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El espejo de doble cara
img img El espejo de doble cara img Capítulo 3 El Juego de las Máscaras
3 Capítulo
Capítulo 6 El Cajón del Pánico img
Capítulo 7 La Sala de Cristal img
Capítulo 8 Altitud de Crucero img
Capítulo 9 La Sal en la Herida img
Capítulo 10 La Anatomía de la Entrega img
Capítulo 11 El Camuflaje de la Seda img
Capítulo 12 Las Catacumbas del Douro img
Capítulo 13 El Teatro de la Carne img
Capítulo 14 El amor es el arma más peligrosa del mundo img
Capítulo 15 El Heredero del Dolor img
Capítulo 16 La Vertical del Vértigo img
Capítulo 17 El Teatro de la Traición img
Capítulo 18 El Stradivarius Desafinado img
Capítulo 19 El Fantasma en la Máquina img
Capítulo 20 El Despertar del Fantasma img
Capítulo 21 El Peso de la Realidad img
Capítulo 22 El Aroma de la Salitre img
Capítulo 23 La Caída de la Reina de Cristal img
Capítulo 24 El Último Grado de Humillación img
Capítulo 25 La Vitrina de la Castellana img
Capítulo 26 El Contrato de la Carne img
Capítulo 27 La Subasta de la Reina de Espadas img
Capítulo 28 La Vitrina de las Sombras img
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Capítulo 3 El Juego de las Máscaras

La luz del sol que entraba por los ventanales de la oficina era blanca, quirúrgica y cruel. Julián no había dormido más de tres horas. Cada vez que cerraba los ojos, la retina le devolvía el negativo de la espalda de Elena, marcada por líneas rosadas, y el eco de su voz suplicando por algo que no fuera "aritmética".

Eran las 8:55 de la mañana. Julián estaba en el área común de la planta ejecutiva, de pie frente a la cafetera automática. El zumbido de la máquina parecía un taladro en su cabeza. Tenía el pulso acelerado, pero por fuera, su rostro era una máscara de neutralidad estudiada. Había elegido su mejor traje azul marino y se había afeitado con una precisión casi obsesiva.

Entonces, el ascensor se abrió.

Elena de la Vega salió de la cabina como si fuera la dueña del aire que todos respiraban. Llevaba un traje sastre de color crema, zapatos de salón beige y su maletín de cuero italiano. Caminaba con esa zancada firme y rítmica que Julián antes detestaba. Hoy, sin embargo, sus ojos se fueron directos a sus tobillos. Ayer, esos mismos tobillos estaban rodeados por una cuerda de cáñamo. Hoy, estaban envueltos en seda de alta costura.

Ella se detuvo a pocos metros de él para revisar algo en su teléfono. Julián la observó en silencio. La transformación era perfecta. No había rastro de las lágrimas, del sudor o de la sumisión. Elena levantó la vista y sus ojos se cruzaron con los de él.

-Buenos días, Julián -dijo ella. Su voz era el mismo carámbano de hielo de siempre. Ni una grieta. Ni un titubeo.

-Buenos días, Elena -respondió él, sosteniéndole la mirada más tiempo de lo que dictaba el protocolo-. Pareces... descansada.

Elena frunció ligeramente el ceño. Fue un movimiento casi imperceptible, pero Julián lo detectó. Ella no estaba acostumbrada a que él le hablara con esa seguridad, y mucho menos con ese tono de familiaridad implícita.

-He dormido bien, gracias -respondió ella con frialdad-. Espero que el informe de traspaso que te pedí ayer esté listo. Lo necesito antes de la reunión de las diez.

-Está en tu mesa. Aunque -Julián dio un paso hacia ella, invadiendo ligeramente su espacio personal- me tomé la libertad de añadir algunas notas sobre "riesgos ocultos". Creo que ayer no fuimos del todo conscientes de lo que ocurre bajo la superficie.

Elena lo miró fijamente. Por un segundo, Julián creyó ver una sombra de duda en sus pupilas. ¿Podía ella oler el club en él? ¿Podía sentir que él había estado en la 404? No, era imposible. El cristal era unidireccional, las reglas de Obsidian eran estrictas. Para ella, él seguía siendo el rival incompetente al que había humillado.

-Revisaré esas "superficies" cuando tenga tiempo -sentenció ella, dándose la vuelta para ir a su despacho.

Julián sonrió para sus adentros. La adrenalina era mejor que el café.

La reunión de las diez se celebró en la misma sala que la del día anterior. El ambiente era tenso. El CEO estaba presente, evaluando el presupuesto del próximo trimestre. Elena dirigía la sesión, moviéndose con la seguridad de una depredadora.

-Por lo tanto -concluía Elena, señalando una gráfica en la pantalla-, los recortes en el departamento de Julián son necesarios para mantener el margen de beneficio. Es una decisión puramente estructural.

Todos los presentes asintieron. Julián, que normalmente habría saltado a defender su territorio con argumentos técnicos que ella destrozaría, se limitó a reclinar su silla. Se llevó el bolígrafo a los labios y la observó.

