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LOST
img img LOST img Capítulo 4 3. El rastro de las plumas negras
4 Capítulo
Capítulo 6 5. El encuentro de los espejos rotos img
Capítulo 7 6. La cena de las máscaras img
Capítulo 8 7. La memoria de la carne img
Capítulo 9 8. El eclipse del corazón img
Capítulo 10 9. El beso de judas img
Capítulo 11 10. Cenizas de la Identidad img
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Capítulo 4 3. El rastro de las plumas negras

La ciudad respiraba con un pulso enfermo. Los callejones del barrio bajo eran venas obstruidas, atestadas de basura, orina rancia, y ese hedor dulzón a podredumbre. Arihwa avanzaba arrastrando los pies, dejando tras de sí un rastro intermitente de gotas doradas que brillaban tenuemente bajo los neones rotos. Cada paso era una lucha contra el dolor: la herida en su costado izquierdo palpitaba como un segundo corazón, recordándole que ya no pertenecía del todo al cielo.

Se detuvo bajo un letrero parpadeante de un bar cerrado y se levantó la camiseta con dedos temblorosos. La herida era profunda, un corte limpio hecho con la daga ritual de Sancer. Los bordes estaban ennegrecidos, como si la carne se hubiera quemado desde dentro. La sangre que seguía brotando era dorada -la sangre inconfundible de un ángel-, pero ahora era espesa, casi coagulada antes de tocar la piel, como si su propia esencia se negara a abandonar el cuerpo. Se formaba en costras oscuras que se agrietaban al menor movimiento.

Arihwa apretó los labios hasta saber a hierro. Los ángeles sanaban en minutos. Un corte así debería haber desaparecido sin dejar cicatriz. Pero él... ya no sanaba. Tocó la herida y sintió cómo la carne se negaba a cerrarse, como si su propio cuerpo lo repudriera. Un escalofrío le recorrió la espalda: era el primer síntoma real de la caída.

Algo brilló en un charco sucio a sus pies. Se agachó con dificultad, ignorando el latigazo de dolor, y lo recogió. Era su pendiente: plata oxidada, piedra negra, el regalo de Elena en su penúltima vida humana juntos. Sancer se lo había quitado durante la pelea, junto con un mechón de su cabello y un trozo de ala. La piedra estaba manchada de una costra dorada seca, su esencia angelical adherida como una sombra pegajosa.

Al tocarla, Arihwa sintió un tirón violento en el pecho. Era como si una parte de su alma hubiera quedado atrapada en ese objeto insignificante. La esencia no se había disipado; se había corrompido, volviéndose negra en los bordes. Guardó el pendiente en el bolsillo y siguió caminando. Cada paso dejaba una gota más. Dejó un rastro. Como un animal herido que no sabe que ya está muerto.

El dolor se intensificaba. Sus alas rotas, ocultas bajo la camiseta rasgada, rozaban su espalda como alas de cuervo moribundo. Algunas plumas negras se desprendían y caían al suelo sin que él lo notara. El viento las arrastraba por los charcos, mezclándolas con la basura.

No sabía cuánto tiempo llevaba vagando cuando oyó los pasos. Lentos, deliberados, detrás de él.

Se giró rápidamente, pero el movimiento le arrancó un jadeo. La figura que se acercaba era alta, envuelta en una capa oscura que parecía absorber la luz de las farolas. El rostro quedó oculto bajo la capucha hasta que el desconocido se detuvo a tres metros.

Arihwa tensó los músculos, listo para defenderse, aunque sabía que no podría. Algo en la postura del otro le detuvo: había una autoridad antigua, y una tristeza que reconoció al instante.

-¿Arihwa? -preguntó la voz, baja, cuidadosa, como si temiera romper algo frágil.

El ángel entrecerró los ojos. Conocía esa voz. La había oído en los coros celestiales, en las batallas contra los caídos, en las noches de guardia compartidas.

-Thaeriel-susurró, la garganta seca.

El otro bajó lentamente la capucha. Yunho -el nombre humano que usaba ahora- lo miró de arriba abajo. Sus ojos dorados, idénticos a los que Arihwa había tenido antes de oscurecerse, se detuvieron en la sangre, en la suciedad, en las alas rotas que asomaban como sombras desgastadas.

-No... -Yunho dio un paso atrás, como si lo hubieran golpeado-. No puedes ser él.

Arihwa sonrió sin humor, un gesto que le costó más esfuerzo del que quería admitir.

-Te aseguro que lo soy. O lo que queda de mí.

Yunho sacudió la cabeza, incrédulo.

-Seguía la pista de Vezroth. Sentí que había descendido otra vez, que estaba en peligro. Pero tú... -Su voz se quebró-. Tú estás... contaminado. Hueles a humanidad podrida. A dolor. Una caída inminente.

