Sancer abrió los ojos dentro del cuerpo robado y, por un segundo, sintió el vértigo absoluto de la posesión. El alma original de Arihwa aún flotaba en algún rincón oscuro de la carne, gritando sin voz, arañando las paredes del cráneo. Era un zumbido constante, como una mosca atrapada en una lámpara. Sancer lo ignoraba; llevaba siglos practicando.
A su lado, Elena dormía de costado, abrazando la almohada como si fuera él. El cabello negro le caía en ondas perfectas sobre la espalda desnuda. La luz del amanecer atravesaba los ventanales y la bañaba en oro pálido. Parecía un cuadro renacentista que alguien hubiera dejado olvidado en el futuro.
-Buenos días -susurró ella al abrir los ojos, voz ronca de sueño. Rozó con la yema del dedo la mandíbula de Arihwa, esa mandíbula que había hecho llorar a medio mundo en revistas y pantallas gigantes-. Te ves tan tranquilo cuando duermes... como un niño que no ha roto nunca nada.
Sancer sonrió con la dulzura ensayada durante meses frente al espejo. La sonrisa número 7: "cariño inofensivo con toque de vulnerabilidad". Perfecta.
-Y tú te ves como un sueño del que no quiero despertar -respondió, modulando la voz de Arihwa hasta el último matiz celestial.
Elena se acurrucó contra su pecho. Su piel olía a vainilla y a la crema hidratante de cuatrocientos dólares que él mismo le había regalado.
-Ayer, en la gala... cuando hablaste de la fundación, cuando donaste todo ese dinero... brillabas, Ari. No era la luz de los focos. Era tu alma. Eres la persona más buena que he conocido.
Internamente, Sancer sintió náuseas.
Buena.
La palabra le supo a bilis y a hierro oxidado. El millón de dólares había sido humo comparado con la moneda real: doce almas firmando su ruina en letra pequeña de contratos de la fundación luz eterna. Almas que ahora pertenecían a la Legión.
Pero Elena solo veía la luz.
-Tú me haces querer ser mejor -mintió, deslizando el brazo alrededor de sus hombros con la precisión de un cirujano.
-No es querer -corrigió ella, besando la palma de su mano-. Es ser. Tú llegaste y me salvaste, mi ángel.
La palabra ángel fue un puñal. Sancer la besó entonces, suave, calculado, para que no siguiera hablando de salvaciones que él nunca podría ofrecer. La besó hasta que ella gimió bajito y se derritió contra él, ciega, confiada, perdida.
-Tengo que salir un rato -dijo al fin, apartándose-. Descansa.
Cuando la puerta del dormitorio se cerró, la sonrisa angelical se quebró como cristal barato. Sancer se miró las manos que no eran suyas y sintió la urgencia de romper algo hermoso.
El baño principal era un cubo de mármol negro veteado de oro y espejos que se multiplicaban hasta el infinito. Sancer se plantó frente al más grande y lo miró.
Arihwa lo miraba de vuelta: cabello platino que parecía tejido con luz de luna, ojos de cielo invernal, la cara que hacía que las viudas donaran fortunas y los niños dibujaran alas en sus cuadernos.
Tocó el cristal con dedos temblorosos.
-Maldita cara de santo -siseó.
Y el reflejo falló.
Por una fracción de segundo, el ojo derecho se volvió rojo sangre, la pupila se rasgó en vertical como la de un reptil, y una sombra negra trepó por el cuello como cáncer líquido. El verdadero rostro pugnaba por salir: cuernos retorcidos, piel de obsidiana agrietada, cicatrices que brillaban como lava.
-¡No! -gruñó, apretando los dientes hasta que crujieron huesos que no eran suyos.
Vertió poder en el Espejismo. El esfuerzo fue brutal: sintió cómo la metamorfosis devoraba sus reservas demoníacas como ácido corrosivo. El amor enfermizo, posesivo, abrasador que sentía por Elena era la llama que más rápido quemaba la ilusión. Cada caricia suya era una astilla bajo las uñas. Cada "te amo" un clavo oxidado en la carne.
