Julián se inclinó hacia adelante. Sus dedos rozaron el borde de la pequeña repisa de madera. Estaba sudando. No era un sudor de deseo, o al menos eso se decía a sí mismo; era el sudor del cazador que finalmente ve a su presa en la trampa.
-Mírame -ordenó Marcus.
La voz del Dominante salió por los altavoces de la cabina con una nitidez aterradora. Julián vio cómo los hombros de Elena se tensaban. Ella estaba de rodillas, con las manos apoyadas en sus muslos. El contraste era brutal: sus rodillas, acostumbradas a las alfombras de lana de los hoteles de lujo, ahora presionaban el suelo de goma fría del club.
Elena levantó la cabeza. Sus ojos, generalmente afilados como cuchillos, estaban desenfocados, empañados por una mezcla de terror y alivio. Julián nunca la había visto así. Sin sus gafas, sin su postura defensiva, parecía diez años más joven y mil veces más vulnerable.
-¿Qué eres aquí, Elena? -preguntó Marcus, rodeándola como un lobo.
Ella tragó saliva. Julián vio el movimiento de su garganta, el pequeño salto de su pulso en la base del cuello.
-Nada -susurró ella. Su voz, siempre tan proyectada en las juntas, era apenas un hilo-. Aquí no soy nada.
-Más alto.
-Aquí no soy nada -repitió ella, esta vez con una nota de desesperación.
Julián sintió una punzada de triunfo eléctrico. "No eres nada", repitió en su mente. Mañana, en la oficina, ella volvería a sentarse en su trono de cuero, daría órdenes, humillaría a los subordinados y decidiría el destino de miles de euros. Pero Julián sabría que esa mujer era una mentira. La verdad era esta: la mujer arrodillada que suplicaba que le quitaran el peso de su propia existencia.
Marcus se detuvo detrás de ella. Sacó una venda de satén negro de su cinturón. Julián contuvo el aliento. Cuando Marcus cubrió los ojos de Elena, ella dejó escapar un suspiro entrecortado. Ahora estaba completamente a merced de lo que no podía ver. No sabía que Marcus estaba ahí, pero tampoco sabía que Julián estaba justo enfrente, devorando su degradación con una intensidad que rozaba la locura.
Marcus tomó una cuerda fina, de un color crudo que resaltaba contra la piel de Elena. Empezó a atar sus muñecas detrás de la espalda. Los movimientos de Marcus eran técnicos, carentes de cualquier emoción, lo que hacía que la escena fuera más cruda para Julián. Para Marcus era un trabajo, un servicio pagado; para Julián, era una profanación necesaria.
-¿Te duele la espalda, Elena? -preguntó Marcus mientras apretaba el nudo.
-Un poco -admitió ella.
-Es el peso de tus secretos. Aquí te los vamos a quitar todos. Uno por uno.
Julián cerró los ojos un segundo, abrumado por la ironía. Él era el secreto más grande que ella tenía en ese momento, y ni siquiera lo sospechaba. Se preguntó qué pasaría si golpeara el cristal. Si gritara su nombre. Si Elena supiera que el hombre al que llamó "incompetente" estaba viendo cómo Marcus le marcaba los brazos con la soga.
Esa idea lo excitaba y lo aterraba por igual. El poder no estaba en decírselo; el poder estaba en saberlo.
Marcus sacó un pequeño látigo de tiras de cuero flexible, un flogger. El sonido del cuero golpeando el aire antes del contacto fue como un disparo en la cabina silenciosa. Julián vio cómo Elena encogía los hombros, preparándose para el impacto. Sus labios estaban entreabiertos, su respiración se había vuelto errática.
Zas.
El primer golpe fue ligero, un aviso sobre sus omóplatos. La piel de Elena se erizó instantáneamente. Julián se pegó más al vidrio, sintiendo el calor de su propio aliento empañar la superficie. Lo limpió rápidamente con la manga; no quería perderse ni un milisegundo.
Zas.
El segundo fue más fuerte. Una línea rosada empezó a dibujarse en la espalda de ella. Elena soltó un quejido agudo que los altavoces reprodujeron con una fidelidad dolorosa. Fue un sonido que Julián nunca olvidaría. No era el grito de alguien que sufre, sino el de alguien que se está rompiendo bajo una presión que ella misma ha buscado.
-¿Quieres que pare? -preguntó Marcus, bajando el látigo.
