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LOST
img img LOST img Capítulo 2 1. El precio de la carne
2 Capítulo
Capítulo 6 5. El encuentro de los espejos rotos img
Capítulo 7 6. La cena de las máscaras img
Capítulo 8 7. La memoria de la carne img
Capítulo 9 8. El eclipse del corazón img
Capítulo 10 9. El beso de judas img
Capítulo 11 10. Cenizas de la Identidad img
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Capítulo 2 1. El precio de la carne

El grito de Arihwa, un sonido animal y destrozado, había rasgado el aire denso del callejón. Ya no era una súplica, era la afirmación de una nueva existencia. Había tocado el fondo del pozo humano: la humillación, el hambre y la furia sin adulterar. Y en ese descenso, no encontró la redención que su antigua vida le había prometido, sino una fuente de energía insólita.

El calor carmesí, la llama áspera que había encendido su vientre, ahora se había asentado en un rescoldo constante en su pecho. Era el motor de la supervivencia, el odio como combustible.

El perdido.

La pluma de Vezroth, oculta en el roto bolsillo de su túnica, ahora harapienta y manchada de aceite, era un ancla. Una prueba de que no estaba loco, de que su destierro era una farsa orquestada por la maldad. La dualidad: Sancer, el demonio que se había robado su vida, y Vezroth, el observador que le ofrecía pistas con la indiferencia de un jugador de ajedrez.

Necesitaba un plan.

El primer obstáculo no era Sancer, sino la supervivencia. El hambre, esa punzada hueca que se retorcía en su estómago, era un tirano implacable. Se obligó a concentrarse. Si el ángel no se alimentaba, el perdido moriría.

Volvió a la calle, pero ahora su enfoque había cambiado. Ya no veía rostros humanos para juzgar o para bendecir, sino recursos.

Vio una pila de monedas de cobre y plata tiradas junto a un parquímetro roto.

Dos dólares.

El precio del pan.

La primera lección: la bendición era inútil; la moneda era el verdadero poder.

Se agachó y recogió las monedas. Sus dedos, que antes solo habían tocado pergaminos sagrados y la luz de la pureza, ahora se ensuciaban con mugre. La sensación no era desagradable; era práctica.

Poder.

Se acercó de nuevo a la panadería. El panadero, robusto y cansado, estaba limpiando la mancha de galletas que Arihwa había derribado en su tropiezo. Arihwa se detuvo en la puerta, sintiendo aún el escozor de la humillación.

Esta vez, no extendió la mano para pedir. Señaló la hogaza de pan.

-El precio -dijo, su voz rasposa, pero firme, con una entonación que aún sonaba demasiado formal para un simple negocio.

El panadero levantó la vista, entrecerró los ojos y reconoció al "mugroso" de antes. Gruñó con desprecio.

-Dos dólares, ya lo había dicho. Y aléjate de mi expositor; si vuelves a derribar algo, te cobro todo el inventario.

Arihwa puso las monedas en el mostrador.

No hizo contacto visual.

Simplemente empujó el dinero.

-Aquí. Dos.

El panadero dudó, luego recogió las monedas lentamente, examinándolas como si esperara que se convirtieran en ceniza. Al ver que eran genuinas, sopesó el pan y se lo entregó con un movimiento brusco.

-Largo de aquí.

Arihwa salió de la panadería. No había bendición. No había súplica. Solo el intercambio de valor. Sintió el calor en sus manos, un calor real, de levadura y masa. El sabor era denso y terroso, y la sensación de plenitud lo golpeó como un mazazo.

Lección número uno: En este mundo, la gracia es el efectivo; la fe es el silencio.

Se internó en el flujo de la gente. Necesitaba ropa que no gritara "vagabundo y extranjero." Su túnica, blanca como la nieve al principio, ahora era un trapo.

Mientras caminaba, sus oídos, afinados para la armonía celestial, captaban fragmentos de conversaciones humanas. Chismes, quejas sobre el tráfico, anuncios de televisión. Pero había una palabra que se repetía con frecuencia: Internet. Los humanos se inclinaban sobre unas láminas brillantes (teléfonos), y su mundo entero parecía estar contenido en ellas.

Llegó a una lavandería automática, hipnotizado por la luz fluorescente y el zumbido de las secadoras. En un rincón, un grupo de jóvenes ignoraba el mundo, absortos en sus láminas. Vio a uno de ellos dejar su dispositivo sobre una mesa mugrienta mientras se dirigía a sacar su ropa.