El rojo retrocedió. La sombra se hundió. El ángel volvió a estar perfecto.
Pero Sancer jadeaba, empapado en sudor frío, temblando dentro de la bata de seda blanca que ahora le parecía una mortaja.
-El tiempo se acaba -admitió al espejo, voz rota-. La mentira me está vaciando por dentro.
Necesitaba caos.
Necesitaba vicio.
Necesitaba recargar antes de que la piel prestada se le desprendiera a tiras.
Se vistió con el traje gris perla que Elena había elegido para él ("te hace parecer un príncipe", había dicho). Se miró una última vez.
Perfecto.
Insoportablemente perfecto.
El almacén abandonado del puerto olía a óxido, salitre y azufre viejo. Las ratas corrían entre latas aplastadas y el viento silbaba por los agujeros de bala en las paredes.
Apenas cruzó el umbral, el aire se incendió.
Zythius emergió de una columna de fuego negro que lamía el techo, cadenas tintineando como campanas rotas, ojos ámbar encendidos como brasas.
-Mira al querubín perfumado -se burló, voz grave y arrastrada-. ¿Trajiste galletitas para los pobres o vienes a confesar tus pecados de enamorado?
-Habla o lárgate, Zythius -respondió Sancer con voz de hielo.
Zythius soltó una carcajada que hizo temblar las vigas.
-Vine a advertirte, príncipe de la caridad. Los demás huelen tu debilidad desde el Infierno. Dicen que te encariñaste con la humana. Que duermes abrazado a ella como un cachorro. Eso está prohibido, Sancer. Nos hace parecer... domésticos. Ridículos.
-No me encariñe -replicó él, sintiendo cómo la rabia le trepaba por su columna-. La poseo. Es diferente.
-Claro. Por eso tu espejismo tiembla como virgen en burdel cada vez que ella te dice "te amo".
Zythius le lanzó un frasco pequeño, negro, con motas doradas flotando dentro como estrellas muertas.
-Estabilizador. Rabia pura y caos concentrado. Te mantendrá bonito unos días más. Pero te pondrá de muy mal humor. Más tú que nunca.
Sancer atrapó el frasco al vuelo.
-¿Por qué me ayudas?
-Porque si caes, nos salpica a todos. Y porque me aburro soberanamente viendo cómo te deshaces por una mortal -Zythius sonrió con todos los dientes, afilados como cuchillos-. Recuerda: el amor es territorio del cielo. Nosotros solo sabemos arruinar, quemar y coleccionar cenizas.
Desapareció en otra explosión de ceniza y olor a carne chamuscada.
Sancer abrió el frasco y aspiró el humo tóxico. El poder le golpeó las venas como whiskey con gasolina y clavos. La rabia fría y deliciosa llenó el hueco donde antes había fatiga. Por un momento se sintió invencible. Por un momento olvidó que estaba robando la cara de un ángel para acostarse con una humana que nunca sospecharía la verdad.
En una van negra aparcada a tres calles del ático, Vezroth (nombre en clave Géminis) bebía café frío de un vaso de cartón y veía el mundo en líneas de código verde fosforito.
Pantalla 1: punto rojo palpitante – SANCER/ARIHWA – ático de lujo, frecuencia cardíaca ligeramente elevada.
Pantalla 2: punto ámbar parpadeante – ARIHWA CAÍDO – barrios bajos del puerto, sin actividad cerebral coherente desde hace 89 días.
Sonrió sin ganas, dientes blancos contra piel pálida.
-Demasiado predecible, demonio enamorado.
Tecleó a velocidad inhumana. Envió un paquete diminuto por una frecuencia que no debería existir:
Coordenadas exactas de una pluma iridiscente de ángel caída (aún caliente, aún sangrando, luz).
Un clip de audio de 4 segundos: la voz robada, la voz de Arihwa diciendo "Eres mía" en la gala, con un leve eco demoníaco que solo un guardián sabría reconocer.
