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Secretos en el Ático
img img Secretos en el Ático img Capítulo 4 El Primer Día en el Infierno
4 Capítulo
Capítulo 6 El Banquete de las Sombras img
Capítulo 7 El Umbral del Contacto img
Capítulo 8 La Vigilancia del Cazador img
Capítulo 9 El Intruso en la Red img
Capítulo 10 La Medida del Engaño img
Capítulo 11 Ecos del Linaje img
Capítulo 12 La tormenta está amainando img
Capítulo 13 La Armadura se Quiebra img
Capítulo 14 La Anatomía de una Traición img
Capítulo 15 La Suite del Aislamiento img
Capítulo 16 Mi invitada personal img
Capítulo 17 La Piel de la Serpiente img
Capítulo 18 El Escándalo del Siglo img
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Capítulo 4 El Primer Día en el Infierno

El despertador de Sofía sonó a las 4:30 de la mañana, un sonido metálico que cortó el silencio de su habitación como un bisturí. No necesitó tiempo para desperezarse; el entrenamiento de años la puso en pie antes de que el segundo timbrazo pudiera sonar. Sin embargo, antes de que pudiera llegar a la ducha, la primera oleada de náuseas la golpeó con la fuerza de un camión.

Corrió al baño y se sujetó al borde del lavabo, esperando a que el mundo dejara de dar vueltas. "Solo es el primer trimestre", se recordó a sí misma, limpiándose el sudor de la frente. "Tienes que aguantar".

Frente al espejo, comenzó el ritual que se convertiría en su rutina diaria. Desplegó el panel de compresión biomecánica sobre la cama. Era una malla de polímeros inteligentes que, al activarse con un pequeño pulso eléctrico desde una aplicación en su reloj, se contraía de forma uniforme. No era una faja convencional; este dispositivo distribuía la presión para no dañar los órganos, pero mantenía su abdomen tan firme y plano como el de una atleta de alto rendimiento. Al ajustárselo, Sofía sintió una opresión incómoda, un recordatorio físico del secreto que latía bajo su piel.

Se vistió con un traje negro de corte ejecutivo, una camisa blanca de cuello rígido y una corbata delgada. El uniforme de la invisibilidad. A las 5:50 am, estaba cruzando el lobby de la Torre Thorne.

Adrian la esperaba en el garaje subterráneo, revisando unos informes en la parte trasera de un SUV blindado. Al verla llegar, consultó su reloj de lujo.

-Llega dos minutos antes, Valenti. Espero que esa puntualidad sea una constante y no una cortesía del primer día -dijo sin saludar.

-La puntualidad es la única forma de respeto que no cuesta dinero, señor Thorne -respondió ella, ocupando el asiento del copiloto mientras hacía una señal al conductor para que arrancara.

El primer reto del día fue la auditoría de la ruta. Sofía había rediseñado el trayecto hacia la sede de la bolsa de valores para evitar tres puntos ciegos que detectó en los informes previos. Mientras el coche se deslizaba por las calles aún semivacías, Adrian no dejaba de observarla a través del espejo retrovisor.

-Dígame, Valenti, ¿qué haría si un dron de carga interceptara este vehículo en el puente? -preguntó él de repente, con ese tono de examen constante que lo caracterizaba.

Sofía respondió sin dudar, describiendo la maniobra de evasión y el protocolo de contención electrónica. Su voz era técnica, fría, perfecta. Pero por dentro, el mareo provocado por el movimiento del coche y la presión del dispositivo de camuflaje empezaba a causarle una migraña punzante.

Al llegar a la oficina, la jornada se intensificó. Adrian no era un CEO de escritorio; era un torbellino de actividad. Sofía tuvo que seguirlo a través de tres plantas diferentes, supervisando reuniones, escaneando rostros y verificando la integridad de las comunicaciones. Para el mediodía, sus pies estaban hinchados y sentía que el panel de compresión le cortaba la respiración.

-Almuerzo en diez minutos. En mi despacho -ordenó Adrian mientras caminaba por el pasillo.

-Señor, tengo que revisar el perímetro del comedor ejecutivo antes de...

-He dicho en mi despacho, Valenti. Usted comerá conmigo. Necesito repasar los protocolos de seguridad para el viaje a Singapur.

Sofía sintió un nudo en el estómago. Comer frente a él era el mayor peligro. El olor de la comida caliente solía ser el detonante de sus náuseas.

Cuando entró al despacho, Adrian ya tenía sobre la mesa dos ensaladas de salmón ahumado. El olor a pescado inundó la habitación cerrada. Sofía sintió que el mundo se balanceaba. Se obligó a sentarse, manteniendo la espalda recta como una tabla.

