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El Heredero Prohibido del Alpha CEO
img img El Heredero Prohibido del Alpha CEO img Capítulo 3 Bienvenida a la mansión Redd
3 Capítulo
Capítulo 6 El secreto de los Malhore img
Capítulo 7 La Cenicienta de sangre img
Capítulo 8 El heredero ha llegado img
Capítulo 9 Mentiras sobre mentiras img
Capítulo 10 No puedes huir de un Redd img
Capítulo 11 Reclamar lo que es mío img
Capítulo 12 El precio de llevar a un Redd img
Capítulo 13 El regreso del hermano prohibido img
Capítulo 14 Celos en el ático img
Capítulo 15 La traición de la madre img
Capítulo 16 Placer y castigo img
Capítulo 17 El sonido que lo cambió todo img
Capítulo 18 Veneno en la copa img
Capítulo 19 No me dejes, Jeane img
Capítulo 20 Tu cuerpo es mi único templo img
Capítulo 21 Propiedad exclusiva de los Redd img
Capítulo 22 Pecados sobre el altar img
Capítulo 23 La primera Sra.Redd img
Capítulo 24 Consuelo prohibido img
Capítulo 25 El regreso del pasado img
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Capítulo 3 Bienvenida a la mansión Redd

POV DE JEANE

El coche negro que me transportaba parecía un ataúd de lujo deslizándose por las colinas más exclusivas de la ciudad. A través de los cristales tintados, el mundo se veía gris, una metáfora perfecta para mi nueva realidad. No llevaba maletas. Asher se había encargado de recordarme que nada de mi "pobre y patética vida anterior" tenía cabida en su imperio.

Cuando los enormes portones de hierro forjado con la letra R se abrieron, contuve el aliento. La Mansión Redd no era una casa; era un monumento a la arrogancia. Una estructura de mármol blanco y cristal que se alzaba contra el cielo como un desafío.

El chofer detuvo el vehículo frente a la escalinata principal. Al bajar, el aire de la montaña me golpeó el rostro, pero no se sentía fresco. Se sentía pesado.

-Bienvenida a casa, señora Redd -dijo el chofer con una voz monótona que me dio escalofríos.

-No me llame así -susurré, pero él ya estaba cerrando la puerta.

Caminé hacia la entrada, pero un destello de movimiento a mi derecha me hizo girar la cabeza. Más allá de los setos perfectamente podados que delimitaban la propiedad, se alzaba otra mansión, casi tan imponente como la de Asher. En el balcón, una mujer de cabellos rubios platinados y un vestido rojo que gritaba "dinero" me observaba. Sostenía una copa de cristal y, al cruzar miradas conmigo, no me dedicó una sonrisa, sino una mueca de puro veneno.

-¿Quién es ella? -le pregunté a la mujer mayor que me esperaba en la puerta, vestida con un uniforme de ama de llaves impecable.

-Es la señorita Bianca Thorne, la dueña de la propiedad colindante -respondió la mujer sin emoción-. Y la mujer que, hasta hace dos semanas, iba a ocupar su lugar como la esposa del señor Redd.

El primer golpe del día. Asher no solo me había comprado, sino que me había instalado justo en frente de la mujer que había despreciado por mí. No era una coincidencia. A Asher Redd no le bastaba con ganar; necesitaba que todos los que lo rodeaban vieran cómo movía las piezas a su antojo. Bianca Thorne no era solo una vecina; era un recordatorio constante de que yo solo era una herramienta en un juego de poder.

-Sígame, señora -ordenó la mujer, cuyo nombre supe después era la señora Halloway-. El señor la espera arriba.

El interior de la mansión era aún más frío que el despacho de Asher. Arte abstracto que parecía gritar de dolor en las paredes y suelos tan pulidos que temía dejar la marca de mi propia desesperación en ellos. Subimos por una escalera de caracol que parecía no tener fin hasta llegar a un pasillo iluminado por luces tenues.

-Esta es su suite -dijo Halloway, abriendo una puerta de madera de nogal.

La habitación era inmensa. Una cama king size vestida con sábanas de seda color perla, un vestidor que parecía una boutique de París y una vista impresionante a los jardines. Pero algo no encajaba. Mis ojos recorrieron las paredes de papel tapiz caro hasta que se detuvieron en una puerta de madera oscura en la esquina opuesta a la entrada principal.

Caminé hacia ella y puse la mano en el pomo. Estaba cerrada.

-¿A dónde lleva esto? -pregunté.

-Esa puerta comunica directamente con el ala privada del señor Redd -respondió la voz profunda y vibrante de Asher tras de mí.

Di un salto, girándome para encontrarlo apoyado en el marco de la entrada principal. Se había quitado la chaqueta del traje y tenía los primeros botones de su camisa blanca desabrochados. Se veía menos como un CEO y más como un hombre que acababa de regresar de una cacería exitosa.

-¿Comunica con tu habitación? -mi voz tembló-. Quiero una llave. Ahora mismo.