Una foto borrosa tomada desde un dron: la silueta de Sancer besando a Elena en el balcón, pero con los ojos brillando rojos por una fracción de segundo.
Destino: Thaeriel, guardián de la puerta este, el mejor sabueso celestial que jamás haya existido. El que nunca perdona. El que cazó a Azazel y lo arrastró de vuelta al cielo con las alas rotas.
Vezroth se recostó en el asiento del conductor, encendió un cigarrillo electrónico sabor cereza y exhaló vapor rosa.
-Que empiece el espectáculo.
Atardecer sangriento sobre el ático. El cielo era una herida abierta. La luz se había rendido.
Cenaban en la mesa de cristal: salmón ahumado, ensalada de quinoa y un vino que costaba más que el sueldo anual de un profesor. Elena llevaba un vestido negro sencillo que le quedaba como una segunda piel.
Sancer no podía dejar de mirarla.
El estabilizador (la dosis de rabia pura de Zythius) no había traído calma; había traído claridad brutal. Ahora veía a Elena con una nitidez dolorosa: la curva de su cuello, la forma en que su corazón latía por él, la devoción absoluta que, en lugar de alimentar su ego, quemaba el disfraz. La hacía más real, y la realidad era el veneno para su metamorfosis.
-Te siento frío -dijo ella al fin, voz pequeña, casi asustada.
Sancer sintió un pinchazo. No de culpa, sino de irritación absoluta. La rabia del frasco burbujeaba, exigiendo una salida. La paz era una máscara que se le resbalaba.
-¿Frío? Estoy aquí, ¿no? -respondió, voz baja, peligrosa. Clavó el tenedor en la mesa con tanta fuerza que el cristal se agrietó en forma de estrella, un patrón de líneas irregulares que se extendió desde el centro como una telaraña rota.
Elena se encogió.
-Estás, pero no estás. Ya no siento tu luz, Arihwa. Es como si... como si te estuvieras apagando. Ayer en la cama, me abrazaste tan fuerte que me dolió, y hoy... me miras como si no me conocieras.
La palabra luz fue la chispa. Un insulto. El recordatorio de lo que había robado.
Se levantó tan rápido que la silla cayó hacia atrás. El golpe resonó en el silencio del ático. La sombra del crepúsculo lo hizo parecer más alto, más ancho, más peligroso. La rabia del estabilizador rugía en sus venas, una adrenalina infernal que le hacía querer gritar y destrozar la elegancia aséptica del lugar.
-¿Quieres sentir mi luz? -preguntó, voz ronca.
La tomó del mentón con fuerza contenida, dedos marcados en su piel pálida. Sus ojos, los ojos de Arihwa, se oscurecieron a un tono casi negro, reflejando el cielo de incendio. La besó como quien marca territorio: duro, sin ternura, con sabor a ceniza y amenaza. Un beso que era una violación calculada del alma, diseñado para reemplazar la dulzura anterior con una posesividad dominante. Le mordió el labio inferior hasta que ella gimió de dolor y placer mezclado.
Cuando se apartó, Elena temblaba, labios hinchados, ojos muy abiertos, una mezcla peligrosa de sumisión y excitación. Había aprendido que Arihwa era más magnético cuando era un poco cruel.
-Soy tuyo y tú eres mía -sentenció él, voz que ya no era del todo la de Arihwa, sino una octava más grave, más profunda, como si viniera de muy lejos-. Esa es la única verdad que necesitas saber. La única que te voy a permitir.
Elena asintió, aturdida, atrapada entre el miedo y la fascinación enfermiza que él había cultivado con tanto cuidado. -Sí, Arihwa. Siempre tuya.
Sancer se volvió hacia la ventana. La ciudad era un mar de luces parpadeantes, un tablero de ajedrez donde él había creído ser el rey. Se sentía poderoso, peligroso, y el disfraz se sentía ajustado, a punto de reventar.
Y en el reflejo del cristal, entre dos edificios lejanos, vio una silueta rota, sucia, encorvada. Unos ojos ardían en la oscuridad del callejón, muy abajo. Ojos que brillaban con la misma luz iridiscente que una vez había pertenecido a esa cara que ahora él llevaba puesta.
