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Secretos en el Ático
img img Secretos en el Ático img Capítulo 5 La Fortaleza Rota
5 Capítulo
Capítulo 6 El Banquete de las Sombras img
Capítulo 7 El Umbral del Contacto img
Capítulo 8 La Vigilancia del Cazador img
Capítulo 9 El Intruso en la Red img
Capítulo 10 La Medida del Engaño img
Capítulo 11 Ecos del Linaje img
Capítulo 12 La tormenta está amainando img
Capítulo 13 La Armadura se Quiebra img
Capítulo 14 La Anatomía de una Traición img
Capítulo 15 La Suite del Aislamiento img
Capítulo 16 Mi invitada personal img
Capítulo 17 La Piel de la Serpiente img
Capítulo 18 El Escándalo del Siglo img
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Capítulo 5 La Fortaleza Rota

El sol del mediodía caía a plomo sobre el ático de Adrian Thorne, transformando las paredes de cristal en una trampa de luz y reflejos. Sofía Valenti, con su uniforme impecable y su corazón latiendo en un compás acelerado, se sentía como una intrusa en un santuario. Hoy no era un día de oficina; era el día en que debía realizar una auditoría de seguridad exhaustiva en la residencia privada de Adrian. El mismo ático donde, hacía poco más de un mes, todo había comenzado.

-No quiero cables a la vista ni agujeros en mis paredes, Valenti -la voz de Adrian, amplificada por el sistema de sonido del ático, retumbó desde su estudio privado-. La tecnología debe ser invisible, como usted.

-Entendido, señor Thorne -respondió Sofía, mientras sacaba de su maletín un escáner de frecuencia milimétrica y una tablet táctil.

Su tarea era identificar vulnerabilidades en los sistemas de vigilancia, accesos y comunicaciones del ático. Adrian le había dado acceso total, con la única condición de que no interrumpiera su trabajo. Pero la verdadera misión de Sofía era doble: encontrar los puntos débiles de la seguridad de Adrian, y asegurar que su propia "tecnología invisible" no fuera detectada por los sofisticados sistemas de detección de la torre.

Comenzó por el ala de servicio, analizando las puertas blindadas, los sensores de movimiento y las redes Wi-Fi. Cada metro cuadrado del ático era una demostración de poder y paranoia. Las cámaras, ocultas en detectores de humo y rejillas de ventilación, eran casi imposibles de detectar a simple vista.

Pero mientras trabajaba, Sofía no podía evitar que su mente vagara. Pasó por el salón principal, donde había bailado brevemente con Adrian. Recordó la textura de su esmoquin bajo sus dedos. Pasó por la cocina de chef, imaginando el aroma del champán de aquella noche. Cada rincón del ático era una cicatriz silenciosa de su pecado.

Llegó al dormitorio principal. Las puertas de cristal esmerilado que lo separaban del resto del ático se abrían con un sensor de retina. Al entrar, Sofía sintió que el aire se espesaba. La habitación era un estudio en tonos grises y ébano, con una cama king-size que ocupaba el centro, vestida con sábanas de seda negra. El edredón estaba ligeramente revuelto, la almohada de Adrian aún conservaba la forma de su cabeza.

Sofía encendió el escáner. No solo buscaba fallos de seguridad externos, sino también la presencia de cualquier dispositivo que pudiera detectar irregularidades biológicas o campos electromagnéticos que delataran su panel de compresión. Adrian Thorne no dejaba nada al azar, y si tenía sistemas de detección de intrusos sofisticados, ¿por qué no tendría algo para su propia protección personal que pudiera detectar ella?

Su mano, sin darse cuenta, se posó sobre su vientre, que bajo el panel se sentía como una armadura fría. El bebé ya tenía el tamaño de una nuez, pero para ella era un universo entero.

Mientras escaneaba la habitación, un olor la detuvo en seco. No era el perfume de Adrian, sino un rastro sutil, casi imperceptible, de un aroma floral. Un perfume que ella había usado aquella noche. Una muestra diminuta había quedado impregnada en las sábanas o en el aire. Adrian debía haber notado algo, pero no lo suficiente como para vincularla con la Jefa de Seguridad fría y profesional.

De repente, una voz resonó en el intercomunicador del dormitorio:

-Valenti. ¿Ha encontrado algo interesante en mis aposentos? Su silencio es inusual.

