Era la misma espalda que él había visto a través del cristal de la 404, pero ahora no había vidrio que lo protegiera. No había anonimato. Solo el olor de su perfume y el sonido de su respiración, que se había vuelto más rápida, casi rítmica.
-¿A qué esperas, Julián? -preguntó ella sin girarse. Su voz conservaba ese tono de mando que usaba en las juntas, pero había una vibración nueva en ella, una grieta por la que se filtraba su verdadera necesidad.
Julián dio un paso adelante. Sus zapatos se hundieron en la alfombra mullida del hotel. El contraste entre el lujo del entorno y la brutalidad de lo que estaba a punto de ocurrir le provocaba un vértigo mareante.
-Ayer te vi arrodillada, Elena -susurró él, acercándose tanto que podía sentir el calor que emanaba de su piel-. Vi cómo te quebrabas por Marcus. Pero él es un profesional. Yo no lo soy. Yo te odio.
Ella soltó una risa ahogada, un sonido seco que murió en el aire.
-Lo sé. Por eso estás aquí. Porque tu odio es lo único que puede hacerme sentir algo más que este vacío perfecto en el que vivo.
Julián levantó la cuerda. Con un movimiento brusco, rodeó las muñecas de Elena. El contacto fue eléctrico. La piel de ella estaba fría, pero al sentir el roce áspero del cáñamo, sus músculos se contrajeron. Julián no fue delicado. Cruzó la cuerda con una fuerza que buscaba compensar cada humillación, cada informe rechazado, cada mirada de desprecio que ella le había lanzado en los últimos tres años.
-Te pasas el día midiendo márgenes de beneficio -dijo Julián mientras apretaba el primer nudo. Los nudillos de Elena se pusieron blancos-. Ahora vamos a medir tu resistencia.
Desde el fondo de la sala, se oyó el tintineo del hielo contra el cristal. El Arquitecto observaba, mudo, como un dios oscuro que disfruta del caos que ha orquestado. Su mirada pesaba sobre los hombros de Julián, recordándole que cada movimiento estaba siendo evaluado.
Julián obligó a Elena a caminar hacia el centro de la habitación, cerca de un gran espejo de marco dorado. Quería que ella viera lo que él veía. La obligó a ponerse de rodillas frente a su propio reflejo.
-Mírate, Elena -ordenó él.
Ella parpadeó, enfocando la vista en el espejo. Se vio a sí misma: el vestido de noche desordenado, las manos atadas a la espalda, y detrás de ella, al hombre que ella siempre había considerado inferior, sujetando el extremo de su soga.
-Dime qué ves -insistió Julián, tirando ligeramente de la cuerda hacia arriba, obligándola a arquear el cuello.
-Veo... a alguien que ya no tiene que fingir -respondió ella. Una lágrima solitaria surcó su mejilla, pero su mirada seguía siendo desafiante.
Esa era la paradoja. Incluso sometida, Elena de la Vega encontraba la manera de ser la dueña de la situación. Su vulnerabilidad era su mayor arma, y Julián se dio cuenta de que estaba cayendo en su trampa. Ella quería que él perdiera el control. Quería que él se convirtiera en el monstruo que ella necesitaba para purgar su culpa.
Julián soltó la cuerda y se alejó dos pasos. El cambio repentino de presión hizo que Elena se tambaleara.
-No -dijo él, con una calma que lo sorprendió hasta a sí mismo-. No voy a darte lo que quieres tan fácilmente. No hoy.
Elena se giró hacia él, con el rostro desencajado por la confusión.
-¿Qué haces?
-Ayer te castigaron por placer. Hoy vas a ser castigada por la verdad.
Julián se sentó en el borde de la cama, a la altura de sus ojos. El Arquitecto se inclinó hacia adelante en su sillón, intrigado por el cambio de dinámica.
-Háblame de la auditoría del año pasado, Elena -dijo Julián-. Háblame de cómo manipulaste los costos de transporte para que mi departamento pareciera insolvente.
Elena se quedó gélida. El erotismo de la escena se evaporó, sustituido por la crudeza de la guerra corporativa.
-Esto no tiene nada que ver con...
-Lo tiene todo que ver -la cortó él-. Quieres que sea tu Dominante en la cama, pero sigues siendo mi verdugo en la oficina. Esa es tu verdadera perversión, ¿verdad? Jugar a ser la víctima aquí para poder ser el depredador mañana a las nueve.
Julián se levantó y caminó hacia la mesa donde el Arquitecto había dejado la botella de whisky. Se sirvió un trago corto y se lo bebió de un golpe. La garganta le quemó, dándole la claridad que necesitaba.