Arihwa se apoyó contra la pared húmeda. El mundo giraba lentamente, como si la ciudad entera se inclinara.

-No he caído. Todavía no. Pero estoy al borde, Thaeriel. Muy al borde.

-¿Qué te hizo?

-Sancer. Me robó todo. Mi rostro. Mi voz. Mi lugar junto a ella.

Yunho palideció bajo la luz mortecina.

-¿Elena? ¿Está con él?

Arihwa asintió, y el movimiento le provocó una náusea.

-Ella cree que soy yo. Y yo... soy esto.

Extendió los brazos lentamente, mostrando las heridas abiertas, la sangre viscosa, las plumas negras que caían como ceniza al menor movimiento.

Yunho se acercó con cautela, como si temiera que Arihwa fuera a desvanecerse en humo.

-No puedes quedarte así. Ven conmigo. El Consejo...

-El Consejo me declararía caído en el acto -interrumpió Arihwa con amargura-. Y tendrían razón. Ya no sano. Mi esencia se pudre dentro de mí. Mira.

Sacó el pendiente y se lo tendió. La mancha dorada ahora era casi negra, como tinta extendiéndose.

Yunho lo tomó con dedos cuidadosos, como si quemara.

-Esto no debería ser posible. Ningún ritual puede corromper la esencia de tal manera.

-Sancer encontró uno que sí. Antiguo. Prohibido incluso para los caídos. Robó mi identidad y dejó el resto... envenenado.

El silencio se extendió, pesado. En la distancia, un gato maulló y algo metálico cayó en un contenedor con estrépito.

-Tengo que detenerle -dijo Arihwa finalmente, la voz ronca-. Antes de que Elena se dé cuenta demasiado tarde. O antes de que yo caiga del todo.

Yunho lo miró largo rato, los ojos llenos de un dolor antiguo.

-No estás en condiciones de enfrentarte a nadie.

-No tengo elección -respondió Arihwa, y la certeza en su voz era lo único que le quedaba íntegro.

Yunho suspiró, un sonido que parecía provenir de siglos de cansancio.

-Entonces no lo harás solo.

Arihwa lo miró, sorprendido, una chispa de algo parecido a la esperanza encendiéndose en su pecho.

-¿Me ayudarás? ¿Aunque creas que estoy cayendo?

Yunho guardó el pendiente en su propio bolsillo con cuidado.

-Eres mi hermano de armas desde antes de que los humanos inventaran el fuego. No te dejaré pudrirte en este estercolero.

Arihwa sintió que las lágrimas le quemaban, pero no las dejó caer. Asintió apenas.

En el apartamento, la luz de la cocina era cálida y falsa.

Sancer cortaba manzanas con una precisión quirúrgica, el cuchillo deslizándose por la piel roja con un sonido húmedo. Elena estaba sentada en la encimera, balanceando las piernas, intentando aferrarse a la normalidad.

-¿Recuerdas cuando robábamos manzanas del árbol del vecino? -preguntó con una sonrisa nostálgica que no alcanzaba los ojos-. Tú siempre subías primero y me lanzabas las más rojas.

Sancer sonrió, mostrando los dientes perfectos de Arihwa.

-Claro. Y tú tenías pánico a las abejas. Lloriqueabas hasta que bajaba a rescatarte.

Elena frunció el ceño lentamente.

-No... no lloriqueaba. Me picó una vez y me hinché como un globo. Tú bajaste corriendo y me llevaste en brazos hasta casa, aunque apenas podías conmigo.

Sancer siguió cortando, pero su mano se detuvo un segundo de más.

-Exacto. Y mamá nos castigó sin postre una semana.

Elena bajó de la encimera. Su voz era tranquila, pero había algo afilado debajo.

-No. Mamá nos hizo pastel de manzana con lo que robamos. Dijo que era nuestro botín y que lo disfrutaríamos juntos. Nos castigó por entrar en la propiedad, pero no por las manzanas.

Sancer levantó la vista. Sus ojos -los ojos robados- se encontraron con los de ella. Por un instante, algo frío y calculador pasó por ellos.

-Tienes razón -dijo rápidamente-. Mezclé los recuerdos. Fue el pastel.

Elena lo miró fijamente, sin parpadear.

-No los mezclaste. Ese día mamá estaba furiosa porque el vecino vino a quejarse. Nos quitó el postre una semana entera. Tú me diste tu porción de helado a escondidas la última noche, debajo de la mesa.

Sancer dejó el cuchillo con cuidado. La sonrisa seguía allí, pero ahora era tensa, como una máscara a punto de romperse.

-Han pasado muchos años, amor. Algunos detalles se difuminan.

Elena cruzó los brazos, retrocediendo un paso.