El actuó. No con sigilo demoníaco, sino con la urgencia que el miedo al fracaso le infundía. Tomó el teléfono y se deslizó hacia la oscuridad, sin mirar atrás. El pulso en su pecho se aceleró; no de vergüenza, sino de victoria. El robo, el pecado, había sido una herramienta necesaria.

Se sentó en un banco de un parque cercano, a la luz de un farol, y examinó la 'lámina.' Su mente, antaño capaz de catalogar galaxias, se esforzó por comprender los iconos y los gestos. Tras varios intentos fallidos que casi rompen el dispositivo, tropezó con un icono de un prisma (la herramienta de búsqueda, Google). Escribió, usando el teclado táctil con frustración, el nombre que lo había consumido: Sancer.

Lo que apareció en la pantalla fue un torrente de información que lo ahogó. Cientos de fotos, artículos de noticias y videos.

Titular: Arihwa, el joven filántropo que reformará la ciudad.

El demonio no solo había robado su identidad; la había perfeccionado, transformando la autoridad tranquila del ángel en el magnetismo calculador del filántropo.

"Él usó mi rostro para construir una mentira," murmuró Arihwa, sintiendo el ardor de la llama carmesí. "Una mentira hecha de mis propias palabras".

Los artículos mencionaban su fascinación por la mitología y sus citas sobre el "deber moral de la riqueza." Eran las ideas de Arihwa, los principios que guiaban al ángel, ahora pervertidos.

Y luego, en casi todas las fotos, estaba Elena.

Ella no era un accesorio; era una socia, una musa. En una imagen, ambos estaban de pie en un evento de gala, sus manos entrelazadas. Sus ojos, llenos de una curiosidad cándida, ahora brillaban con una devoción profunda hacia el impostor. Ella reía, apoyada en el hombro de Sancer con una familiaridad que destrozó el rescoldo carmesí en su pecho.

"Ella me ama a mí. No al vacío que eres tú, Sancer." siseó al dispositivo.

Pero una voz interior, la de su recién adoptada humanidad, le susurró la verdad:

Ella ama la luz que él proyecta, Arihwa. La luz que ya no tienes.

Arihwa no podía simplemente exponer al demonio gritando "¡Es un demonio!" Sancer tenía una identidad, credenciales y el amor de una ciudad. Arihwa solo tenía la túnica rasgada y una pluma negra.

Primero, tenía que limpiar el rastro de Sancer. La pista de Vezroth era la clave para encontrarlo:

"Búscame donde la dualidad muere. Donde mi otra mitad espera."

El ángel se puso de pie, su mente ardiendo con la búsqueda.

Dualidad.

Usó la herramienta de búsqueda de nuevo. Buscando:

Edificios gemelos.

Dos torres

Puentes dobles.

La respuesta llegó en un mapa. El puente de la unión. Un puente colgante de doble calzada que conectaba la parte antigua de la ciudad con la moderna. Los dos tramos eran idénticos, unidos solo en el centro por una base de concreto.

Donde la dualidad muere. El punto central donde los dos lados, la "otra mitad", se encuentran y se fusionan.

El camino fue largo y agotador. Sus pies, acostumbrados a flotar, ahora le dolían con cada paso. El sol de mediodía era un horno en el smog. Tuvo que vender el teléfono robado por unos cuantos dólares más para comprar una sudadera con capucha gris de segunda mano y un par de pantalones que le permitieran mezclarse. El ángel había sido una figura imponente.

El perdido era un fantasma.

Llegó la noche cuando llegó al distrito portuario que albergaba el puente de la unión. El aire olía a sal y combustible. Se arrastró hasta la base central del puente, un pilar de hormigón que se elevaba del agua.

El silencio allí era relativo, roto solo por el rumor del tráfico en lo alto y el golpe de las olas.

No había nadie.

Arihwa sacó la pluma. El oro oscuro de su punta brillaba.

-Vezroth -susurró, sintiendo que la rabia se mezclaba con la desesperación-. Sé que estás aquí. Muéstrate. El juego ha terminado.

La pluma ardió en su mano. La sensación no era dolor, sino una conexión eléctrica. Al mismo tiempo, el rescoldo carmesí en su pecho se avivó.

De la sombra detrás del pilar, surgió una figura.

Vezroth estaba sentado en el suelo de hormigón, fumando un cigarrillo. Vestía un traje de calle impecable, pero su aura era un estudio de contrastes.

-Llegaste -dijo, con su voz suave, con un timbre metálico-. Y trajiste la invitación. El calor del rencor te sienta bien, Arihwa.

