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LOST
img img LOST img Capítulo 5 4. El elixir de la doble cara
5 Capítulo
Capítulo 6 5. El encuentro de los espejos rotos img
Capítulo 7 6. La cena de las máscaras img
Capítulo 8 7. La memoria de la carne img
Capítulo 9 8. El eclipse del corazón img
Capítulo 10 9. El beso de judas img
Capítulo 11 10. Cenizas de la Identidad img
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Capítulo 5 4. El elixir de la doble cara

La noche en la ciudad no era oscura, sino de un gris eléctrico, cargada de una estática que hacía erizar el vello de los brazos de Sancer. Desde el balcón del piso treinta y dos, las luces de los coches de abajo parecían arterias de un organismo enfermo, bombeando un flujo constante de neón y desesperación. En el silencio sepulcral del lujoso apartamento que compartía con Elena, el tiempo parecía dilatarse, goteando con la densidad de la melaza.

Sancer sostenía entre sus dedos un pequeño vial de cristal tallado. No parecía un objeto de este mundo. Las facetas del vidrio parecían moverse por sí solas, atrapando la luz de las farolas y transformándola en algo obsceno. El contenido oscilaba entre un dorado celestial, que le recordaba amaneceres que ya no podía disfrutar, y un violeta profundo, casi negro, como la sangre estancada en las fosas del Abismo. Era el elixir de Zythius, una sustancia prohibida incluso para su clase, capaz de rasgar el velo de la percepción y mostrar la verdad desnuda de las almas.

Sancer no dudó ni un segundo. Sabía que si pensaba en Elena, en el olor a jazmín de sus sábanas o en su confianza en él, no tendría valor para hacerlo. Destapó el frasco y el aroma lo golpeó al instante: una mezcla violenta de incienso quemado en una catedral en ruinas y el olor metálico de sangre fresca. Bebió el líquido de un solo trago.

Al principio, sintió un frío extraño. No era un descenso térmico común, sino un cero absoluto metafísico recorriendo su columna vertebral, congelando su esencia demoníaca bajo la piel humana. Sus pulmones parecieron petrificarse. Pero luego, vino el fuego. Un calor abrasador estalló en su pecho, irradiando hacia sus extremidades como lava fundida. Sancer cayó de rodillas sobre la alfombra persa, hundiendo los dedos en el intrincado tejido. Sus ojos, normalmente de un cálido castaño -el color que había elegido para parecer "digno de confianza"-, se dilataron hasta que su iris desapareció bajo una marea de azabache infinito.

Entonces, la realidad se rasgó como un lienzo viejo.

No vio las paredes minimalistas de su salón, ni los cuadros abstractos que Elena había colgado con tanto amor. Se encontró en un plano etéreo donde la luz no iluminaba, sino que hería. Era el "reverso" del mundo.

Frente a él, en medio de aquel vacío radiante, apareció la figura de Arihwa.

Para el mundo mortal, Arihwa representaba la pureza. Un ser de seis alas cuya sola presencia en las visiones de los profetas había detenido guerras y calmado tormentas. Pero bajo el efecto del elixir de la "Doble Cara", Sancer no vio al ícono; vio la estructura interna de ese ser de luz. Y lo que vio lo hizo reír con una amargura desgarradora.

Vio las sombras de Arihwa.

Eran hilos negros, densos y viscosos, que se enroscaban en sus alas blancas como parásitos alimentándose de la santidad. El elixir le permitió navegar por los recuerdos del ángel. Vio el valle de Qumrán, siglos atrás. Vio a un pueblo entero clamando por clemencia mientras las aguas de una inundación bíblica subían por sus cinturas. Arihwa estaba allí, flotando sobre las nubes, con el poder de desviar la tormenta con un solo gesto de su mano derecha. Pero no lo hizo. El ángel había esperado, observando con una indiferencia gélida cómo los niños se hundían, solo para que su posterior "milagro" de rescate de los pocos sobrevivientes fuera más glorioso, para que los himnos en su nombre sonaran con más desesperación y fervor.

