Nathan Hall descendió por el ascensor blindado acompañado por dos agentes. Sentía el peso de la gravedad no en el cuerpo, sino en la conciencia. Había pasado de observar estrellas a cargar con la posibilidad del fin de la humanidad.
Las puertas se abrieron.
La sala era circular, amplia, con una mesa negra pulida que parecía absorber la luz. Doce asientos estaban ocupados. Presidentes. Primeros ministros. Secretarios generales. Cada uno representaba a millones de vidas... y a millones que quizás no sobrevivirían.
En el centro, una pantalla holográfica mostraba al asteroide girando lentamente.
-Damas y caballeros -dijo una voz neutra-, queda abierta la sesión extraordinaria del Consejo de Continuidad Humana.
Nathan tragó saliva. Ese nombre no existía en ningún tratado internacional. Había sido creado esa misma semana.
La presidenta de Alemania fue la primera en hablar.
-Confirmemos lo esencial antes de continuar -dijo-. ¿Es irreversible?
Elaine Porter, sentada junto a Nathan, asintió.
-Sí. Todos los modelos coinciden. No existe tecnología actual ni proyectada que pueda desviar o destruir el objeto sin empeorar el impacto.
-¿Y la evacuación planetaria parcial? -preguntó el primer ministro japonés-. Refugios subterráneos, estaciones espaciales...
-Insuficientes -respondió Nathan, tomando la palabra-. El invierno de impacto duraría décadas. La radiación, los terremotos y la alteración atmosférica harían inviable la vida compleja en la superficie. No es una crisis. Es un reinicio forzado.
Un murmullo recorrió la mesa.
-Entonces estamos aquí para decidir -dijo el presidente de Brasil- si aceptamos la extinción... o si intentamos sobrevivir como especie.
-No es tan simple -intervino la presidenta francesa-. Cualquier intento de salvar a unos condena a otros.
-La inacción condena a todos -respondió un líder africano-. Esa diferencia importa.
El debate comenzó a elevarse. Ciencia contra ética. Realismo contra esperanza. Cada argumento chocaba con otro igual de válido.
Nathan observaba en silencio. Pensaba en Emily. En millones de niños que nunca sabrían por qué el cielo había decidido caerles encima.
Finalmente, un hombre de cabello canoso, representante de la ONU, levantó la mano.
-Hablemos del proyecto que se nos ha presentado -dijo-. El llamado Proyecto Aurora.
La pantalla cambió. Apareció el diseño preliminar de una nave colosal: anillos giratorios, módulos de hábitat, jardines internos, zonas de criogenia, reservas genéticas.
-No es solo una nave -explicó Elaine-. Es una ciudad autosuficiente. Capaz de albergar aproximadamente al sesenta por ciento de la población humana actual... si se construye con recursos globales y sin restricciones presupuestarias.
-¿Sesenta por ciento? -repitió el presidente ruso-. ¿Y el resto?
El silencio fue absoluto.
-El resto... -dijo Elaine con dificultad- enfrentará el impacto en la Tierra.
Algunas miradas se desviaron. Otras se endurecieron.
-¿Quién decide quién sube? -preguntó la presidenta de India.
Nathan respondió, aunque sabía que su respuesta no aliviaría nada.
-La supervivencia no puede basarse solo en poder o dinero. Debe priorizar conocimiento, salud, diversidad genética, capacidad de reconstrucción. Científicos, médicos, ingenieros, agricultores, educadores... y representación cultural.
-¿Y los pobres? -preguntó el líder de un país pequeño-. ¿Los invisibles?
-No todos quedarán fuera -dijo Elaine-. Pero no todos podrán entrar.
La palabra selección flotó en la sala como un veneno.
-Esto es jugar a ser Dios -dijo una presidenta con la voz quebrada.
-No -respondió Nathan-. Es admitir que no lo somos.
La reunión continuó durante horas. Se discutieron cuotas nacionales, equilibrio demográfico, protocolos de silencio, cronogramas de construcción. Cada decisión era una herida nueva.
Finalmente, llegó el momento inevitable.
-Debemos votar -anunció el representante de la ONU-. O intentamos el Proyecto Aurora... o aceptamos el fin total.
Uno a uno, los líderes activaron sus paneles.
China: Sí
Estados Unidos: Sí
Unión Europea: Sí
India: Sí
Rusia: Sí
Brasil: Sí
El resultado fue unánime.
El Proyecto Aurora había nacido.
Nathan sintió un nudo en el estómago. No hubo aplausos. No hubo alivio. Solo una certeza pesada: habían elegido salvar a la humanidad... al costo de la humanidad misma.
-A partir de este momento -dijo el representante de la ONU-, esta información queda clasificada al más alto nivel. La población no será informada hasta que la nave esté operativa. El pánico destruiría cualquier posibilidad de éxito.
-¿Cuánto tiempo? -preguntó alguien.
-Dieciocho meses -respondió Elaine-. Luego, el mundo deberá saber.
Nathan miró la proyección de la nave una última vez.
-¿Cómo se llamará? -preguntó en voz baja.
El ingeniero asiático, presente como asesor, respondió:
-Aurora. Porque incluso después de la noche más larga... la luz puede volver.
La sesión se dio por terminada.
Mientras los líderes abandonaban la sala, Nathan permaneció sentado unos segundos más. Pensó en la paradoja: estaban construyendo un arca para salvar la vida... ocultando la verdad a quienes no subirían.
-¿Crees que nos perdonarán? -preguntó Elaine, quedándose a su lado.
Nathan negó lentamente.
-No -dijo-. Pero quizá... si sobrevivimos, podamos recordarles. Y eso tendrá que ser suficiente.
Arriba, el lago seguía tranquilo. Los turistas caminaban por la orilla. El mundo continuaba ignorante, ajeno a la decisión que acababa de sellar su destino.
En algún lugar lejano del espacio, el asteroide seguía su curso.
Y ahora, la humanidad también.