Levantó la cabeza. Al otro lado del espacio abierto de la oficina, Elena seguía allí, enmarcada por el marco de su puerta. Su sonrisa no era de alegría; era la mueca de un verdugo que disfruta viendo cómo el reo descubre que la soga ya está al cuello. Ella levantó una mano, rozó el borde de sus gafas con elegancia y, con un movimiento deliberado, cerró las persianas automáticas de su despacho.
Click.
El sonido metálico de las lamas cerrándose fue para Julián como el cierre de una celda.
Se dejó caer en su silla, con las manos entrelazadas detrás de la nuca para ocultar el temblor. ¿Cómo lo había hecho? Él había sido cuidadoso. Había usado un taxi, había pagado en efectivo, había entrado cuando el callejón parecía vacío. Pero Elena de la Vega no dejaba nada al azar. Si ella tenía una debilidad que podía costarle la carrera, era obvio que vigilaría quién más merodeaba por ese santuario.
"El cristal tiene dos caras", decía el mensaje.
Julián empezó a analizar las posibilidades con una mente que trabajaba a mil por hora. Si Elena sabía que él estaba en la cabina 404, ¿por qué no lo había denunciado al club? El reglamento de Obsidian prohibía que los socios se espiaran entre sí fuera del anonimato. Si ella lo exponía, él sería expulsado y posiblemente demandado. Pero si ella lo hacía, también tendría que admitir por qué estaba ella allí.
Y entonces lo comprendió. Elena no quería que él se fuera. Quería que él se quedara en el juego, pero bajo sus nuevas reglas. Ella lo había dejado mirar su rendición para tener una prueba irrefutable de la obsesión de Julián. Ella había convertido su propia vulnerabilidad en un cebo.
-Eres una perra brillante -susurró Julián, sintiendo una mezcla de odio genuino y una admiración que le revolvía el estómago.
Pasó el resto de la mañana en una especie de trance productivo. No podía permitirse parecer débil. Revisó informes, firmó autorizaciones y asistió a una videollamada, pero su mente estaba en el archivo adjunto del correo. Investigó el remitente: era una cuenta de un solo uso, imposible de rastrear. El club Obsidian no enviaba correos así; esto era obra de alguien con acceso a las cámaras del club o de alguien que Elena había contratado para vigilar el callejón.
A las dos de la tarde, su secretaria anunció por el intercomunicador que tenía una entrega personal.
Era una caja de madera pequeña, sin notas. Dentro, sobre un lecho de terciopelo negro, había una llave de latón antigua y una tarjeta con una dirección escrita a mano. No era la dirección del club. Era un hotel boutique en el centro de la ciudad, un lugar conocido por su discreción y sus precios prohibitivos.
Debajo de la dirección, una hora: 21:00. Y una instrucción: Trae la cuerda.
El resto del día fue un suplicio. Julián se cruzó con Elena en el pasillo hacia la cafetería. Ella iba hablando por teléfono, riendo suavemente con algún cliente importante. Al pasar a su lado, ni siquiera lo miró, pero el roce de su hombro con el de él fue eléctrico, un recordatorio de que ahora había una conexión física, un hilo invisible que los unía más que cualquier contrato laboral.
Julián fue a su casa a las seis. Necesitaba ducharse, necesitaba pensar. Se quedó bajo el agua fría durante diez minutos, intentando apagar el incendio que sentía en la sangre. Abrió el cajón de su mesita de noche y sacó un rollo de cuerda de cáñamo que había comprado semanas atrás, cuando su obsesión por el mundo de Elena empezó a descontrolarse. La textura era áspera, real. La metió en su maletín de cuero, junto a su portátil. El contraste era el resumen perfecto de su vida en ese momento: la herramienta del ejecutivo y el arma del dominante.
A las nueve en punto, Julián estaba frente a la puerta de la suite 702 del Hotel L'Horizon. El pasillo estaba en silencio, alfombrado con un diseño de laberinto que parecía burlarse de él. Introdujo la llave. La cerradura giró con un clic suave, casi erótico.
La habitación estaba en penumbra. Solo una lámpara de pie en la esquina proyectaba una luz ámbar sobre el mobiliario de estilo art déco. El olor... era el mismo. El perfume cítrico de Elena mezclado con el aroma a cuero viejo.
-Has tardado tres minutos más de lo esperado, Julián -dijo una voz desde las sombras.
No era la voz de Elena.