Sancer vio la envidia que el ángel sentía por el libre albedrío de los humanos; un rencor silencioso por la capacidad mortal de pecar y ser perdonados, una libertad que los seres celestiales, encadenados a su perfección estática, nunca conocerían. Esa envidia se manifestaba en pequeñas crueldades invisibles para el ojo divino, pero evidentes para quien poseía la visión del elixir: hilos de destino manipulados para romper corazones, sutiles susurros que llevaban a la locura a los más devotos.

-Incluso tú -susurró Sancer, con una sonrisa que ya no tenía nada de humana, revelando dientes que parecían afilados-. Incluso los hijos de la luz tienen las manos manchadas de barro y gloria podrida.

Un sentimiento de euforia lo embriagó. No era solo la satisfacción cínica de ver la caída del ídolo; era poder. La información era la moneda de cambio en las jerarquías de lo invisible. Al conocer los pecados de los ángeles, Sancer sentía que el equilibrio de la creación se inclinaba, por un momento, a su favor. Se sentía invencible, como un dios atrapado en un frágil cascarón humano que, de repente, le quedaba pequeño, como una armadura que se encoge.

El sonido agudo de la cerradura electrónica lo devolvió a la realidad con la violencia de un choque frontal. El dolor regresó a sus músculos, pero la visión de la "doble cara" no se desvaneció del todo; los colores del apartamento continuaban vibrando con una intensidad antinatural.

Sancer se incorporó con dificultad, limpiándose un rastro de sudor frío que le bajaba por la sien. No era Elena. El aire en la habitación cambió, volviéndose pesado y saturado con el olor a ozono y tabaco de lujo.

En el marco de la puerta, con una elegancia depredadora, estaba Leongi.

El traficante de influencias infernales no pidió permiso. Caminó por el apartamento como si fuera el arquitecto que lo había construido, dejando un rastro de ceniza invisible sobre la alfombra limpia. Su traje de seda gris parecía absorber la luz del salón. Elena se había ido a una cena de trabajo con unos clientes de la galería de arte, dejando a Sancer vulnerable ante visitas que no dejan huellas dactilares, solo cicatrices en el alma.

-Te ves fatal, Sancer -dijo Zythius, dejándose caer en el sofá de cuero blanco con una familiaridad insultante-. Pero el elixir te sienta mejor que a la mayoría. Te da ese brillo de... autoridad. O a lo mejor es solo el reflejo de tu propia decadencia.

-¿Qué quieres, Zythius? -la voz de Sancer sonó rasposa, cargada de una estática sobrenatural que hizo parpadear las bombillas del techo-. Ya pagué el precio acordado por el vial. Tres almas de deudores y el favor en el distrito financiero.

Zythius soltó una carcajada seca, un sonido que recordaba al crujir de huesos viejos.

-Ese fue solo el depósito, querido "amigo". El Infierno no es una institución de caridad, y tú lo sabes mejor que nadie. Has estado jugando a las casitas con esa humana, Elena, disfrutando de su luz para ocultar tu propio rastro de azufre. Crees que si te escondes bajo su falda, los auditores del Abismo se olvidarán de que tu contrato expiró hace décadas.

Zythius se inclinó hacia adelante. Su rostro humano, perfecto y anodino, comenzó a ondular como el agua. Por un segundo, Sancer vio la mandíbula demasiado ancha, llena de hileras de dientes de tiburón, y los ojos reptilianos que parpadeaban horizontalmente bajo la piel.

-La administración está impaciente. Reclaman su parte del botín. No basta con que te escondas; quieren resultados.

Sancer sintió un nudo en la garganta, una opresión que el elixir solo lograba amplificar.

-¿Qué parte? He entregado más que cualquier otro agente en este sector.

Zythius sonrió, y esta vez la sonrisa llegó hasta sus ojos inhumanos.

-Quieren a Elena. Pero no la quieren muerta, Sancer. La muerte es aburrida, un trámite administrativo. Quieren que tú la corrompas. Su alma es un diamante sin tallar, una de esas rarezas que aún conserva una pureza genuina, no por falta de oportunidad para pecar, sino por una bondad inherente que nos resulta... ofensiva.

Sancer intentó protestar, pero Leongi lo interrumpió con un gesto de su mano enguantada.