-No ese detalle. Tú nunca olvidas nada de nuestra infancia. Me recitas la marca de mis cereales favoritos cuando tenía siete años. El nombre del perro que atropellaron cuando tenía nueve. La canción que cantábamos camino a la playa cada verano.

Sancer se acercó, intentando tomar sus manos.

-Elena...

-No -ella se soltó con brusquedad-. Algo no está bien. Últimamente olvidas cosas que no deberías olvidar. Y recuerdas otras que nunca pasaron. Como aquella vez que dijiste que fuimos a la feria y ganaste el peluche gigante... pero esa feria fue el año que estuviste enfermo y no pudimos ir.

El silencio en la cocina era denso, opresivo. Afuera, la ciudad seguía su ritmo indiferente, pero dentro todo parecía contener la respiración.

Sancer sintió el pánico extenderse por su pecho como veneno. Ella estaba empezando a ver las grietas. Las costuras de la mentira.

Sonrió de nuevo, más amplio, más desesperado.

-Es el estrés, cariño. He estado trabajando mucho. Y con todo lo de...

-No nos hemos mudado recientemente -interrumpió ella-. Y ayer dijiste que querías hijos. Tú siempre dijiste que no. Que éramos suficientes el uno para el otro. Que no querías compartir lo nuestro con nadie.

Sancer maldijo interiormente. Había leído los recuerdos de Arihwa como páginas de un libro, pero no los había vivido. No los sentía en las vísceras.

Se acercó otra vez, la voz baja, seductora.

-He cambiado de opinión. Contigo quiero todo. Una familia. Un futuro más grande.

Elena dio otro paso atrás, chocando con la encimera.

-Tú olías diferente después de la lluvia. Olías a ozono y a plumas. Ahora hueles... frío. Como a metal.

Los ojos de Sancer se entrecerraron apenas.

-Necesito salir a tomar aire -dijo Elena de pronto, cogiendo las llaves con manos temblorosas.

-No, Elena, espera...

Pero ella ya estaba en el pasillo, abriendo la puerta. Sancer la siguió, pero ella la cerró de un portazo.

Se quedó solo en la cocina. El cuchillo seguía sobre la encimera, junto a las manzanas a medio cortar, la pulpa oxidándose rápidamente.

Cerró los ojos y extendió su conciencia. Las sombras en las esquinas del apartamento se movieron, alargándose como dedos vivos. Las había creado él mismo, fragmentos de oscuridad arrancados del velo entre mundos. Eran sus ojos. Sus oídos. Sus manos.

-Siganla -susurró, la voz temblando de rabia contenida-. No la pierdan de vista. Si habla con alguien... si duda demasiado... traiganla de vuelta.

Las sombras se deslizaron por debajo de la puerta, sigilosas como humo negro.

En el parque, Elena se sentó en un banco bajo la luz amarillenta de una farola. Las lágrimas le quemaban en los ojos, pero se negaba a dejarlas caer. El aire era frío, cortante, y olía a tierra húmeda y hojas podridas.

Algo no estaba bien. Lo sabía en los huesos, en el alma.

Recordaba perfectamente cómo Arihwa le tomaba la mano izquierda con la derecha, entrelazando sus dedos de una forma específica, como una promesa. El impostor lo hacía al revés, como si nunca hubiera aprendido el ritual.

Recordaba cómo Arihwa olía después de la lluvia: a tormenta y a algo puro, celestial. El impostor olía a vacío.

Recordaba cómo Arihwa la miraba cuando creía que ella no se daba cuenta: como si fuera el único punto fijo en todo el universo.

Un movimiento en las sombras la hizo levantar la vista bruscamente. Por un instante, creyó ver ojos observándola desde la oscuridad entre los árboles.

Amarillos.

Inhumanos.

Se puso de pie de un salto.

-¿Quién está ahí?

Solo el viento respondió, moviendo las hojas con un susurro siniestro.

Pero las sombras se movieron otra vez, más cerca, deslizándose por el suelo como aceite.

Elena retrocedió, el corazón martilleando.

-¡Déjenme en paz!

Corrió hacia la salida del parque, pero las sombras eran más rápidas, rodeándola, cerrando el camino.

A la distancia, Arihwa sintió su miedo como un cuchillo en el pecho.

-Está en peligro -dijo, acelerando el paso a pesar del dolor que le nublaba la visión.

Yunho lo tomó del brazo para sostenerlo.

-Vamos. Antes de que sea demasiado tarde.

Mientras corrían por las calles, las plumas negras caían más rápido, cubriendo el camino como una alfombra fúnebre. La sangre dorada corrompida dejaba un rastro brillante en la acera.

El rastro había comenzado.

Y alguien más, en las sombras de la ciudad, ya lo estaba siguiendo.

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