Arihwa no perdió el tiempo.

-Sancer me desterró. Él me incriminó. Está usando mi nombre y lo peor es que está con Elena. Dime cómo detenerlo.

Vezroth exhaló humo; su mirada era la de un analista.

-Yo lo sé. Yo lo vi. ¿sabes por qué lo hizo? Porque él también ama la luz. Y la luz, en este mundo, siempre gravita hacia el poder. Cuando Seraphiel te desterró, Sancer solo tuvo que deslizarse en tu vacío. Un cambio de vestuario, un robo de identidad. Simple, eficiente.

-Necesito una forma de probarlo, para el cielo y para la humanidad.-exigió el ángel ahora humano.

Vezroth se rio, un sonido seco, sin alegría.

-El ángel me exige justicia. ¡Qué cosa tan adorable! Escucha, Arihwa. Te haré un favor. Y no lo hago por tu bonito rostro. Lo hago porque el juego de Sancer es... aburrido. Es un tramposo sin sutileza. El cielo te destierra por amar a una humana, y él te roba el rostro para hacer exactamente lo mismo. Patético. Una burla de la dualidad.

Vezroth se levantó, en su movimiento grácil. Caminó alrededor de Arihwa, examinando las cicatrices de las alas en su espalda.

-¿Qué tienes tú que valga más que su imperio de mentiras? Nada. El mundo humano no cree en demonios, y mucho menos en ángeles caídos-hablo mirándolo con desdén. -Creen en pruebas. Y el único rastro de ti que aún existe es el rastro del demonio que te incriminó.

Vezroth tocó la pluma en el bolsillo de Arihwa.

-Esa es la pluma de la falsedad. Una de las cien plumas de su ala derecha de Sancer. Es el arma que usó para implantar la evidencia de tu traición en el archivo de Aequus. ¿Entiendes? Llévala a un lugar con un alto contenido de energía afectiva residual. Un lugar donde tu rostro fue visto por muchas personas. El rastro de Sancer está impreso en esa energía, como una sombra pegajosa.

Arihwa procesó la información.

"Energía afectiva residual" repitió.

-El remanente de emociones humanas: amor, odio, esperanza.

-¿Dónde? -preguntó Arihwa. Su voz era ahora puramente humana: un deseo desesperado de orientación.

Vezroth sonrió, revelando un lado de su rostro que parecía más joven, más inocente.

-La entrevista. El momento en que él se hizo famoso usando tu identidad. Ve al estudio de televisión. Es un nido de emociones humanas intensas: ambición, envidia, admiración. La huella de su mentira será aún más sólida allí. El demonio es vanidoso, y le gusta repetir sus éxitos.

Vezroth se inclinó y susurró una advertencia en un tono que era ahora puramente demoníaco.

-Pero no puedes entrar como un mendigo. Sancer es un hombre de poder. Necesitas poder para enfrentarlo. Y tu gracia blanca está muerta.

-¿Entonces qué debo usar? -inquirió Arihwa, mirando el brillo carmesí que emanaba débilmente de sus manos.

-El Odio-sentenció Vezroth-. Es tu nueva gracia. Es la voluntad de sobrevivir y vengarte. Es densa, es fuerte y, a diferencia de la gracia del cielo, es manipulable. Te permitirá anclar la pluma de la falsedad a la huella de Sancer en el estudio. Si logras anclar la pluma, la ilusión caerá. Tendrá que huir o manifestar su verdadera forma.

-¿Odio?

Vezroth tiro el cigarrillo al suelo, para después pisarlo. Lo miro serio.

-Medita en el dolor del destierro. En la humillación del panadero. En el rostro de Elena riendo con el impostor. Aliméntala. Y luego, oblígala a manifestarse. Pero ten cuidado, Arihwa. El fuego rojo te da poder, pero también te exige un precio: tu alma. Y eso es lo que, al final, me interesa más que el destino de tu nombre.

Antes de que Arihwa pudiera responder, Vezroth se disolvió en la sombra, dejando solo el olor a tabaco caro.

Arihwa se sentó de nuevo, sintiendo el frío del hormigón. Se concentró. Olvidó la pureza de la gracia blanca.

Buscó el pozo de lodo y furia que había sentido al ver a Sancer con Elena.

Recordó el rechazo del panadero.

La frase: ¡No quiero tu suciedad!"

Recordó a Seraphiel, su hermano, arrebatándole las alas.

