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Exesposo, conoce a mi verdadero yo
img img Exesposo, conoce a mi verdadero yo img Capítulo 4 Necesito divorciarme
4 Capítulo
Capítulo 6 Ya no le importaba img
Capítulo 7 Fírmalos img
Capítulo 8 Conferencia de prensa img
Capítulo 9 El tema del momento img
Capítulo 10 Se negó a rendirse img
Capítulo 11 Trae de vuelta a Diana img
Capítulo 12 ¿De verdad es Diana img
Capítulo 13 Eres un talento excepcional img
Capítulo 14 ¿Crees que soy tonta img
Capítulo 15 Los negocios nunca fueron lo mío img
Capítulo 16 Diana es mi hermana img
Capítulo 17 El hombre más rico del mundo img
Capítulo 18 ¿Ahora me odias img
Capítulo 19 ¿Qué haces aquí img
Capítulo 20 Estoy muy asustado img
Capítulo 21 Vine a proponer un trato img
Capítulo 22 ¿Qué más quieres de mí img
Capítulo 23 Un trasplante de corazón img
Capítulo 24 ¿Me recuerdas img
Capítulo 25 ¿Eres idiota img
Capítulo 26 Algo salió mal, ¿no img
Capítulo 27 ¿No se trata todo de dinero img
Capítulo 28 Estás dando rienda suelta a tu imaginación img
Capítulo 29 No te lo tomes a pecho img
Capítulo 30 Haremos la cirugía img
Capítulo 31 Supongo que hoy la suerte estuvo de su lado img
Capítulo 32 Sopa de hierbas img
Capítulo 33 Mi corazón siempre ha estado con ella img
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Capítulo 4 Necesito divorciarme

Diana cerró los ojos, con una suave tristeza en su corazón.

Habían pasado tres años y se había agotado más veces de las que podía contar, pero incluso en sus días más duros se aferraba a cualquier rayo de esperanza que encontraba.

Cada vez que César sonreía, ella lo interpretaba como si significara algo más profundo.

En ese momento, la joven se dio cuenta de cómo el amor podía convertirse en una cómoda mentira. César ni siquiera tenía que levantar un dedo. Su mera existencia era suficiente para que ella cayera rendida ante su anhelo por él.

Tras tres largos años, se dio cuenta de que no podía seguir mintiéndose a sí misma y necesitaba renunciar a esa vida.

Por primera vez, durmió profundamente, libre de la enfermedad de Giovanna o de la agotadora necesidad de ganarse el favor de su esposo. La paz que encontró en sus sueños era pura y sin perturbaciones.

Cuando abrió los ojos, Teresa estaba sentada cerca, pelando una naranja. Por la puerta abierta se oían las voces de otros pacientes.

"¿Diana Carter? ¿La doctora que trabaja aquí?".

"Debe ser ella. Dicen que es la jefa del Departamento de Obstetricia y Ginecología del Hospital Benignidad. ¿Quién más encaja con esa descripción?".

"¡Vaya, de verdad es ella! ¿Deberíamos buscar otro médico? Luché con uñas y dientes para tener a este bebé. No puedo permitir que nada lo ponga en riesgo".

"Yo también estoy pensando en pedir a alguien más. ¿Te enteraste de las noticias? Corre el rumor de que esta doctora hace que sus pacientes compren costosos medicamentos herbales en una sola farmacia, y que los honorarios del tratamiento podrían costar una casa entera".

"¿En serio? ¡Eso es ridículo! ¿Hace todo esto por dinero? ¿Acaso perdió la cabeza?".

"Exacto. Ya no le queda decencia alguna. Haría cualquier cosa por dinero. Incluso oí que el hospital encubrió escándalos anteriores, pero esta vez todo estalló porque alguien de la familia Dixon resultó perjudicado por su culpa".

"¡Esto es terrible! Debería buscar otro médico. Conseguí este bebé mediante fecundación in vitro. Si le pasara algo, nunca me lo perdonaría".

"¿De qué sirve cambiar de médico? Iría a otro hospital. ¡Todos son igual de corruptos!".

Al oír aquellas duras palabras, Diana frunció el ceño.

Teresa parecía dispuesta a levantarse y enfrentarlas, con la ira brillando en sus ojos, pero Diana estiró la mano para detenerla.