Julián se tensó, con la mano todavía en el pomo de la puerta. Del fondo de la suite, cerca de la ventana que daba a los tejados de Madrid, surgió una figura. Era un hombre. Alto, de hombros anchos, vestido con un traje que costaba más que el coche de Julián. No era Marcus. Era alguien que Julián había visto mil veces en las revistas de negocios, pero nunca tan cerca.
Era el propietario del Club Obsidian y, según los rumores, uno de los accionistas mayoritarios de de la Vega Corp. Un hombre al que todos llamaban simplemente "El Arquitecto".
-¿Dónde está Elena? -preguntó Julián, intentando que su voz no temblara.
-Elena está donde debe estar -respondió el hombre, acercándose a la mesa donde había una botella de whisky y dos vasos-. Pero hoy no hemos venido a hablar de ella. Hemos venido a hablar de ti, Julián. De tu falta de profesionalismo al observar a través de un cristal sin haber pagado el precio completo.
El Arquitecto sirvió el whisky y le tendió un vaso a Julián. Sus movimientos eran de una calma aterradora.
-Ella me envió la foto -dijo Julián, ignorando la bebida-. Ella quiere destruirme.
El hombre soltó una carcajada seca.
-Elena no quiere destruirte, Julián. Si quisiera hacerlo, ya estarías en la calle y con una orden de alejamiento. Elena tiene un problema: ha empezado a aburrirse de Marcus. Marcus es un empleado. Cumple órdenes. Pero ella necesita algo más. Necesita un oponente. Alguien que la odie lo suficiente como para querer romperla, pero que la desee lo suficiente como para no dejar que nadie más la toque.
Julián sintió un escalofrío. La paradoja era perfecta. Elena lo había elegido a él porque él era su enemigo. La sumisión no tenía sentido si no había algo real que someter.
-¿Y qué pinto yo en todo esto? -preguntó Julián.
-Tú vas a ser su nuevo "instructor". Pero con una condición -el Arquitecto se acercó tanto que Julián pudo ver el vacío en sus ojos-. Todo lo que ocurra entre esas cuatro paredes será monitorizado por mí. Yo soy el dueño del cristal, Julián. Yo observo a los observadores.
En ese momento, la puerta del dormitorio de la suite se abrió. Elena salió. Ya no llevaba el traje crema de la mañana. Llevaba un vestido de noche negro, largo, con la espalda descubierta. Se detuvo a un metro de Julián y lo miró con una intensidad que le hizo flaquear las piernas.
-Trae la cuerda, Julián -dijo ella. Su voz ya no era fría. Era una orden disfrazada de súplica.
Julián miró al Arquitecto, que se había sentado en un sillón con su vaso de whisky, como quien se prepara para ver una obra de teatro. Luego miró a Elena. El maletín en su mano se sentía como si pesara una tonelada.
Él sabía que si sacaba esa cuerda, si la tocaba, si cruzaba esa línea, ya no habría vuelta atrás a la oficina. Ya no habría informes de logística ni reuniones de presupuesto que no estuvieran teñidas por el recuerdo de su piel bajo sus manos. Sería el fin de su carrera... o el comienzo de un poder que nunca había soñado.
Julián dejó el maletín sobre la mesa. Lo abrió lentamente. El cáñamo brilló bajo la luz ámbar. Elena se acercó y, por primera vez, fue ella quien invadió su espacio. Le puso una mano en el pecho, justo sobre el corazón, que latía con una violencia salvaje.
-No me mires con miedo, Julián -susurró ella al oído-. Ayer disfrutaste viéndome caer. Hoy, vas a ser tú quien me empuje. Pero recuerda una cosa...
Ella se separó un centímetro, lo justo para que él pudiera ver el fuego en sus ojos.
-...si me dejas caer demasiado rápido, te arrastraré conmigo al fondo.
Julián tomó la cuerda. Sus dedos se cerraron sobre la textura áspera. Miró hacia el Arquitecto, que asentía con la cabeza, y luego hacia la ventana, donde Madrid parecía una galaxia de luces indiferentes.
-Date la vuelta, Elena -dijo Julián. Su voz sonó más profunda, más oscura.
Ella obedeció al instante. El juego de las máscaras había terminado. Ahora empezaba el juego del espejo. Pero lo que Julián no sabía -y lo que estaba a punto de descubrir de la forma más amarga- era que el Arquitecto no estaba allí solo para mirar. Estaba allí para asegurarse de que el nudo final fuera el que atara a los dos para siempre.