Ojos de ángel caído.
Arihwa lo estaba mirando desde la calle, envuelto en harapos, alas rotas arrastrando por el suelo como trapos sucios, sangre dorada goteando de las plumas arrancadas. Su cuerpo original (la carne torturada que Sancer había dejado con la médula drenada) había sido desechado, pero el alma, el huésped original, había sido lo suficientemente fuerte como para manifestar un nuevo cuerpo físico.
Roto, sí, pero funcional.
Y sonreía.
Una sonrisa rota, sangrienta, llena de promesas de venganza. La sonrisa de un santo desollado que aún tiene un truco.
Sancer sintió que el estabilizador se le escapaba entre los dedos como arena.
El huésped había regresado.
En el reflejo, Arihwa levantó una mano temblorosa y dibujó en el aire un símbolo antiguo: el sello de la expulsión demoníaca. El mismo que había usado el arcángel Miguel para echar a Lucifer. No era un símbolo que pudiera funcionar a tanta distancia ni sin poder, pero la intención era clara.
El cristal vibró. Sancer sintió el eco, una punzada en la nuca, justo donde el alma de Arihwa aún arañaba.
Abajo, en la calle, Arihwa abrió mucho los ojos, como si escuchara una orden que solo él podía oír. Una orden que venía de lo alto.
Después se giró y desapareció entre las sombras. Había cumplido su propósito: advertir, provocar.
Sancer sonrió, lento, casi tierno. La guerra acababa de empezar. Y esta vez, el ángel caído no venía solo. Venía respaldado por algo o alguien.
El efecto del símbolo fue retardado. Llegó con la fuerza de un rayo, no en el cuerpo de Arihwa (que Sancer habitaba), sino en la metamorfosis, el hechizo de posesión.
Sancer sintió que la carne prestada se le encogía. Era como si miles de alfileres de luz se clavaran en el lugar donde su forma demoníaca se fusionaba con el recipiente.
El disfraz se estaba pelando.
-¿Amor? ¿Qué pasa? -preguntó Elena, dando un paso hacia él.
-¡No te acerques! -La voz que salió fue un gruñido gutural. La mandíbula número 7 se había desdibujado.
Frente a la ventana, Sancer se agarró la cara. El pánico le inundó. La sombra líquida de su verdadera forma comenzó a deslizarse por su cuello. Sus dedos se sintieron gruesos, duros, como garras en potencia.
Necesitaba un lugar donde ocultarse, un lugar donde nadie lo viera fallar. Corrió hacia el baño, el cubo de mármol negro, dejando a Elena paralizada junto a la mesa.
En el umbral, se detuvo, sintiendo cómo el alma robada de Arihwa, esa mosca atrapada en la lámpara, dejaba de zumbar y comenzaba a cantar victoria.
-Te vas a caer, Sancer. Y cuando caigas, voy a gritar tan fuerte que el cielo nos oirá a los dos.
El dolor se hizo insoportable. Era un dolor en el alma. Sancer se arrodilló en el mármol frío, apretando la cabeza, luchando por mantener la ilusión. Vomitó, pero lo que salió no fue bilis, sino una bocanada de humo negro y denso que olía a incienso quemado y mala decisión.
-¡Basta! -rugió, canalizando todo el poder restante de la dosis de Leongi en el Espejismo.
La rabia pura estabilizó el cambio por un segundo. El rojo de su ojo se apagó. Pero la tensión era palpable, la ilusión, frágil como papel de arroz.
Necesitaba huir.
Salió del baño, la cara sudorosa, pero controlada. Elena seguía junto a la mesa, sosteniéndose el pecho.
-Arihwa, tienes que parar. Estás asustándome. Te estás sobrecargando.
-Tengo que irme -dijo Sancer, caminando hacia el armario para agarrar las llaves de su hypercar y la tarjeta de acceso a sus cuentas.