"¡Diana! Déjame encargarme de esas mujeres. No saben nada y solo lanzan chismes desagradables. Tú tienes mucho más talento del que ellas jamás entenderán. ¿Cómo se atreven a hablar así?", dijo su amiga, sin poder ocultar su indignación.

Sin inmutarse por los chismes, Diana respondió: "Déjalas que hablen. Para ser sincera, comprendo sus preocupaciones. Cualquier mujer que lleva un hijo en su vientre se convierte en una leona, dispuesta a proteger cada latido y cada movimiento. No saben nada de mí, todo lo que oyen son rumores, y confían en el nombre que les parezca más seguro. Lo único que quieren todas estas madres es dar a luz a un bebé sano. Es difícil culparlas por eso".

Creía que la verdadera culpa era de quienes habían dañado su nombre y manchado la reputación del hospital.

"¿Y ahora qué?", preguntó Teresa, que siempre había admirado a su amiga. Le dolía verla juzgada de forma tan injusta. "Esto no puede seguir así. La gente tiene que saber que la habilidad de un médico es solo la mitad de la ecuación: la integridad y la confianza importan igual de mucho".

El peso de la situación dejó a Teresa con el corazón destrozado.

Cuando Giovanna o César estaban involucrados, las decisiones de Diana a veces se mezclaban con sus sentimientos.

La preocupación carcomía a Teresa, temerosa de que el corazón de su amiga la desviara del rumbo y le costara todo por lo que había trabajado.

Al ver la ansiedad grabada en el rostro de su amiga, Diana le ofreció una tranquila seguridad. "No hay por qué preocuparse. Tengo un plan y lo llevaré a cabo".

Esa respuesta no consoló mucho a Teresa.

¿Un plan?

¿Qué clase de plan?

¿Volvería Diana a tragarse la culpa y dejar que los demás la pisotearan?

Esos pensamientos la sumieron en una espiral de frustración y se llevó la cabeza a las manos, con ganas de arremeter contra algo.

Mientras tanto, Diana se guardó sus pensamientos para sí misma.

Mientras la ira de Teresa crecía, Diana dijo con un tono despreocupado: "No traje ropa conmigo. ¿Puedes comprarme algo nuevo para ponerme? Necesito divorciarme".

Al mencionar el divorcio, mantuvo una expresión serena, como si estuviera tomando una decisión que llevaba mucho tiempo considerando.

Ella nunca había sido impulsiva.

Con todo lo demás en la vida, sopesaba cada movimiento con cuidado, excepto cuando se trataba de César, por quien había renunciado a gran parte de sí misma una y otra vez.

Teresa se quedó congelada al oír esas palabras. "Diana, ¿escuché bien?". Se quedó mirándola, con los ojos muy abiertos, incapaz de procesar lo que acababa de oír.

"Necesito divorciarme. El problema es que no tengo nada que ponerme para la ocasión. ¿Podrías ayudarme con eso?", repitió la doctora, firme como siempre.

"¡Ah!". El sonido brotó de Teresa mientras abrazaba a su amiga, apretándola con tanta fuerza que parecía que la iba a asfixiar hasta que por fin se apartó.

Las lágrimas asomaban en los ojos de Teresa mientras retrocedía, con las palabras enredadas por la emoción. Consiguió soltar una risa temblorosa mientras decía: "Diana, por un segundo pensé que volverías a esa miserable vida. Estaba segura de que acabarías encadenada a ese hombre para siempre. ¡Al diablo con la familia Dixon! Divórciate y dejemos todo esto atrás. Empezaremos de nuevo, solo tú y yo".

Teresa rebuscó en su bolso el celular, mirando nerviosa a su amiga como si temiera que pudiera echarse atrás. Cuando se comunicó con su secretaria, su tono fue enérgico e insistente. "¡Esto no puede esperar! ¡Date prisa! ¡Necesito que redacten un acuerdo de divorcio ahora mismo!".

Cuando Diana dijo que no quería ninguno de los bienes de César, Teresa dudó un instante, pero luego aceptó a regañadientes. Dijo a su secretaria: "Ignora lo de los bienes. Diana no quiere nada de esa basura. Que César se quede con todo. ¡Asegúrate de que ese acuerdo de divorcio llegue al Hospital Benignidad en la próxima hora!".

Teresa terminó la llamada y se apresuró hacia la salida, gritando por encima del hombro: "¡Diana! ¡Espera! ¡Lo arreglaré todo en un abrir y cerrar de ojos!".