Se fijó en cómo ella movía la mano izquierda para pasar la diapositiva. Al estirarse, el puño de su blusa se deslizó un par de centímetros hacia arriba. Julián lo vio: una mancha violácea apenas visible, una sombra de color uva justo en la cara interna de la muñeca. La marca de la cuerda de Marcus.

Un calor abrasador recorrió el cuerpo de Julián. El secreto no era solo una idea en su cabeza; era una huella física que ella llevaba a la sala de juntas.

-¿Tienes algo que objetar, Julián? -preguntó el CEO, extrañado por su silencio-. Pareces muy distraído hoy.

Julián se enderezó lentamente. La mesa estaba en silencio. Elena lo miraba con desprecio, esperando que él empezara a tartamudear una defensa débil que ella pudiera aplastar.

-En absoluto -dijo Julián, con una voz clara y profunda que hizo que Elena parpadeara-. Estoy de acuerdo con Elena. A veces, para que un sistema funcione, es necesario que alguien ceda el control totalmente. Hay una cierta belleza en la rendición, ¿no crees, Elena?

El silencio que siguió a esas palabras fue tan espeso que se podría haber cortado con un cuchillo. Los demás directivos se miraron entre sí, confundidos por el giro filosófico de Julián. Pero Elena... Elena se quedó petrificada.

Su mano, la que sostenía el mando de la pantalla, tembló ligeramente. Fue un segundo, nada más. Pero fue suficiente. Ella sabía que esa frase no era casual. "Ceder el control", "belleza en la rendición". Palabras que pertenecían al sótano de Malasaña, no al piso cincuenta de un rascacielos.

-No entiendo a qué te refieres con esa terminología, Julián -respondió ella. Su voz era firme, pero sus ojos estaban llenos de una alerta roja, una alarma que gritaba peligro.

-Me refiero a la eficiencia, por supuesto -continuó él, disfrutando de cada sílaba-. A veces hay que dejar que otros tomen las riendas para ver dónde están los verdaderos límites. Pero no te preocupes, Elena. Sé guardar muy bien la información confidencial.

El CEO dio por terminada la reunión poco después, pero el daño -o el triunfo- ya estaba hecho. Los directivos salieron de la sala, dejando a Julián y a Elena solos. Ella se acercó a él antes de que pudiera levantarse. Sus rostros estaban a escasos centímetros. El olor a perfume cítrico de ella se mezclaba con la tensión eléctrica del momento.

-¿Qué crees que estás haciendo? -susurró ella. Sus ojos ardían de rabia, pero también de algo que se parecía mucho al pánico.

-Solo mi trabajo, licenciada -respondió Julián, levantándose con calma-. Revisando los riesgos ocultos.

-Si vuelves a soltar una de tus estupideces poéticas en una reunión, me encargaré personalmente de que no encuentres trabajo ni barriendo calles.

-¿Y qué harás, Elena? ¿Me vas a castigar? -Julián bajó la voz hasta convertirla en un murmullo que solo ella podía oír-. ¿O vas a dejar que alguien más lo haga por ti?

Elena retrocedió como si le hubiera dado una bofetada. Su rostro palideció hasta volverse del color de su traje. Abrió la boca para decir algo, pero no salieron palabras. Por primera vez en la historia de de la Vega Corp, Elena de la Vega estaba sin respuesta.

Julián recogió sus papeles y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo y la miró por encima del hombro.

-Por cierto, la próxima vez deberías usar un poco más de corrector en las muñecas. La luz de esta sala es... poco compasiva con los secretos.

Julián salió de la sala y caminó por el pasillo sintiéndose como un dios. Había cruzado la línea. Ya no era solo un observador; ahora era un participante activo en su doble vida. Pero mientras entraba en su despacho, una duda empezó a corroerlo. Había mostrado sus cartas demasiado pronto. Elena era una mujer peligrosa y, ahora que sabía que él sabía, no se quedaría de brazos cruzados.

Se sentó en su silla y encendió el ordenador. Tenía un correo electrónico nuevo. No tenía asunto. El remitente era una dirección encriptada que él reconoció de inmediato: el servicio de mensajería del Club Obsidian.

Abrió el mensaje. Solo había un archivo adjunto. Una foto.

Julián sintió que se le helaba la sangre. No era una foto de Elena. Era una foto de él mismo, entrando al club la noche anterior, tomada desde una cámara de seguridad oculta en el callejón. Debajo de la foto, una sola frase en letra negrita:

"El cristal tiene dos caras, Julián. Y alguien más estaba mirando."

Julián se levantó de la silla, el corazón golpeándole el pecho como un tambor. Miró a través del cristal de su despacho hacia la oficina de Elena. Ella estaba allí, sentada tras su mesa, mirándolo fijamente a través del vidrio. No estaba enfadada. No estaba asustada.

Estaba sonriendo. Una sonrisa lenta, cruel y absolutamente triunfante.

Julián comprendió entonces que el juego no había terminado. Solo acababa de subir de nivel. Y en este nuevo tablero, él ya no sabía quién era el cazador y quién la presa.

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