Elena negó con la cabeza frenéticamente. Las lágrimas empezaban a resbalar por debajo de la venda.
-No. Por favor. Más.
Julián se sintió mareado. Esa "Elena" era la antítesis de todo lo que él odiaba de ella. La mujer que pedía "más" dolor era la misma que le había negado un presupuesto por un margen del 2%. Era absurdo. Era poético. Era la venganza perfecta.
Sin embargo, a medida que la sesión avanzaba, algo empezó a cambiar dentro de Julián. La rabia inicial, el deseo de verla humillada, empezó a transformarse en algo más oscuro y complicado. Ya no era solo odio. Era una fascinación morbosa, una conexión que no debería existir. Al observar sus debilidades de forma tan íntima, Julián sintió que la conocía mejor que nadie en el mundo. Mejor que sus amantes, mejor que su familia, mejor que ella misma.
Marcus la obligó a ponerse de pie, todavía vendada y atada. La llevó hacia el centro de la habitación, justo debajo de la luz roja. La piel de Elena brillaba por el sudor.
-Mañana volverás a ser la reina -dijo Marcus al oído de ella-. Volverás a despreciar a los débiles. Pero esta noche, Elena, eres solo un cuerpo que recibe lo que yo decida darte.
Julián apretó los puños. "Yo debería estar ahí", pensó de repente. El pensamiento lo golpeó como un mazazo. No quería que Marcus la tocara. Quería ser él quien le pusiera la venda, quien le marcara la piel, quien escuchara sus secretos. El voyeurismo, que antes le parecía suficiente, ahora se sentía como una condena. Estaba en una jaula de cristal, condenado a mirar pero nunca a tocar, a saberlo todo pero a no poder reclamar nada.
De pronto, Marcus se detuvo. Miró directamente hacia el cristal de la cabina 404. Julián se quedó petrificado, olvidando que para Marcus el cristal también era un espejo. Pero Marcus sonrió levemente, una sonrisa de profesional que sabe que el espectador está disfrutando.
Marcus tomó el extremo de la cuerda que unía las muñecas de Elena y le dio un tirón, obligándola a arquear la espalda.
-Diles adiós a tus sombras, Elena -dijo Marcus.
Él desató la venda. Elena parpadeó, deslumbrada por la luz roja. Durante un segundo eterno, sus ojos se fijaron directamente en el lugar donde Julián estaba sentado. Sus pupilas estaban dilatadas, su mirada perdida. Julián dejó de respirar. Sabía que ella no podía verlo, pero la intensidad de su mirada lo hizo sentir desnudo.
Ella se miró en el espejo -en Julián- y por primera vez, él no vio a la ejecutiva ni a la sumisa. Vio a una mujer perdida en un laberinto que ella misma había construido.
La sesión terminó poco después. Marcus le puso la bata de seda y le dio un vaso de agua. Elena bebió en silencio, recuperando poco a poco su compostura. Julián vio cómo, con cada segundo que pasaba, la máscara de hierro se volvía a ensamblar sobre su rostro. Se recogió el pelo. Se puso las gafas. Se ajustó la bata.
En menos de cinco minutos, la sumisa había desaparecido. La directora de logística de de la Vega Corp estaba de vuelta.
Julián apagó el sonido y el cristal volvió a oscurecerse. Se quedó en las sombras de la cabina, escuchando el eco de su propia respiración agitada. Elena saldría por la puerta principal en unos instantes, subiría a su coche y volvería a su ático de lujo. Mañana, a las nueve de la mañana, lo vería en el ascensor y posiblemente ni siquiera le daría los buenos días.
Pero algo había cambiado para siempre. Julián se levantó, sintiendo que el suelo bajo sus pies ya no era firme. Tenía el poder de destruirla con una sola palabra, con una sola foto, con un solo susurro en la oficina. Pero mientras salía del club Obsidian hacia la lluvia de Madrid, se dio cuenta de que ya no quería destruirla.
Quería poseer el secreto. Quería volver a esa cabina. O mejor aún, quería que el cristal desapareciera.
Sacó su teléfono y buscó el número personal de Elena en la agenda de la empresa. No la llamó. Solo se quedó mirando el nombre en la pantalla mientras caminaba hacia su coche. La intriga ya no era qué ocultaba ella, sino qué iba a hacer él con ese conocimiento.
Porque mañana, en la oficina, la aritmética de Elena ya no le daría los mismos resultados.