Asher caminó hacia mí con esa parsimonia que me ponía los pelos de punta. Se detuvo frente a la puerta secreta y golpeó la madera con los nudillos.

-No hay llaves, Jeane. Al menos no para ti. El cerrojo solo funciona desde mi lado. Yo decido cuándo se abre. Yo decido cuándo entro.

-¡Eso es una invasión! -exclamé, golpeando su pecho con un puño cerrado que él atrapó con una facilidad insultante-. El contrato decía convivencia, no... no esto.

-El contrato dice que eres mi esposa -me recordó, apretando mis dedos con una fuerza que no llegaba a doler, pero que me mantenía anclada a él-. Y una esposa no tiene secretos para su marido. Esta puerta estará abierta cada noche. No esperaré a que me des permiso para reclamar lo que es mío por derecho legal y biológico.

Me soltó bruscamente y se dirigió a una pequeña caja de terciopelo azul que descansaba sobre la cómoda.

-Halloway -llamó Asher.

El ama de llaves y dos sirvientas más entraron en la habitación de inmediato, formando una fila perfecta al pie de la cama. Sus miradas estaban fijas en el suelo, como si temieran que respirar demasiado fuerte pudiera molestar al amo de la casa.

-Quiero que todos en esta casa lo tengan claro desde hoy -dijo Asher, su voz llenando cada rincón de la habitación con una autoridad absoluta-. Esta mujer es la señora de la casa. Su palabra es la mía. Pero sobre todo...

Se acercó a mí y abrió la caja de terciopelo. En su interior, un collar de diamantes y zafiros brillaba con una luz casi ofensiva. Los zafiros eran del mismo azul profundo que los ojos de una tormenta.

-Este collar perteneció a mi madre -continuó él, sacándolo de la caja-. Es la joya más valiosa de la familia Redd. Solo la mujer del heredero tiene derecho a portarla.

-No lo quiero -dije, retrocediendo-. Esas joyas tienen sangre, Asher. Sé cómo las obtuvo tu familia.

-No te estoy preguntando si las quieres -siseó él.

Me tomó por los hombros y me obligó a darme la vuelta, quedando de espaldas a él y de frente a las sirvientas. Sentí el frío del metal rozando mi garganta mientras él abrochaba el cierre del collar. Sus dedos largos rozaron la nuca de mi cuello, enviando una descarga eléctrica que odié con cada fibra de mi ser.

Asher me sujetó por la cintura, pegando mi espalda a su pecho, y nos miró a través del espejo del tocador.

-Mírate, Jeane -susurró cerca de mi oído, para que solo yo pudiera escucharlo-. Mírate bien.

En el reflejo, las sirvientas nos observaban con una mezcla de envidia y asombro. El collar pesaba sobre mi cuello como una cadena de oro. A pesar de mi ropa desgastada y mi rostro pálido, los zafiros me hacían ver como parte de la realeza que siempre desprecié.

-Ahora todos saben a quién le perteneces -dijo Asher en voz alta para el personal-. Este collar es mi marca. Si alguna vez intentas quitártelo, o si alguien en esta casa se atreve a faltarte al respeto, recordarán que lo que lleva Jeane en el cuello vale más que las vidas de todos ustedes juntas. Pueden retirarse.

Las mujeres hicieron una reverencia rápida y salieron casi corriendo. Me quedé a solas con él, atrapada en su abrazo de hierro, sintiendo el latido de su corazón contra mi espalda.

-¿Ya eres feliz? -le pregunté con amargura-. ¿Ya me has marcado como a uno de tus caballos de carreras?

Asher hundió el rostro en el hueco de mi cuello, inhalando mi aroma con una intensidad que me hizo flaquear.

-Los caballos son más fáciles de domar, Jeane -murmuró, su voz vibrando contra mi piel-. Tú vas a darme mucho más trabajo. Y eso es exactamente lo que me mantiene interesado.

Me soltó tan rápido como me había atrapado y se dirigió a la puerta secreta. Antes de cruzarla, se giró hacia mí con una sonrisa depredadora.

-Báñate. Ponte algo de seda. Y no cierres los ojos, Jeane. Porque cuando esa puerta se abra esta noche, no será para hablar de negocios.

La puerta se cerró con un "clic" definitivo. Me quedé sola en la inmensidad de la suite, rodeada de lujos que se sentían como espinas. Llevé mi mano al collar de su madre y tiré de él, pero el cierre era complejo y firme.

Caminé hacia el balcón, necesitando aire. Al salir, Bianca Thorne seguía allí, en la mansión de al lado. Levantó su copa hacia mí en un brindis silencioso que parecía una promesa de guerra.

Me toqué el vientre aún plano. El heredero prohibido. La deuda de sangre. La puerta sin cerrojo.

La bienvenida a la Mansión Redd no había sido un sueño; era el inicio de la pesadilla más hermosa y peligrosa de mi vida. Y lo peor de todo era que, mientras el sol se ponía, me sorprendí mirando esa puerta oscura en la esquina, esperando, con un miedo que se sentía como deseo, el momento en que Asher decidiera entrar.

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