No vestía uniforme militar ni bata científica. Su ropa era sencilla, casi fuera de lugar en aquel centro de tecnología extrema. Tenía poco más de cuarenta años, rasgos serenos y una mirada que parecía haber aprendido a escuchar antes de hablar.
El libro que sostenía no era técnico ni confidencial.
Era una Biblia vieja y muy gastada, con páginas subrayadas y bordes doblados por el uso.
-"Hazte un arca de madera..." -leyó en voz baja- "...porque he decidido poner fin a todo ser viviente."
Cerró el libro con cuidado.
No era fanatismo lo que lo había traído allí. Tampoco ingenuidad. Adriel Chen había sido ingeniero aeroespacial durante veinte años, especializado en estructuras autosustentables y hábitats cerrados. Había trabajado en estaciones orbitales, colonias lunares experimentales y proyectos que nunca salieron a la luz pública.
Pero también era creyente.
No de los que gritaban su fe. De los que la cargaban como una responsabilidad.
Un golpe suave en la puerta interrumpió su silencio.
-Adelante -dijo.
Nathan Hall entró, acompañado por la doctora Elaine Porter. Ambos parecían agotados, como si el peso del mundo se hubiera depositado sobre sus hombros.
-Gracias por venir, Adriel -dijo Elaine-. Sabemos que su agenda es... limitada.
-Cuando el mundo se acaba, todos tenemos tiempo -respondió él con una leve sonrisa.
Nathan lo observó con curiosidad.
-Nos dijeron que usted tenía una propuesta -dijo-. Algo distinto a lo que hemos visto hasta ahora.
Adriel asintió.
-No es distinta en lo técnico -respondió-. Es distinta en lo humano.
Activó una pantalla lateral. Apareció el diseño preliminar de la nave Aurora, pero algo había cambiado. No era solo una estructura funcional. Había espacios verdes, zonas abiertas, módulos circulares que imitaban ecosistemas naturales.
-Esto no puede ser solo una nave -explicó-. Tiene que ser un mundo.
Elaine cruzó los brazos.
-Eso ya lo sabemos. Pero el tiempo...
-El tiempo no es el problema -la interrumpió Adriel-. El problema es qué tipo de humanidad queremos que sobreviva.
Nathan frunció el ceño.
-Explíquese.
Adriel tomó aire.
-Si construimos una nave solo para conservar cuerpos, fracasaremos. La presión psicológica, la culpa, la desigualdad... nos destruirán antes de llegar a cualquier destino. Necesitamos propósito. Necesitamos algo que trascienda la supervivencia.
Elaine lo miró con cautela.
-¿Está sugiriendo religión como solución?
-No -respondió Adriel con calma-. Estoy sugiriendo significado.
Caminó hacia la pantalla y señaló el núcleo de la nave.
-Un arca no es solo una estructura que flota. Es un pacto. Un recordatorio de por qué seguimos adelante cuando todo se pierde.
Nathan guardó silencio. Las palabras resonaban más de lo que estaba dispuesto a admitir.
-¿Por eso el nombre? -preguntó-. ¿Arca?
Adriel asintió.
-Arca 47 -dijo-. No por superstición, sino por memoria. Porque la humanidad ya contó esta historia una vez: cuando el mundo se volvió inhabitable y alguien decidió salvar vida, no poder.
Elaine suspiró.
-Los líderes no aceptarán referencias bíblicas. Ya tenemos suficiente presión política.
-No se trata de imponer fe -respondió Adriel-. Se trata de reconocer nuestras raíces. Ciencia y espiritualidad no son enemigas. Ambas nacen de la misma pregunta: ¿por qué estamos aquí?
Nathan observó el diseño nuevamente. Jardines interiores. Zonas de silencio. Espacios comunitarios sin jerarquías visibles.
-¿Cree que esto evitará el caos? -preguntó.
-No -dijo Adriel-. Pero nos dará una oportunidad de no repetir los mismos errores.
Elaine se sentó lentamente.
-Usted sabe que, si seguimos esta línea, será vigilado -advirtió-. Y cuestionado.
-Lo he sido toda mi vida -respondió Adriel-. No empiezo ahora.
Un silencio respetuoso llenó la sala.
-Hay algo más -añadió Adriel-. La selección.
Nathan levantó la mirada.
-No podemos basarla solo en utilidad técnica -continuó-. Necesitamos personas que cuiden, que enseñen, que acompañen. Músicos. Maestros. Líderes espirituales. No para gobernar... sino para sostener.
Elaine cerró los ojos un instante.
-¿Sabe cuántos conflictos generará eso?
-Sí -respondió Adriel-. Pero menos que una humanidad sin alma.
Nathan se levantó y caminó hacia la ventana reforzada. Afuera, la tormenta continuaba.
-Cuando era niño -dijo-, mi madre me leía la historia del arca. Yo le preguntaba por qué Dios no salvó a todos.
Adriel lo miró.
-¿Y qué le respondió?
-Que incluso Dios respetó la libertad humana -dijo Nathan-. Que no obligó a nadie a entrar.
La frase quedó suspendida entre ellos.
Elaine rompió el silencio.
-Presentaremos su propuesta al consejo -dijo-. No prometo que la acepten.
-No busco promesas -respondió Adriel-. Solo que recuerden que, si sobrevivimos, no será por acero y motores... sino por lo que llevemos dentro.
Horas después, Nathan caminaba solo por los pasillos del complejo. Pensaba en la ironía: estaban construyendo la máquina más avanzada jamás creada... inspirados por un relato antiguo.
Tal vez no era contradicción.
Tal vez era coherencia.
En algún punto del planeta, millones de personas seguían viviendo sin saber que un arca estaba naciendo bajo el hielo islandés.
Y sin saber que, al igual que en la historia antigua, no todos serían llamados.