-¿Irte? ¿A dónde? ¿Qué está pasando? ¿Es la fundación? ¿Es el dinero? -Las lágrimas le corrían por las mejillas, rompiendo el maquillaje perfecto.
Sancer sintió un asco profundo.
La debilidad humana.
-No es asunto tuyo. Quédate aquí. Duerme. Olvídalo -Su voz era monótona, un comando.
Elena lo interceptó junto a la puerta. Su cuerpo temblaba, pero sus ojos estaban fijos en él.
-No. Esta vez no. No eres el mismo. Tu alma... el color de tus ojos... te has ido, Hwa. Sé que algo malo te está poseyendo.
La palabra poseyendo lo golpeó con la fuerza de un puño.
Sancer la miró, y por primera vez en meses, no usó la Sonrisa Número 7. Usó el frío desprecio de un depredador.
-Sí, he cambiado -admitió, voz susurrante-. Pero he cambiado por ti. Por esta farsa de perfección. Esta situación de mierda huele a mentira, Elena. Y tu amor huele a bilis. Me voy a purgar este Edén.
La tomó por la muñeca y la apartó con una fuerza que no era humana. Ella se golpeó contra la pared. El sonido de su grito se perdió cuando él cerró la pesada puerta de acero detrás de sí.
Descendió a toda velocidad en el ascensor privado, su mente trabajando a mil por hora.
El Guardián. El ángel caído no estaba solo.
Si Thaeriel, el sabueso, había recibido la señal, significaba que tenía minutos, no horas, antes de que el cielo le enviara a alguien.
La metamorfosis se estaba agotando. Ya no podía confiar en la cara de Arihwa. Necesitaba un lugar donde pudiera ser él mismo. Necesitaba el caos de la oscuridad.
La van negra de Vezroth estaba aparcada cerca de un almacén abandonado a las afueras del distrito financiero, un lugar cubierto de grafitis y neones rotos.
Sancer abrió la puerta y se dejó caer en el asiento trasero.
-Llévame al nido -gruñó, sintiendo cómo los huesos de su rostro se torcían.
Vezroth, con su cabello rosa eléctrico y sus gafas de interfaz, no se inmutó.
-No tienes la metamorfosis, Sancer. Estás ardiendo -dijo, sin dejar de teclear en su consola-. El sabueso ya está activado. Su último rastro fue detectado en el sector Gamma. Lo tendrás encima en una hora.
-Entonces conduce -Sancer golpeó el asiento. La piel alrededor de sus ojos estaba agrietándose, mostrando la obsidiana.
Mientras la van se alejaba, el cuerpo de Arihwa empezó a temblar convulsivamente. El alma original, que había sido relegada a la posición de un pasajero aterrorizado, sintió la inyección de poder que venía del cielo. El sello de expulsión no era solo un símbolo. Era una llave. Y ahora se activaba.
Dolor.
El verdadero dolor del alma expulsada era peor que cualquier tortura física.
Sancer gritó. Su cuerpo se convulsionó. La carne de Arihwa se rasgó y el demonio empezó a salir. No por la boca, sino por la piel, como si una pitón se deshiciera de su capa vieja. La Metamorfosis, en su fase final de agotamiento, se disolvía.
Vezroth activó el cristal polarizado. El olor a ozono y azufre llenó el habitáculo.
El resultado fue doblemente horrible:
Sancer emergió: alto, delgado, piel de obsidiana, cuernos de carnero retorcidos, ojos de lava. La forma que había dejado atrás en el Infierno.
Arihwa se materializó junto a él: desnudo, cubierto de sudor, temblando, con sus ojos de cielo invernal abiertos de par en par. Estaba de vuelta en su cuerpo, pero no estaba completo.
El alma de Sancer se había llevado un trozo de la médula del ángel.
Arihwa se sostuvo la cabeza.
-¡Se ha ido! ¡Fuera! ¡Se ha ido!
-Cállate, ángel idiota -siseó Sancer. Se puso una túnica negra de la guantera. Estaba debilitado, pero libre de la agonía de la simulación.
-¿Qué has hecho? -Arihwa lo miró con furia, la misma cara de santo, pero con una expresión de agonía pura.
