En una sala sin ventanas, iluminada por luces blancas y frías, una docena de expertos observaba en silencio una proyección holográfica. El objeto flotaba frente a ellos, rotando lentamente. Sus dimensiones desafiaban cualquier antecedente registrado.
-Confirmen otra vez los cálculos -ordenó la directora del centro, Dra. Elaine Porter, con voz firme, aunque sus manos delataban tensión.
Un joven analista tecleó con rapidez.
-Ya lo hicimos cinco veces, doctora. Usamos modelos independientes, simulaciones externas y correcciones gravitacionales. Todas coinciden.
Elaine apretó los labios.
-¿Impacto?
-Directo -respondió el analista-. Pacífico Norte. Ventana estimada: junio de 2028. Margen de error: menos de tres semanas.
El silencio que siguió fue denso, casi físico.
-¿Opciones? -preguntó alguien al fondo de la sala.
El ingeniero jefe de propulsión negó lentamente con la cabeza.
-Ninguna viable. No hay motor, arma ni sistema de desviación que funcione con un objeto de ese tamaño. Cualquier intento de fragmentarlo solo multiplicaría el daño.
La palabra extinción flotó en el aire, aunque nadie se atrevió a pronunciarla.
Elaine respiró hondo.
-Contacten al Consejo de Seguridad Nacional. Ahora.
A miles de kilómetros de distancia, Nathan Hall permanecía sentado en el observatorio McAllister. Había enviado los datos y recibido la orden de silencio, pero no logró dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía la trayectoria roja cruzando el planeta azul.
A las cuatro de la madrugada, su teléfono vibró.
-Doctor Hall -dijo una voz distinta, más grave-. Soy Richard Monroe, asesor científico de la Casa Blanca. Necesitamos que venga a Washington de inmediato.
-¿Cuánto tiempo tenemos? -preguntó Nathan sin rodeos.
Hubo una breve pausa.
-Menos del que desearíamos. Más del que merecemos.
El avión gubernamental aterrizó antes del amanecer. Nathan fue escoltado sin preguntas ni explicaciones. Pasó por controles que jamás había visto, firmó documentos que no leyó y atravesó pasillos que parecían no existir en los planos oficiales.
Finalmente, entró en una sala circular.
Allí estaban.
Representantes del Pentágono. Altos mandos de la NASA. Científicos de renombre mundial. Y, proyectados en pantallas gigantes, líderes de otras potencias: China, Rusia, Francia, Reino Unido, India.
El mundo estaba reunido... en secreto.
-Doctor Hall -dijo Elaine Porter al verlo-. Gracias por venir.
Nathan observó los rostros tensos, cansados, incrédulos.
-No vine por agradecimientos -respondió-. Vine porque el planeta está condenado si no hacemos algo.
Un general estadounidense tomó la palabra.
-Explique el descubrimiento con sus propias palabras.
Nathan avanzó al centro de la sala. Activó la proyección. El asteroide apareció, inmenso y silencioso.
-No es un cometa ni un fragmento errante -comenzó-. Es un objeto primigenio, probablemente de la nube de Oort. Su masa supera cualquier escenario contemplado en protocolos de defensa planetaria. No podemos desviarlo. No podemos destruirlo. Solo podemos... prepararnos.
-¿Prepararnos para qué? -preguntó una voz desde la pantalla china.
Nathan dudó un segundo.
-Para sobrevivir -dijo finalmente-. O, al menos, para preservar algo de la humanidad.
Las palabras cayeron como un golpe seco.
-¿Está diciendo que debemos rendirnos? -intervino un diplomático ruso.
-No -respondió Nathan-. Digo que debemos dejar de fingir que somos dioses. La ciencia tiene límites. Este... -señaló la proyección- está más allá de ellos.
Elaine Porter tomó la palabra.
-Hemos analizado todas las alternativas. Impacto en el océano, en continente, incluso desviaciones mínimas. Todas conducen a un colapso global: tsunamis, terremotos, incendios atmosféricos, un invierno prolongado. Miles de millones morirán.
-¿Cuántos sobrevivirían? -preguntó alguien.
Elaine bajó la mirada.
-Ninguna proyección supera el treinta por ciento... y eso en escenarios optimistas.
Un murmullo recorrió la sala.
-Entonces es oficial -dijo el asesor Monroe-. La civilización no sobrevivirá intacta.
Nathan sintió un peso en el pecho.
-No intacta -corrigió-. Pero quizá no totalmente perdida.
Los líderes intercambiaron miradas.
-Explíquese -dijo la presidenta francesa.
Nathan respiró hondo.
-Si no podemos salvar el planeta... tal vez podamos salvar a la especie.
Horas después, en una sala más pequeña, Nathan permanecía sentado junto a Elaine Porter y un reducido grupo de científicos. Sobre la mesa, no había hologramas ni mapas. Solo una pregunta escrita en una pizarra blanca:
¿QUIÉN VIVE?
-No podemos decírselo al mundo -dijo Elaine-. El pánico destruiría cualquier intento de organización.
-Pero tampoco podemos decidir esto solos -replicó Nathan-. No somos dioses.
-Alguien tendrá que serlo -respondió Monroe con frialdad.
Un ingeniero asiático, hasta entonces en silencio, habló por primera vez.
-Si aceptamos que el impacto es inevitable, debemos pensar en preservación. Genética, conocimiento, cultura. No solo cuerpos.
-¿Está proponiendo una evacuación? -preguntó Elaine.
-No -dijo el ingeniero-. Estoy proponiendo un arca.
La palabra resonó con fuerza.
-¿Un arca? -repitió Nathan.
-Una nave interestelar -continuó-. Capaz de albergar a millones. No para huir por siempre, sino para esperar... y comenzar de nuevo.
El silencio volvió a caer.
Nathan pensó en la historia. En el relato antiguo. En un hombre construyendo un arca mientras el mundo se burlaba.
-¿Cuánto tiempo necesitaríamos? -preguntó.
-Dos años, trabajando al límite -respondió el ingeniero-. Con recursos globales. Sin transparencia pública.
Elaine cerró los ojos.
-Eso significa elegir -dijo-. Seleccionar quién sube... y quién se queda.
Nadie respondió.
En algún lugar del planeta, el sol comenzaba a salir. La humanidad seguía con su rutina diaria, ajena a la reunión que acababa de sellar su destino.
Nathan miró nuevamente la pregunta en la pizarra.
¿Quién vive?
No tenía respuesta.
Y sabía que, cualquiera que fuera, dejaría cicatrices imposibles de borrar.