-Si quieres que este juego continúe -continuó Julián, señalando al Arquitecto-, vas a tener que darme algo real. Vas a tener que confesar delante de nuestro "testigo" lo que hiciste con el contrato de los puertos.
Elena miró al Arquitecto, cuya expresión no cambió. Ella sabía que el Arquitecto no era solo el dueño del club; era el hombre que podía hundirla si descubría que había cometido fraude interno. El riesgo era absoluto. Julián le estaba pidiendo que pusiera su cuello en la guillotina real a cambio de un momento de liberación ficticia.
El silencio en la habitación era asfixiante. Se podía oír el zumbido del aire acondicionado y el latido desbocado de dos personas que jugaban con fuego sobre un barril de pólvora.
Elena bajó la mirada. Sus hombros se hundieron. El orgullo de la directora de logística se desmoronó por un instante.
-Lo hice -susurró-. Inflé los costos de combustible en tus rutas. Quería que el CEO viera que solo yo era capaz de gestionar la crisis. Necesitaba que tú fueras el chivo expiatorio para asegurar mi puesto en el consejo.
Julián sintió una oleada de náuseas mezclada con un triunfo amargo. Ahí estaba. La verdad desnuda, mucho más obscena que su piel.
-¿Y bien? -Julián miró al Arquitecto-. Ya lo tienes. ¿Qué vas a hacer con eso?
El Arquitecto se levantó lentamente. Caminó hacia ellos con la elegancia de una pantera. Se detuvo frente a Elena, le levantó el mentón con un dedo y luego miró a Julián.
-Lo que ocurra en esta suite, Julián, se queda en esta suite -dijo el Arquitecto con una voz de terciopelo-. La confesión de Elena es parte de su entrega. Tú has conseguido lo que querías: la has desarmado por completo. Pero ahora, ambos estáis vinculados por el mismo secreto.
El hombre se dirigió hacia la puerta de la suite.
-Os dejo solos. Julián, tienes la cuerda y tienes la verdad. Úsalas bien. Pero recuerda: mañana, en la oficina, ella volverá a ser tu jefa. Y tú volverás a ser su subordinado. La pregunta es... ¿cuál de los dos podrá aguantar la mirada del otro sin romperse?
La puerta se cerró tras él.
Julián y Elena se quedaron solos en la inmensidad de la suite. Ella seguía de rodillas, con las muñecas atadas, mirándolo con una mezcla de odio purificado y una devoción aterradora.
-Ya tienes mi confesión, Julián -dijo ella, con la voz rota-. Ya tienes mi carrera en tus manos. Ahora... haz tu trabajo.
Julián tomó la cuerda de nuevo. Pero esta vez, no había rabia en sus movimientos. Había algo mucho más peligroso: posesión. Se inclinó sobre ella, le desató las manos solo para volver a atarlas, esta vez con más cuidado, con una técnica que había aprendido observando a Marcus, pero con una intención que solo él poseía.
La noche se alargó entre susurros y sombras. Julián descubrió que el poder no residía en el dolor, sino en el conocimiento. Cada vez que ella se rendía bajo su toque, él le recordaba una humillación en la oficina, convirtiendo el trauma profesional en una moneda de cambio erótica. Estaban destruyendo sus identidades para construir algo nuevo, algo que no tenía nombre.
Horas más tarde, cuando la luz gris del amanecer empezó a filtrarse por las cortinas, Julián se vestía frente al espejo. Elena estaba tumbada en la cama, envuelta en las sábanas blancas, observándolo con los ojos entreabiertos. Parecía exhausta, vacía.
-Nos vemos a las nueve, Julián -dijo ella. Su voz volvía a recuperar esa pátina de frialdad, pero sus ojos decían otra cosa.
-A las nueve, Elena. Tenemos que hablar del presupuesto de logística.
Julián salió de la habitación y bajó al vestíbulo del hotel. El aire de la mañana estaba fresco. Mientras caminaba hacia su coche, sintió una vibración en su bolsillo.
Un mensaje nuevo. Del Arquitecto.
"Buen trabajo, Julián. Pero no te confíes. Elena no es la única que tiene secretos en esa oficina. Revisa el cajón doble de tu escritorio cuando llegues. Hay algo que Elena no sabe que yo sé."
Julián apretó el teléfono. El juego no había terminado con la confesión de Elena. Se estaba expandiendo como una mancha de aceite. Alguien lo estaba usando como un peón para algo mucho más grande que una simple rivalidad de despacho.
Y la parte más aterradora era que, a pesar del peligro, Julián estaba deseando que llegaran las nueve para volver a entrar en el laberinto.