-¿No le gusta el salmón? -preguntó Adrian, notando que ella no tocaba el tenedor.

-Es excelente, señor. Solo estoy... analizando los informes que me envió -mintió ella, clavando la vista en la tablet mientras sentía que un sudor frío le recorría la nuca.

-Coma. No quiero que mi jefa de seguridad se desmaye por falta de glucosa. Es una orden.

Sofía tomó un pequeño trozo, masticando con lentitud agónica. Cada bocado era una batalla contra su propio cuerpo. Adrian la observaba con una intensidad inquietante. Había algo en su mirada que no era solo curiosidad profesional; era una búsqueda, como si intentara descifrar un código oculto en ella.

-Es usted muy joven para tener un historial tan denso -comentó él, dejando su cubierto de plata-. Y muy solitaria. No hay registros de parejas, ni de familia cercana. Nada.

-Las ataduras son debilidades en mi línea de trabajo, señor Thorne. Usted mismo lo dijo ayer.

-Lo dije. Pero verlo en otra persona es... refrescante. Casi parece que ha sido diseñada para este puesto.

De pronto, un sonido agudo rompió la tensión. El reloj de Sofía emitió una alerta vibratoria que solo ella podía sentir. Era el sensor térmico del panel de compresión: estaba detectando un aumento de temperatura en su cuerpo, una señal de estrés fisiológico que podía llevar a un fallo del dispositivo.

-¿Ocurre algo? -Adrian se fijó en la palidez extrema de sus labios.

-Un fallo en la red de seguridad del piso 4. Debo revisarlo personalmente. Con su permiso -se levantó con una rapidez que casi le cuesta el equilibrio.

Salió del despacho antes de que él pudiera protestar. Corrió hacia el baño privado del pasillo de seguridad y cerró la puerta con pestillo. Se apoyó contra el mármol, respirando agitadamente. Se desabrochó los primeros botones de la camisa y desactivó momentáneamente el pulso del panel.

La liberación de presión fue un alivio tan inmenso que casi la hace llorar. Se miró al espejo. Su vientre, liberado, mostraba una curva casi imperceptible para ojos inexpertos, pero real para ella.

-Solo es el primer día, pequeño -susurró, acariciando la tela sobre su piel-. Tenemos que ser más fuertes que él.

En ese momento, escuchó unos pasos firmes acercándose a la puerta del baño. Un golpe seco y decidido.

-Valenti. Sé que no hay ningún fallo en la red del piso 4 -la voz de Adrian, justo detrás de la puerta, sonaba peligrosa y autoritaria-. Abra la puerta. Ahora.

Sofía se congeló. El pánico le atenazó la garganta. Rápidamente, reactivó el dispositivo de compresión, sintiendo cómo el panel volvía a apretar su cuerpo, y se abotonó la camisa con dedos temblorosos. Se echó agua fría en la cara y abrió la puerta.

Adrian estaba allí, con los brazos cruzados y una expresión que mezclaba la sospecha con una extraña preocupación que no quería admitir.

-¿Qué está ocultando, Valenti? -dio un paso hacia ella, acorralándola contra el marco de la puerta-. En mi empresa no se miente. Si tiene un problema médico, o si alguien la está coaccionando, dígalo ahora.

Sofía sostuvo la mirada, a pesar de que podía sentir el calor del cuerpo de él inundando sus sentidos. La cercanía era letal. Sus ojos bajaron por un segundo a los labios de Adrian, recordando el sabor de la mascarada, antes de volver a endurecerse.

-No tengo problemas médicos, señor. Solo ha sido un episodio de agotamiento por el calor. No volverá a suceder. Mi lealtad es total.

Adrian la observó durante un tiempo que pareció una eternidad. Su mano se levantó, como si fuera a rozar la mejilla de ella para comprobar su temperatura, pero se detuvo a pocos centímetros. El aire entre ellos vibraba con una tensión que no tenía nada que ver con la seguridad corporativa.

-Asegúrese de que así sea -dijo él finalmente, su voz bajando a un susurro ronco-. No me gusta que mis empleados tengan secretos. Y usted... usted parece estar hecha de ellos.

Él se dio la vuelta y se alejó, dejándola temblando en el pasillo. Sofía sabía que el primer día había sido una victoria pírrica. Había mantenido el secreto, pero había despertado al cazador. Y Adrian Thorne no se detendría hasta que encontrara la verdad oculta tras su armadura.

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