"Buenos días", dice Nadia. No me mira. Pasa una página del periódico con un ruido seco. "El café está un poco fuerte hoy, Laura. Deberías hablar con la sirvienta."
Mis dedos se crispan sobre la tela de mi pantalón.
"No tenemos servicio para el café", respondo con frialdad. "Yo hago el café."
Óliver ni siquiera levanta la vista.
"Hay asuntos que tratar", digo. Mi voz suena extraña en mis propios oídos. Demasiado calmada. Casi mecánica.
"Ahora no, Laura", responde Óliver. Su tono es el que se usa para espantar a un perro callejero. "Estamos desayunando."
Nadia suelta una risita cristalina. Se inclina hacia él y le susurra algo al oído. Óliver sonríe. Es una sonrisa genuina, una que no he visto dirigida a mí en meses. Él estira la mano y le limpia una miga de la comisura de los labios con una delicadeza que me hiere más que un golpe.
El estómago se me revuelve violentamente.
Es una jerarquía de poder grotesca. Él en la cima, ella a su derecha, y yo... yo soy la base que sostiene todo y que está siendo pisoteada.
"Necesito tu firma para los contratos de transporte", insisto. No es verdad. Ya falsifiqué su firma anoche para desviar los camiones, pero necesito mantener la fachada.
"¡Dios mío!", exclama Nadia, rodando los ojos. "¿Siempre es tan aburrida? Óliver, cariño, ¿recuerdas ese viaje a Mónaco? Nunca hablamos de negocios en el desayuno."
Mónaco. Hace dos años. Él me dijo que tenía una reunión de la Comisión.
Óliver me mira por fin. Sus ojos me escanean, buscando grietas. Buscando debilidad.
"Déjalo en el despacho", dice él, con voz arrastrada. "Iré más tarde."
No discuto. No peleo. Simplemente asiento y me doy la vuelta. Es mi nueva estrategia. La sumisión es el mejor camuflaje.
Me refugio en el despacho. Es el único lugar de la casa que Nadia no ha colonizado todavía, probablemente porque no hay espejos ni alcohol.
Por la tarde, la puerta se abre.
Óliver entra. Trae consigo ese aire de peligro que solía excitarme y ahora solo me pone en guardia. Se acerca a mí. Huelo el perfume de Nadia en su ropa. Es un olor dulce, empalagoso, que se mezcla con su colonia de sándalo creando una atmósfera asfixiante.
"Estás muy callada hoy", dice. Se coloca detrás de mi silla. Sus manos se posan en mis hombros.
Mi cuerpo se tensa instintivamente, como un animal que detecta a un depredador.
"Solo estoy trabajando", respondo, fijando la vista en la pantalla del ordenador. Estoy moviendo activos líquidos a una cuenta en Suiza a nombre de mi padre.
"Trabajas demasiado", susurra. Sus manos bajan por mis brazos. Se inclina y besa mi cuello.
Su barba raspa mi piel. Hace años, ese contacto me habría hecho derretirme. Ahora, siento bilis subiendo por mi garganta. Es una repulsión física, visceral. Mi cuerpo rechaza a este traidor con cada célula, gritando una advertencia silenciosa.
Él intenta girar mi silla. Quiere sexo. Lo veo en sus ojos oscuros. Quiere marcar territorio porque notó mi distancia en el desayuno. Quiere recordarme quién es el dueño.
"Óliver, no...", empiezo a decir.
Pero entonces sucede.
Una ola de náuseas me golpea con la fuerza de un tsunami. Me tapo la boca, lo empujo con más fuerza de la necesaria y corro hacia el baño adyacente.
Cierro la puerta y vomito hasta que no me queda nada. Tiemblo. Estoy sudando frío.
Escucho a Óliver al otro lado, golpeando suavemente la madera.
"¿Laura?"
No respondo. Me lavo la cara con agua helada. Me miro al espejo. Estoy pálida. Mis ojos tienen ojeras profundas.
Hago el cálculo mental. Las semanas de retraso. La fatiga inusual.
Entonces lo sé.
No es solo estrés. No es solo asco.
Salgo del baño. Óliver está de pie junto al escritorio. Su mirada está fija en un papel que dejé descuidadamente visible. Es un borrador de la estructura de una empresa fantasma.
Mi corazón se detiene.
Él levanta la hoja.
"¿Qué es esto?", pregunta.
"Un proyecto pequeño", miento rápidamente, forzando a mi voz a no temblar. "Para diversificar las inversiones legales. Ropa. Algo de mujeres."
Él arruga la nariz y tira el papel sobre la mesa, desinteresado.
"No pierdas el tiempo con tonterías", dice, con desdén. "Céntrate en lo importante."
Su teléfono suena. Lo saca del bolsillo. Veo el nombre en la pantalla: "Nadia".
"Tengo que irme", dice, ya dándose la vuelta. Ni siquiera me pregunta si estoy bien. Ni siquiera le importa que casi vomito mis entrañas hace un minuto.
Sale del despacho sin mirar atrás.
Me quedo sola. El silencio es ensordecedor.
Camino hacia el escritorio y abro el cajón cerrado con llave. Saco el documento que he estado preparando. El acuerdo de divorcio.
Miro la línea donde debería ir el nombre del niño si tuviéramos hijos. Siempre la dejé en blanco.
Me toco el vientre plano.
Hay una vida ahí dentro. Una vida creada por un monstruo y una mujer que planea destruirlo.
Tacho el nombre de Óliver en el documento con tinta roja.
Este bebé no será un Moretti. Será mi salvación o mi condena, pero no será suyo.