no pasará; mi primo no tomará posesión de lo que tanto he trabajado. Buscaré a Sofía- dice, mirando a su madre con resentimiento por la bofetada que le dio.

-¡Espero que todo vuelva a su lugar, porque no aceptamos que nuestro único hijo ponga nuestra vida en riesgo!- Lucrecia no quiere morir -¡Te dije que no hicieras tratos con Leonardo Di Nápoli!

-¡Dejen de gritar por Dios!- exclama Antonio, ya harto por los reclamos de sus padres.

-¡Me vale madre si estás cansado del sermón! Eso te pasa por pensar con tus pelotas. Soluciona toda esa mierda y haz que Sofía sea tu esposa. Si no, la obligo a casarse contigo; no me tiembla la mano para hacerlo. No pienso ir tres metros bajo tierra por tu culpa-. Riccardo está agitado, así que se afloja un poco la corbata.

-¿Cuánto tiempo tienes para darle el dinero a ese arrogante hombre?- pregunta Lucrecia, quien se siente abrumada con esta situación.

-Tres... tres días- lo dijo, recordando justamente el momento cuando lo sentenció.

-¡Maldita sea, Antonio!- su padre lo quiere golpear.

-No vamos a discutir más; vamos a buscar la solución- interviene Lucrecia -Sofía está enamorada de ti. Te diré todo lo que vamos a hacer, y más te vale, Antonio, que no metas la pata nuevamente. Cuando la hagas tu esposa, podrás hacer lo que se te dé la gana.

****

Compartir con los niños me hizo olvidar por completo lo que ha sentido mi corazón por culpa de Antonio. La viva imagen de verlo con otra mujer está en mi mente, pero Chiara y Michelle me han distraído por completo con sus rechazos.

Traté de comportarme como una buena niñera, como si fuera su madre así como era mi madre conmigo, mi buen ejemplo; eso hizo, y siento que no dio resultado. Me pregunto ¿qué pasó con la madre de ellos? ¿Por qué no está? ¿Por qué ese hombre es tan distante con sus hijos? Ni siquiera se da cuenta del daño que les está causando.

Siendo más de las 7 de la noche, salgo de la habitación de Michelle; me aseguré de que ya durmiera, mientras que Chiara la venció el sueño luego de tanto llorar. Tan solo espero hacer bien mi trabajo. Lo que me preocupa es: ¿qué pasará al cumplir el contrato? Esto no es tan fácil como lo pintó la señora Minerva.

Miro mi móvil para llamar a Maggie; había olvidado que aún lo tengo en silencio. Gracias a Chiara, pudo cargarlo, pero mi corazón se detiene al ver aún más mensajes de Antonio y más llamadas perdidas. Trato de no prestarle atención y llamo a mi amiga, quien contesta de inmediato.

-¡Joder, me tenías preocupada!- Maggie está afuera de la mansión esperando por Sofía.

-Lo lamento... Ha sido un día agitado. Ya salgo, gracias por venir por mí.

-Lo que sea por ti, tontita. Ven, que no me quiero topar con el tal Lucifero. Ay, sí que le lanzo el tacón por la cabeza.

-¿Lo conociste? Bueno, todos en esta casa están locos, menos los niños; son un tesoro de lo más lindo. Hay tanto de qué hablar, ya salgo.

-¡Pues mueve tu trasero! El chisme me tiene ansiosa. Además, nos vamos a bailar, amiga.

-No, no, Maggie. Estoy muy cansada.

-Aún estás cumpliendo años, no seas mala contigo misma. Ven rápido-. Le cuelga la llamada.

-¿Maggie? ¿Maggie?- la menciona, intentando no alzar la voz -Siempre me haces lo mismo para salirte con la tuya-. Niega con la cabeza, pero la curiosidad le gana, y ve los mensajes de texto de Antonio:

*Perdóname

*Mi amor, hablemos

*No me dejes, sin ti no puedo vivir

*Contesta mis llamadas, por favor

*Sofíaaaa, me estoy muriendo de dolor

Y muchos mensajes más que le hacen llorar sin hacer el más mínimo esfuerzo. Pero luego ve un mensaje de texto del banco; la suma alta de dinero que ha caído a su cuenta. Cuando recibe nuevamente una llamada de Antonio, su corazón palpita fuertemente.

-¿Según sufres? ¿Y mi dolor... qué?- susurra, mirando la llamada entrante.

Corta la llamada y cierra los ojos; lágrimas tras lágrimas recorren sus mejillas. Debería estar feliz porque tiene dinero y podrá resolver muchas cosas, pero ese dolor de su corazón no se detiene.

----

Voy de salida para la reunión, y la encuentro a ella de espaldas, hablando por teléfono. Por lo que me detengo para oír su conversación para tener algo en su contra y echarla lejos de nuestras vidas. Al parecer, está hablando con su amiga; luego miró detenidamente que está observando su móvil, y luego la oigo sollozar.

Me acerco sin hacer ruido y me coloco frente a ella, pero tiene los ojos cerrados, y veo como las lágrimas rozan por sus mejillas. No entiendo: ¿cómo el idiota de Rozzi le engañó? Pues no está tan mal. No pude evitarlo y bajo la mirada hacia sus pechos, y sí, soy un maldito cuando me lo propongo. Pero esta niñera tiene algo que me provoca; tiene buena carne, se ve apetecible bajo esos trapos de señora.

Si tan solo la llevara a mi cama, la hiciera gritar y delirar de placer, es más que suficiente para que a Minerva se le quite la absurda idea de que mis hijos tengan una niñera. La veo abrir sus ojos lentamente y luego parpadear varias veces, sorprendida por mi presencia. Retrocede y por poco cae si no es porque la tomo entre mis brazos.

-¿Señor Di Nápoli?- digo, y trago grueso. Sentía que alguien me miraba, y efectivamente era él. Solo que... no esperaba que fuera cierto.

-No es hora de que estés aquí- Leonardo vuelve a tomar su frialdad. Al ayudarla a recuperarse, se aparta -Es hora de que te vayas.

-Espere...- le pido, y él se detiene -¿Por qué me odia? Ni siquiera me conoce.

-Odio a todo el mundo, y tú no eres la excepción.

-Debería odiarse a sí mismo y no a quienes no le han hecho daño. Es importante que tengamos una buena relación, por el bien de los niños. Debes compartir más tiempo con ellos, les ha hecho mucho daño-. Lo mira deseando que él entre en razón.

Leonardo, muy obstinado, se acerca a ella. La cual retrocede por el temor y termina estampando su espalda en la pared decorativa de madera. El hombre posa sus manos en la pared para que ella no tenga escapatoria.

-¿Quién te crees, Sofía, para decirme lo que debo hacer?- Su cercanía es peligrosa; es inexplicable para Sofía. Eso que siente, eso que Antonio jamás le hizo sentir, y nuevamente quedan perdidos tras esa mirada que se lanzan.

-Yo...

-¿Por quién llorabas, Sofía Mangano?

-Es mi vida personal, señor Di Nápoli.

-Pero en la mía sí te puedes meter, ¿cierto?- Posa su mano derecha en el rostro de ella, haciendo que le sostenga la mirada -Si quieres sobrevivir, te aconsejo no meter las manos donde no te han llamado.

Acerca su rostro, y ella siente sus piernas temblar. -Yo puedo transformar tus lágrimas de tristeza en lágrimas de felicidad.

-¿Qué...? No lo entiendo...- Pasa saliva.

-En la cama, allí te puedo hacer gritar, hasta que te sientas morir.

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