Sofía se ajustó el abrigo. Debajo, llevaba el vestido que había llegado a su apartamento esa misma mañana en una caja negra con una nota simple: "Úsalo. Y nada debajo".
Era un vestido de seda color esmeralda, con una caída fluida y una falda que se abría peligrosamente con cada paso. La brisa de la pista le acarició los muslos desnudos, recordándole su vulnerabilidad. No llevaba sujetador. No llevaba bragas. Solo seda y piel.
-Llegas tarde -dijo Gabriel cuando ella llegó a su altura, aunque sus ojos brillaron al ver cómo el viento jugaba con la tela de su vestido.
-El tráfico, señor Thorne.
Él le tendió la mano para ayudarla a subir. Su agarre fue firme, caliente.
-En París serás "Gabriel" -murmuró cerca de su oído mientras subían-. Y espero que hayas seguido mis instrucciones al pie de la letra.
Dentro, el avión era un apartamento volador. Sofás de cuero crema, madera pulida y una azafata rubia que les ofreció champán antes de desaparecer en la cabina delantera, dejándolos en una privacidad absoluta.
Gabriel se sentó en uno de los amplios sillones de cuero y señaló el asiento frente a él.
-Siéntate.
En cuanto el avión despegó y alcanzaron la altura de crucero, el cinturón de seguridad de Gabriel se soltó con un clic metálico. Se sirvió un trago de whisky, hizo girar el líquido ámbar y clavó sus ojos en ella.
-Ven aquí.
Sofía se levantó. El suelo del avión vibraba suavemente bajo sus pies descalzos (se había quitado los tacones al subir). Caminó hacia él. Gabriel giró su sillón para quedar frente al pasillo y separó las rodillas.
-Comprobación de inventario -dijo con una sonrisa arrogante-. Ábrete el vestido.
Sofía tragó saliva. La cabina estaba iluminada por la luz dorada del atardecer que entraba por las ventanillas ovaladas. Lentamente, llevó las manos a la cinta que ataba el vestido a su cintura y tiró.
La seda se abrió como un telón.
Gabriel dejó el vaso sobre la mesa lateral sin apartar la vista. Sofía estaba completamente desnuda bajo la tela verde que ahora colgaba de sus hombros. Sus pechos, con los pezones rosados y endurecidos por el aire acondicionado de la cabina, subían y bajaban con su respiración agitada. Su vientre plano, sus caderas curvas y el vello castaño perfectamente recortado entre sus piernas estaban a su merced.
-Hermosa -susurró él. Extendió la mano y pellizcó suavemente uno de sus pezones. Sofía jadeó-. Y obediente. Me gusta.
Él la agarró de la cintura y la atrajo hacia él hasta que ella quedó de pie entre sus piernas abiertas.
-Súbete una pierna al reposabrazos -ordenó.
Sofía obedeció, levantando la pierna izquierda y apoyando el pie en el brazo del sillón. La postura la abría completamente, exponiendo sus labios vaginales rosados y húmedos a la vista de Gabriel.
Él se inclinó hacia adelante, su aliento caliente rozando la piel de su muslo interno.
-Estás goteando, Sofía. ¿Pensando en mí?
Antes de que ella pudiera responder, Gabriel atacó.
No usó las manos. Fue directo con la boca.
Su lengua, ancha y experta, lamió desde abajo hacia arriba, recogiendo el néctar que ella ya estaba produciendo. Sofía echó la cabeza hacia atrás, agarrándose al reposacabezas del asiento para no caerse, mientras las turbulencias del avión se mezclaban con las sacudidas de placer que él le provocaba.
Gabriel comía con hambre. Separó los labios de su sexo con la nariz y la lengua, buscando el clítoris y succionándolo con fuerza. El sonido de su succión, húmedo y obsceno, llenó la cabina silenciosa.
-Gabriel... por favor... la azafata... -gimió ella, con miedo de que alguien entrara.
-La puerta está cerrada. Eres mía -murmuró él contra su piel mojada, y luego introdujo dos dedos dentro de ella mientras seguía torturando su clítoris con la lengua.
La sensación de ser llenada a 10.000 metros de altura era indescriptible. Gabriel movía los dedos con un ritmo curvo, "ven aquí", estimulando su punto G con una precisión cruel, mientras su boca no le daba tregua al exterior.
Las piernas de Sofía temblaban violentamente. La presión se acumuló rápido, demasiado rápido.
-Mírame mientras te corres -ordenó Gabriel, separándose un momento para mirarla. Tenía la barbilla brillante con los fluidos de ella.
Volvió a hundir la cara entre sus piernas, esta vez aumentando la velocidad, chupando y lamiendo con una intensidad devoradora.
Sofía gritó, un sonido agudo que se perdió en el zumbido de los motores. El orgasmo la atravesó como un rayo, sus paredes vaginales contrayéndose fuertemente alrededor de los dedos de Gabriel. Se corrió con fuerza, empapando la cara y la mano de él, sus rodillas cediendo hasta que tuvo que dejarse caer sobre el regazo de él, completamente agotada.
Gabriel la sostuvo contra su pecho, acariciando su cabello mientras ella recuperaba el aliento. Él ni siquiera se había desabrochado el pantalón. Su satisfacción venía de controlarla, de saber que podía hacerla pedazos en cualquier lugar, incluso en el cielo.
-Buen viaje, Sofía -susurró en su oído, besando su sien-. Ahora, descansa un poco. Necesitarás energía para cuando aterricemos en París. Tengo una suite reservada con una vista preciosa... y paredes muy gruesas.