La aludida sonrió levemente al ver a su amiga salir corriendo.

Teresa parecía aterrorizada de que pudiera cambiar de opinión.

Cuando la puerta se cerró tras ella, la doctora marcó un número.

Últimamente, más gente se agolpaba cerca de la entrada del hospital, con cámaras en la mano, y aunque Nicolás no lo había mencionado, Diana intuía que se avecinaban problemas. La buena reputación del hospital estaba en juego, y perder la confianza de los pacientes podía provocar un sinfín de conflictos.

Eso significaba que tenía que resolver la situación de Giovanna sin demora.

Cuando estaba atada a César, Diana tenía que tener en cuenta las opiniones de la familia Dixon.

Ahora, liberada por su inminente divorcio, se sentía capaz de tomar decisiones valientes.

No perdió tiempo y se dirigió al despacho de Nicolás para presentar su renuncia.

Nicolás se quedó boquiabierto mientras rompía la carta delante de sus ojos. "¡Diana, no puedes hablar en serio! ¿Intentas provocarme un infarto? ¿Es porque te pedí que descansaras? Por favor, entiende que, con todos los chismes y tu reciente enfermedad, solo quería darte un tiempo libre. ¿Por qué demonios estás renunciando?".

Llevándose una mano al pecho, Nicolás continuó: "Me diste un buen susto. Tómate un descanso. Tu sueldo seguirá intacto y, si hay algo que tengamos que discutir, solo tienes que venir a verme. Pero prométeme que no habrá más cartas de dimisión".

La seriedad en la voz de Nicolás coincidía con la mirada severa de su rostro.

Perder a Diana estaba fuera de discusión. Era el tipo de talento que rara vez se veía: una cirujana nata cuya habilidad la distinguía del resto.

Había visto a muchos médicos quedarse paralizados antes de las operaciones, con las manos temblorosas y los nervios de punta, con el sudor empapando sus cuellos.

Sin embargo, cuando Diana entraba en el quirófano, su emoción se combinaba con la compostura. Manejaba el bisturí como un artista manejando un pincel, convirtiendo cada movimiento en un acto de creación más que en un mero procedimiento.

La medicina era algo más que un trabajo para ella. Trabajaba sin la imprudencia característica de los jóvenes, y siempre trataba cada vida que tocaba con profundo respeto.

Cualidades como estas escaseaban en la mayoría de los demás a los que había asesorado.

Dejar escapar a Diana significaría perder a alguien que parecía destinado a brillar.

Impulsado por esa idea, Nicolás espetó: "¿Se trata de Giovanna? ¿O tiene que ver con César? Solo dime cómo quieres que se manejen las cosas. Si puedo ayudar, haré yo mismo las llamadas, concertaré consultas, lo que necesites".

Sus palabras salieron atropelladas, la desesperación le secó la garganta, pero la respuesta de Diana llegó con una sonrisa de complicidad. "Señor Green, mi familia solo me dio un año de libertad, y ya me quedé más tiempo del prometido. Es hora de que vuelva a casa".

Al oír esto, Nicolás sintió que sus esperanzas se derrumbaban, como si alguien le hubiera echado un balde de agua fría.

Con una fortuna familiar de cientos de miles de millones y un sinfín de empleados que contaban con su liderazgo, no había nada que pudiera decir para retenerla.

Derrotado, Nicolás recogió los trozos de su carta de renuncia del bote de basura y la miró con tristeza. "De acuerdo, te dejaré ir, pero te prometo algo. Si alguna vez decides volver, siempre serás bienvenida aquí".

Antes de que pudiera responder, Nicolás añadió: "Y si alguna vez desarrollas un nuevo tratamiento, tienes que compartirlo con nosotros primero. Este siempre será tu hogar".

La sonrisa de Diana se suavizó. "Lo prometo".

La noticia se extendió rápidamente y, cuando el departamento se enteró de que se marchaba, un lamento colectivo recorrió a sus colegas.

Diana hizo una reverencia en señal de gratitud. "Gracias a todos por la amabilidad y el apoyo que me han mostrado durante los últimos tres años. Aprecio de verdad todo lo que han hecho. Espero que volvamos a vernos pronto. Antes de irme, me aseguraré de resolver la situación con Giovanna, para que nadie tenga que preocuparse".

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