-Escucha bien las condiciones. Si logras que ella cometa un pecado imperdonable por su propia voluntad, si logras que su pureza se quiebre por tu causa, tu deuda quedará saldada. Se te otorgará la permanencia. Podrás quedarte con tu disfraz para siempre, serás un ciudadano de la Tierra a todos los efectos, libre de las levas del Abismo.

-Ella es... ella es diferente -balbuceó Sancer, intentando evocar el calor de la mano de Elena, el recuerdo de sus risas en las mañanas de domingo. Pero la frialdad del elixir aún corría por sus venas, susurrándole que ese amor era solo un simulacro biológico.

-Ella es una moneda de cambio -sentenció Leongi, poniéndose en pie. El ambiente se volvió gélido-. Tienes una semana. Siete rotaciones de este patético planeta. Corrómpela, arrástrala al fango conmigo, o prepárate. Porque si fallas, vendremos por ti. Y no te mataremos. Te arrancaremos la piel humana centímetro a centímetro, manteniéndote consciente para que veas cómo ella es entregada a alguien mucho menos... diplomático que yo. Tú eliges, Sancer: su alma o tu existencia.

Zythius se desvaneció en un parpadeo, dejando tras de sí un olor a azufre que se mezcló con el perfume de Maya, creando una fragancia nauseabunda.

A kilómetros de allí, en un búnker subterráneo cuya ubicación no figuraba en ningún mapa satelital, Vezroth observaba. El espacio estaba iluminado únicamente por el resplandor azul de decenas de monitores de alta resolución que cubrían las paredes de hormigón reforzado.

Vezroth permanecía impasible, sentada en una silla ergonómica de diseño industrial. Su rostro, joven pero con ojos que sugerían una fatiga existencial profunda, reflejaba la frialdad de los datos que procesaba. En la pantalla principal, la cámara de seguridad oculta en el detector de humo del apartamento de Sancer transmitía en 8K.

Había sensores térmicos, detectores de fluctuaciones electromagnéticas y un software de análisis de microexpresiones que ni siquiera la CIA poseía. Vezroth vio a Sancer caminar de un lado a otro como una fiera enjaulada. Vio cómo sus dedos se alargaban y sus uñas se volvían garras por breves segundos, una lucha interna física entre el efecto del elixir y su voluntad de mantener la forma humana.

-Mírate, Sancer -murmuró Vezroth para sí misma, su voz era un susurro monótono-. El disfraz se está agrietando. La entropía siempre gana.

Vezroth trabajaba para una organización que ni Sancer ni Zythius comprendían del todo. Para ellos, los demonios y ángeles eran seres espirituales; para Vezroth y sus empleadores, eran anomalías bioenergéticas, parásitos interdimensionales que podían ser estudiados, contenidos y, eventualmente, explotados.

En su pantalla secundaria, un gráfico mostraba el "Índice de Corrupción" de Elena. Era una línea casi plana, de un blanco brillante.

-Siete días -tecleó Vezroth en su terminal-. El sujeto muestra signos de estrés agudo. La introducción del factor "Zythius" ha acelerado la desestabilización del núcleo emocional.

Para ella, el drama de Sancer no era una tragedia, sino un experimento de laboratorio. Una captura de pantalla registró el momento exacto en que la mano de Sancer comenzó a mostrar escamas grises.

En el apartamento, Sancer entró al baño principal, huyendo de las sombras que parecían acecharlo desde las esquinas del salón. El mármol de Carrara se sentía como hielo bajo sus manos. El efecto del elixir estaba llegando a su clímax, la "doble cara" estaba en su punto máximo de distorsión.

Sancer levantó la vista hacia el gran espejo frente al lavabo.

Lo que vio lo hizo retroceder con un grito ahogado que se convirtió en un gruñido gutural. El reflejo no mostraba al hombre apuesto, de mandíbula firme y mirada reconfortante que Maya amaba. El espejo devolvía la imagen de una criatura con la piel del color de la ceniza volcánica. Tenía cuernos atrofiados y retorcidos brotando de una frente ensangrentada, y sus ojos eran pozos de angustia milenaria, rojos como brasas a punto de extinguirse.