-Te he salvado de una vida de aburrimiento y te he dado un propósito -Sancer sonrió con sus colmillos de tiburón-. Ahora la legión tiene a doce humanos más, y yo, un respiro.
-Pero Elena... -Arihwa, ingenuo hasta el final, intentó levantarse-. Ella necesita saber...
-Elena es mi problema -Sancer lo golpeó en la cara con un revés que hizo crujir su recién recuperada mandíbula-. Tu trabajo es ser la carnada.
Arihwa se desplomó, la sangre dorada brotando de su nariz. El guardián, el sabueso Thaeriel, vendría a buscar el rastro del ángel, no del demonio.
Sancer se inclinó hacia el frente.
-Vezroth, quiero un rastro falso en el sector beta. Una pluma más, un grito de agonía encriptado. Y luego, al nido.
-Hecho. El espectáculo es mejor con fuegos artificiales -murmuró Vezroth, tecleando órdenes que harían que la ciudad entera persiguiera a un ángel inexistente.
A 50 kilómetros al sur, en las afueras de la ciudad industrial, el Guardián Thaeriel (un guardián de nivel Arconte, vestido con una armadura de kevlar negro y una gabardina de cuero) se materializó en el centro de un polígono de fundición abandonado. No necesitaba alas para volar; su mera presencia distorsionaba el espacio a su alrededor.
Thaeriel era la eficiencia hecha serafín: cero piedad, cien por cien cumplimiento.
Se acercó a un charco de aceite negro. Flotando en la superficie, una pequeña pluma iridiscente de ángel, la que Vezroth había enviado, sangraba una luz dorada y tenue que era visible incluso a la luz del día.
-Sancer -dijo su voz, una nota baja y profunda que hacía eco en el metal circundante-. Te has vuelto descuidado.
Thaeriel recogió la pluma con dos dedos. Estaba caliente, como una brasa. El rastro de la posesión era inconfundible. Sancer se había debilitado por la permanencia.
Tecleó en su brazalete de comunicación. Protocolo 7: Ejecución/Recuperación.
«Recibido. Nivel de amenaza: Arconte. Objetivo: Sancer, Príncipe de la Mentira. Recuperar huésped Arihwa si es viable. Neutralizar al demonio.»
Pero luego, sus sentidos se activaron. No había solo un rastro. Había dos.
El primero era la pluma (un rastro viejo). El segundo era una explosión de energía demoníaca concentrada que venía del centro de la ciudad, un grito de dolor y rabia. El rastro falso de Vezroth.
«Demasiado ruidoso. Demasiado obvio.»
Thaeriel era un cazador. No se dejaría engañar por un señuelo. La rabia pura de Sancer significaba que estaba débil y que intentaba desesperadamente atraer la atención lejos de su verdadera ubicación.
El guardian levantó la cabeza. Olfateó el aire que olía a salitre y metal caliente.
Y captó un tercer aroma, débil, casi imperceptible: jazmín sintético y ozono caro. El perfume de Elena. Y el rastro diminuto del alma de Arihwa, que había sido expulsada en una van negra.
El sabueso no siguió el camino del fuego y el caos. Siguió el camino de la debilidad humana.
Thaeriel desapareció en un parpadeo de luz plateada, dejando la pluma en el charco. Sabía dónde encontrar a Arihwa, la única forma de atraer al demonio de vuelta.
Sabía dónde vivía Elena.
De vuelta en el ático, Elena se había levantado de la mesa. El cristal agrietado y la silla volteada eran un eco de la violencia de Sancer. Estaba aterrorizada, pero había una extraña calma en su miedo. Por fin había visto la grieta en el ángel.
Se dirigió al baño, y al encender la luz, vio la mancha de ceniza negra que Sancer había vomitado. Olía a incienso quemado y a algo metálico. Se arrodilló, tocó el residuo y sintió un escalofrío.
Esto no es humano.
Se levantó y se dirigió a la sala de estar, donde la luz del atardecer ya se había extinguido por completo.