Adrian. La había estado observando. Sofía sintió un escalofrío.

-Solo la excelencia tecnológica habitual, señor Thorne -respondió con voz firme-. Y una leve resonancia en la rejilla de ventilación, posiblemente un micrófono ambiental con una calibración desfasada.

Una mentira calculada. Necesitaba una excusa para justificar su tiempo en el dormitorio y desviar la atención.

-Vaya -dijo Adrian, con una nota de sorpresa en su voz-. Mis ingenieros jurarían que es perfecto. Demuéstremelo.

Sofía se dirigió a la rejilla de ventilación del techo y activó un pequeño sensor portátil que tenía en su muñeca. Era un dispositivo de interferencia de señal. Fingió estar "calibrando" la supuesta avería, mientras que en realidad estaba asegurándose de que su propia tecnología no produjera ninguna anomalía detectable.

Mientras trabajaba, su mirada se posó en la mesita de noche de Adrian. Había un libro abierto, un estudio sobre la neurociencia de la toma de decisiones. Junto a él, una fotografía enmarcada: una mujer mayor, de aspecto severo y ojos tristes, y un niño pequeño, con la misma mirada intensa de Adrian. Su madre y él, de niños. La "herencia" que Adrian tanto despreciaba.

-Valenti. ¿Ha terminado ya con la rejilla? -La voz de Adrian era impaciente.

-Sí, señor. Ha sido corregido. La resonancia ha desaparecido.

-Bien. Ahora, venga a mi estudio. Tenemos que repasar los puntos débiles que ha encontrado en la red externa. Y necesito su informe verbal.

Sofía recogió sus herramientas y se dirigió al estudio de Adrian, el lugar donde se gestaban miles de millones. Era una habitación diseñada para el control, con pantallas gigantes que mostraban mercados de valores, noticias financieras y mapas de seguridad.

Al entrar, Adrian la esperaba sentado tras su escritorio de obsidiana, con la tablet en mano. Había algo en su mirada, una curiosidad que iba más allá de la eficiencia.

-Así que, aparte de la "resonancia", ¿nada más? -preguntó, apoyándose en el respaldo de su silla.

-La seguridad interna es casi inexpugnable, señor. El verdadero riesgo siempre está en los factores externos, los elementos humanos, las personas que pueden ser comprometidas.

-¿Y usted, Valenti? ¿Es usted un elemento humano comprometido?

La pregunta la golpeó como un rayo. Sofía mantuvo la calma, aunque por dentro se sentía expuesta.

-Mi historial habla por sí mismo, señor Thorne. Mi lealtad es profesional. Mi vida es mi trabajo. No tengo vulnerabilidades.

Adrian se levantó y se acercó a ella, sus ojos fijos en los de ella. Esa misma cercanía que había provocado la noche de la mascarada.

-Todo el mundo tiene vulnerabilidades, Valenti -dijo él en voz baja, su aliento cálido contra su mejilla-. Las suyas deben estar muy bien escondidas.

Su mirada bajó por un instante al área de su vientre, apenas perceptible bajo el ajuste del traje. Sofía sintió un escalofrío gélido, a pesar de que el panel de compresión la mantenía firme. ¿Había visto algo? ¿Había percibido la anomalía de su cuerpo bajo la tela?

-Mi trabajo es asegurar que sus vulnerabilidades estén protegidas, señor -respondió ella, desviando el tema con una frialdad calculada-. Las mías no son relevantes.

Adrian dio un paso atrás, con una expresión de frustración apenas contenida. Parecía molesto por no poder leerla.

-Bien. Le asignaré una lista de objetivos prioritarios para la próxima semana. Quiero un informe diario de todos los contactos sospechosos o movimientos inusuales cerca de la torre. Y Valenti... -añadió, mientras ella se dirigía a la puerta-, si encuentra alguna otra "resonancia" en mi ático, asegúrese de informarme de inmediato. Y por "inmediato", me refiero a personal.

Sofía asintió, su mente ya trabajando en los nuevos protocolos. Salió del ático, dejando atrás el lujo opresivo y el aroma persistente de sándalo y un rastro floral que Adrian aún no había logrado identificar. Había superado la primera prueba en la boca del lobo, pero cada día que pasaba, el lobo parecía estar más cerca de descubrir lo que ella escondía en su vientre. El juego de la invisibilidad era cada vez más peligroso.

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