-Entra -dijo la voz de Gabriel. No era una pregunta.
Sofía se puso de pie, sus piernas todavía sentían el eco fantasma del temblor de la mañana. Al abrir la puerta, lo encontró sentado no detrás del escritorio, sino en el borde del mismo, con las piernas estiradas y cruzadas por los tobillos, aflojándose la corbata de seda negra.
La oficina estaba en penumbra, solo iluminada por el resplandor de la ciudad nocturna a través del inmenso ventanal. Gabriel la miró, sus ojos grises brillando con una intención oscura.
-Cierra la puerta con seguro -ordenó.
Sofía obedeció, el clic del cerrojo sonó como una sentencia.
-Acércate.
Ella caminó hasta quedar a un metro de él, entre sus piernas abiertas. Podía olerlo: sándalo, café caro y esa feromona masculina y agria que le revolvía el estómago de deseo.
Gabriel no la tocó. Simplemente la escaneó de arriba abajo.
-Dijiste que eras una profesional -murmuró, su voz ronca bajando de tono-. Vamos a ver qué tan comprometida estás con tu puesto. Desnúdate.
El aire se congeló en los pulmones de Sofía.
-Señor Thorne, yo...
-Obediencia absoluta, Sofía. ¿Lo recuerdas? -la interrumpió, su tono endureciéndose-. No voy a repetirlo. Quítate esa ropa ridícula. Quiero ver si las marcas que dejé siguen ahí.
Sofía tragó saliva, sus manos temblando mientras iban a los botones de su blusa. Uno a uno, cayeron. La falda se deslizó al suelo. El sujetador y las bragas siguieron. En menos de un minuto, estaba completamente desnuda en medio de la oficina del CEO, expuesta al aire acondicionado y a su mirada voraz.
Gabriel dejó escapar un suspiro áspero. Sus ojos recorrieron su cuerpo como manos físicas. Se detuvo en sus senos, redondos y pálidos, con los pezones endurecidos y oscuros por el frío y la excitación. Bajó por su vientre plano hasta el triángulo de vello castaño claro y los muslos internos, donde las marcas violáceas de sus dedos de la noche anterior destacaban contra la piel blanca como pinturas de guerra.
-Preciosa -gruñó él-. Date la vuelta.
Ella giró lentamente. Gabriel extendió la mano y trazó con un dedo caliente la curva de sus nalgas, haciendo que ella arqueara la espalda involuntariamente.
-De rodillas -ordenó él, dando un golpecito en el suelo alfombrado.
Sofía se arrodilló entre sus piernas, sintiéndose pequeña, vulnerable y terriblemente excitada. Gabriel no perdió el tiempo. Se desabrochó el cinturón y bajó la cremallera. Cuando liberó su erección, Sofía contuvo el aliento.
Estaba duro como una roca, grueso y palpitante, con venas azules marcadas que recorrían el tronco hasta un glande ancho y rojizo que ya brillaba con una gota de fluido preseminal. El olor a sexo, almizcle y hombre llenó las fosas nasales de Sofía, embriagándola.
-Cómeme -dijo él, poniendo una mano en la nuca de ella-. Sírveme.
Sofía no necesitó más invitación. Abrió la boca y envolvió la cabeza de su pene con sus labios, probando el sabor salado y metálico de su deseo. Gabriel siseó, sus dedos apretándose en su cabello. Ella comenzó a mover la cabeza, su lengua trazando el frenillo sensible, chupando con fuerza mientras intentaba acomodar el grosor de él en su garganta.
Él se movió, empujando sus caderas hacia adelante, forzándola a aceptarlo más profundo, controlando el ritmo con la mano en su cabeza. Sofía gemía alrededor de él, la fricción de su dureza contra su paladar y lengua enviando descargas eléctricas a su propia entrepierna, que ya estaba empapada.
-Eso es... buen chica -jadeó Gabriel, mirando hacia abajo cómo ella lo devoraba-. Eres mía.
Antes de que pudiera llegar al límite, él la detuvo. La agarró por los brazos y la levantó como si no pesara nada, sentándola sobre el escritorio de madera fría, apartando papeles y bolígrafos con un barrido de su brazo.
Empujó sus rodillas para abrirlas de par en par, exponiendo su intimidad a la luz de la ciudad.
-Ahora es mi turno -susurró, arrodillándose ante ella.
Gabriel agarró sus caderas y hundió la cara directamente en su entrepierna.
El primer contacto de su lengua ancha y áspera contra su clítoris hizo que Sofía gritara, echando la cabeza hacia atrás. Gabriel no tuvo piedad. Separó sus labios vaginales con los pulgares, exponiendo la carne rosada y húmeda, y lamió desde la entrada vaginal hasta el botón sensible con una presión experta.
Su lengua era implacable. Se adentraba en ella, imitaba el acto sexual, y luego volvía a torturar su clítoris con movimientos rápidos y circulares. Sofía se retorcía sobre el escritorio, sus manos agarrando el cabello negro de él, sus talones golpeando la madera cara.
-Por favor... Gabriel... -gimió ella, olvidando el "señor Thorne".
El sonido de su nombre en los labios de ella pareció encenderlo más. Succionó su clítoris con fuerza, mientras introducía dos dedos dentro de ella, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto que la haría estallar.
La combinación de su lengua y sus dedos fue devastadora. La tensión se acumuló en el vientre de Sofía como un resorte a punto de romperse.
-Córrete para mí -ordenó él contra su piel mojada, la vibración de su voz enviándola al abismo.
El orgasmo la golpeó con una violencia cegadora. Sofía gritó, su cuerpo convulsionándose, sus paredes internas apretando los dedos de Gabriel mientras los fluidos de ella empapaban la barbilla y la boca del hombre más poderoso de la ciudad.
Gabriel no se detuvo hasta que ella quedó completamente laxa, jadeando, con la piel brillante de sudor.
Él se puso de pie lentamente, limpiándose la boca con el dorso de la mano, con una mirada de satisfacción salvaje. Se subió la cremallera, ocultando su propia erección dolorosa. No había terminado, pero el juego de control era más importante que el alivio inmediato.
-Vístete -dijo, su voz volviendo a ser fría, aunque sus ojos seguían ardiendo-. Mañana tienes mucho trabajo.
Se giró hacia el ventanal, dándole la espalda mientras ella bajaba del escritorio con las piernas temblorosas, buscando su ropa esparcida por el suelo.
Sofía se vistió apresuradamente, sintiendo la humedad en su ropa interior como un secreto sucio y delicioso. Cuando llegó a la puerta, se detuvo.
-Buenas noches, señor Thorne.
Gabriel no se giró.
-Descansa, Sofía. El verdadero trabajo apenas comienza.
Cuando la puerta se cerró, Sofía supo que estaba perdida. No solo su carrera estaba en juego. Su cuerpo, su voluntad y tal vez su cordura, ahora le pertenecían a él.