Un destello plateado.
Thaeriel estaba de pie junto a la ventana, la figura oscura y perfecta, con la luz de la ciudad parpadeando a sus espaldas. Su gabardina se agitaba sin viento, y el aire en el ático, que antes olía a ozono y jazmín, ahora olía a hielo puro y tormenta eléctrica.
Elena no gritó. Solo sintió una quietud absoluta, una paz helada que le congeló el miedo en el pecho.
-Sé quién eres. Y sé lo que tienes aquí -dijo Thaeriel, su voz era como el sonido de una campana de cristal golpeada con precisión.
Maya abrazó sus brazos.
-¿Arihwa? ¿Eres otro de sus amigos? No entiendo...
Thaeriel dio un paso hacia ella. Era la perfección física, pero a diferencia de la belleza engañosa de Arihwa, esta era la belleza de un arma diseñada para no fallar.
-Soy un guardián. Vengo a limpiar lo que el cielo ha perdido. El hombre al que llamas Arihwa... no es Arihwa. Es Sancer, un Príncipe de la Mentira. Un demonio.
Elena rió, una nota aguda e histérica.
-No. Imposible. Él es el ser más... luminoso.
-La luz era robada. De Arihwa, el huésped que poseyó. Usó su cara de santo, su caridad, su fundación para cosechar almas para su legión. La luz que viste, era la luz de la víctima forzada a brillar para el verdugo.
Thaeriel le mostró la pluma que había traído del charco. Brillaba en la oscuridad.
-Sancer está debilitado. Ha roto el disfraz y ha huido, llevándose la médula del ángel. Necesito su ayuda.
-¿Ayuda? -Elena miró la pluma, luego a él.
-Sé que te ama -dijo Thaeriel, y la palabra amor, pronunciada por él, sonó fría y matemática-. Ese amor no es una debilidad para Sancer. Es el ancla que quema su ilusión. Es la única forma de traerlo de vuelta.
-¿Y qué tengo que hacer?
-Esto. -Thaeriel se acercó y le puso la pluma en la mano. La luz dorada se encendió, y Elena sintió una descarga eléctrica, una verdad antigua y dolorosa inundándola. La verdad del robo, de la posesión, del dolor silencioso de Arihwa.
Thaeriel no necesitaba coacción. Necesitaba que ella lo entendiera.
-Cuando Sancer venga a buscarte -dijo el Arconte, mirando fijamente a sus ojos inmensos y aterrorizados-, debes abrazarlo, sin miedo. La luz que tienes ahora es la única que él nunca podrá robar. Lo hará vulnerable. El sello que el ángel hizo en la calle... Esa es la puerta de la expulsión total. Tú eres la cerradura.
Elena apretó la pluma. Los labios hinchados por el beso violento de Sancer. Los ojos llenos de lágrimas, pero con una resolución nueva, forjada en la decepción.
-¿Y Arihwa? -preguntó.
-Lo recuperaremos -dijo Thaeriel. Y por un segundo, su voz se suavizó-. El ángel caído pagará su precio por el fracaso, pero no lo dejaré aquí.
Thaeriel abrió la ventana. El viento de la ciudad entró. El Guardián la miró una última vez.
-Sancer va a buscar su ancla, su trofeo. Estará aquí pronto. Sé fuerte.
Thaeriel desapareció sin dejar rastro, como si nunca hubiera estado.
Elena se quedó sola en el ático. El cristal agrietado brillaba bajo la luz de los rascacielos. Y ella, con la pluma del ángel en la mano, se convirtió en el cebo de una guerra que ella misma había alimentado con su amor.
Se dirigió al tocador y se miró.
Ya no era una víctima.
Era una trampa.
«Tú me haces querer ser mejor,» había mentido Sancer.
«Pues yo te haré cumplir tu palabra,» pensó Elena, con una lágrima cayendo.
La guerra acababa de empezar, y esta vez, el ángel caído, con sus alas rotas y su médula drenada, tenía a un Guardián, un Sabueso, y a una mujer enamorada en su esquina.