Pero lo peor no era el demonio. Lo peor era que, superpuesta a esa imagen de pesadilla, veía a Maya. Una proyección del elixir le mostraba a Elena en el futuro, con ojos llenos de terror absoluto, viéndolo tal como era en ese momento. Vio a la mujer que amaba marchitándose, su luz apagándose mientras él le susurraba mentiras al oído para salvar su propia piel.

-¡NO! -gritó Sancer.

En un estallido de frustración, odio hacia sí mismo y desesperación, lanzó un puño contra el cristal. El impacto fue brutal. El espejo estalló en mil fragmentos que volaron por el baño. Cada pedazo de vidrio, al caer, capturaba una realidad distinta: un ojo humano aquí, una escama negra allá, un rastro de sangre dorada que no debería existir.

En el búnker, Vezroth tomó una captura de ese rostro fragmentado. Una pequeña y casi imperceptible sonrisa de satisfacción cruzó sus labios.

-El caos -anotó- es un excelente material de estudio. El sujeto ha destruido su propia imagen. La disociación es completa.

Sancer se quedó de pie frente al marco vacío del espejo, con los nudillos sangrando una mezcla espesa de rojo humano y negro abisal. El silencio del apartamento era ahora ensordecedor, roto solo por el goteo del agua en el lavabo.

Sabía que Elena estaba cerca. Podía oler su perfume -notas de sándalo y lluvia- acercándose al edificio. Sentía la vibración del ascensor subiendo. En ese momento, la dualidad de su existencia lo golpeó con la fuerza de una maza.

Si realmente la amaba, debía alejarse. Debía desaparecer en la noche, dejar que el Infierno lo reclamara, aceptar el castigo eterno de las fosas para que ella pudiera seguir siendo luz. Pero el elixir seguía susurrándole al oído con la voz de Arihwa y de mil ángeles hipócritas:

¿Por qué deberías sacrificarte tú? ¿Acaso no tienen todos sombras? ¿Acaso ella es realmente tan pura, o simplemente no ha sido tentada por el maestro adecuado?

Si la sacrificaba, si lograba arrastrarla al fango de la corrupción, él sería libre. No solo libre, sino poderoso. Podría caminar entre los hombres como un señor, con su disfraz sellado permanentemente por el pecado de ella. Se imaginó a los dos, reinando en una penumbra elegante, compartiendo el secreto de su caída.

¿Era su amor por Elena un sentimiento real, una chispa de redención, o era simplemente la última y más sofisticada herramienta de un demonio para sentirse vivo?

La puerta del apartamento se abrió con un pitido suave.

-¿Arihwa? ¿Cariño? Ya llegué. Perdona la tardanza, la cena fue eterna -la voz de Elena entró en la casa como una brisa fresca en un campo de batalla. Era pura, llena de una confianza que le dolió a Sancer más que el cristal clavado en sus nudillos.

Sancer se miró las manos ensangrentadas. Con un esfuerzo sobrehumano, obligó a las garras a retraerse y a las escamas a hundirse bajo la dermis. Se lavó rápidamente, dejando que el agua se llevara el rastro de su lucha interna.

Caminó hacia el pasillo. Al final del corredor, Elena estaba dejando su bolso y quitándose los tacones, bañada por la luz cálida de la entrada. Se veía radiante, inocente de la apuesta que se acababa de hacer sobre su alma.

-¿Sancer? ¿Estás bien? He oído un ruido... -se detuvo al verlo salir de las sombras del pasillo.

Sancer la miró, y por un segundo, a través de los restos de la visión del elixir, vio los hilos de su destino. Eran blancos y frágiles. Estiró la mano para tocar su mejilla, con los dedos aún temblando por el deseo de protegerla y el impulso de destruirla.

-Estoy bien, Elena-mintió, y su voz sonó tan perfecta, tan humana, que incluso él mismo estuvo a punto de creerse-. Solo se ha roto un espejo. No es nada que no se pueda arreglar.

El juego de la "doble cara" había comenzado. El precio de su libertad era el fin de la inocencia de Elena, y mientras ella lo abrazaba, Sancer empezó a pensar en la primera mentira que la llevaría, paso a paso, hacia el abismo.

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