-¡Traidor! "¡Traidor!"-la voz de Seraphiel resonó en su memoria-. ¡Condenado al lodo!

La llama carmesí en su vientre se encendió, no con un calor purificador, sino con una presión. El aire a su alrededor se puso pesado. Sintió el deseo animal de golpear, de destruir.

"Manifiéstate", ordenó en su mente.

Extendió la mano. Y esta vez, no sintió el roce de la mugre.

Un tenue resplandor rojo sangre comenzó a vibrar alrededor de su palma. Era más denso que la luz blanca; casi parecía líquido, como metal fundido.

Se concentró en el pilar de hormigón a su lado. El odio por la prisión que era este mundo.

El puño cerrado.

El brillo carmesí se intensificó. Cuando golpeó el concreto, el sonido no fue el de un nudillo roto. Fue un chasquido seco.

Retiró la mano. No le dolía. Y en el pilar, había una grieta. No una fisura superficial, sino una rotura profunda.

El perdido sonrió por primera vez.

Una sonrisa torcida y fría.

-Funciona -susurró, probando la palabra. El poder, por sucio que fuera, respondía.

En el cielo, a miles de kilómetros sobre el smog, Thaeriel, el ángel de Aries, estaba en la cámara de observación. Sus alas temblaban, reflejando su agonía. La ley de Seraphiel prohibía la interferencia.

-¡Mira eso! ¡Aurion, la llama! Es roja, es impía -exclamó Thaeriel, con la voz rota por la preocupación-. Está tocando el poder demoníaco para salvarse.

Aurion (el ángel de Escorpio), de rostro imperturbable, estaba a su lado, observando la escena del puente en la esfera de cristal.

-Él está usando la naturaleza humana que le fue impuesta, Thaeriel. El odio es un motor poderoso aquí abajo. Él es ahora una variable incontrolable. Sancer lo quería inactivo, roto. Yeomini lo quiere en juego.

-Pero si la usa, se corromperá. Seraphiel lo borrará, no por la traición original, sino por el pecado que se ve obligado a cometer ahora. ¡Es una trampa perfecta! -argumentó Thaeriel, acercándose a la esfera como si pudiera tocar a su amigo.

Aurion asintió.

-El Ángel que ha aprendido a odiar es más peligroso que cualquier demonio. El cielo no lo perdonará si usa esa llama roja para la violencia.

-¡Que no lo perdone! -La voz de Thaeriel era feroz-. Si la única forma de que Arihwa sobreviva es convertirse en un monstruo, entonces que el cielo lo vea. ¿De qué sirve una ley si solo castiga al inocente y premia al mentiroso? Si Arihwa cae, Aurion, la ley habrá caído con él.

-La ley es la ley -respondió Aurion, con frialdad-. Y tú, Thaeriel, estás peligrosamente cerca de ponerte del lado del caído.

-Mi lealtad es a la justicia, no a la ceguera -replicó Thaeriel, girándose hacia Aurion, sus ojos de Aries, normalmente ardientes, ahora húmedos por la desesperación-. No voy a moverme. Pero si él necesita un ancla, la encontraré. No voy a abandonar a esa criatura del Géminis.

Arihwa abandonó el puente, ahora con un objetivo y una herramienta. El estudio de televisión. Tenía que llegar a la energía afectiva residual antes de que Sancer limpiara el rastro.

Pero antes, necesitaba pasar desapercibido. Su cara seguía siendo la de un ángel, y ahora, la cara del filántropo Sancer.

Pasó las siguientes horas en un mercado de segunda mano. Usó su escaso dinero para comprar un gorro de lana holgado y unas gafas de sol con montura gruesa. Se afeitó la barba incipiente usando una cuchilla barata, una tarea que lo hizo sangrar ligeramente.

Cuando se miró en un cristal manchado, el resultado fue satisfactorio. La capucha, las gafas y la ropa oscura ocultaban la forma de su cráneo y la intensidad de su mirada.

-Nadie te verá, Sancer -murmuró al reflejo de su propio rostro-. Verán al anónimo. Verán al desterrado.

La noche avanzaba. El estudio de televisión era el siguiente paso.

Guardó la pluma en un bolsillo interior, sintiendo el pulso constante de la llama roja en su pecho. La grieta en el pilar de concreto era su promesa. Sancer Arihwa, el filántropo, no sabría lo que se le venía encima.

El ángel estaba muerto. Había nacido el perdido, y su primera misión era recuperar su nombre.

Y para eso, estaba dispuesto a arder.

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