Beatriz no se conformó con el beso. Tras saborear la uva compartida, deslizó su lengua por el labio inferior de Adrián, recogiendo el jugo dulce mientras sus ojos verdes escaneaban la reacción del joven. La mano de la matriarca, que antes solo rozaba, ahora se cerró con firmeza alrededor de la erección de Adrián. El contraste era brutal: la piel de Beatriz, experimentada, suave pero firme, envolviendo la urgencia juvenil del chico.
-Miren -anunció Beatriz con voz clara, proyectándola hacia los invitados que se agrupaban alrededor-, la pureza de este linaje es un regalo para nuestra reunión. Observen cómo la sangre joven responde al llamado de la experiencia.
A pocos metros, Elena y Javier estaban paralizados, pero no de horror. El ambiente del Cónclave tenía una propiedad anestésica sobre la moral convencional. Elena sentía un calor líquido recorriendo sus muslos mientras veía a la mujer mayor manejar a su hijo con tal maestría. Javier, por su parte, sentía la presión de dos mujeres jóvenes -apenas mayores que sus hijas- que se habían pegado a sus flancos. Una de ellas, una pelirroja de piel pecosa, comenzó a lamer el vello de su pecho, mientras la otra rodeaba su cintura, sus dedos buscando el camino hacia su virilidad madura.
-Es hora de que los Rivera ocupen su lugar en el Altar de la Luna -dijo Beatriz, haciendo un gesto hacia una estructura circular de mármol negro rodeada de cojines de terciopelo carmesí.
La multitud se movió como un solo organismo, guiando a la familia hacia el centro del evento. Allí, la luz de las antorchas era más intensa, bañando los cuerpos con un tono rojizo que los hacía parecer estatuas de arcilla húmeda. Beatriz se sentó en el centro, reclinándose con una pierna doblada, exponiendo su sexo maduro y húmedo ante la mirada de todos. Con un gesto imperativo, indicó a Adrián que se arrodillara entre sus piernas.
El Altar de la Luna no era solo un lugar físico; era un epicentro de energía donde la mirada de los demás actuaba como un lubricante social. Al arrodillarse frente a Beatriz, Adrián sintió que el tiempo se dilataba. El perfume de la mujer -una mezcla de sándalo, sudor dulce y algo más profundo que solo podía describirse como el aroma del poder- invadió sus pulmones, desplazando el aire salino de la costa.
Beatriz no tenía prisa. Sus dedos, largos y adornados con anillos de plata que se sentían fríos contra la piel ardiente de Adrián, comenzaron a inspeccionar su rostro. Recorrió el arco de sus cejas, la línea de su mandíbula y finalmente sus labios, que estaban entreabiertos por la agitación. A pocos metros, los Rivera se habían convertido en un círculo de testigos cautivos. Elena observaba con una mano sobre su propio pecho, notando cómo su corazón martilleaba contra su palma desnuda; Javier, de pie pero con las piernas temblorosas, sentía la presión de la multitud a su espalda, una masa de cuerpos calientes y expectantes.
-El primer paso de la iniciación -susurró Beatriz, su voz proyectándose para que todos la oyeran- no es el sexo. Es el reconocimiento. Adrián, mira a tu madre.
El joven giró la cabeza con dificultad. Ver a Elena allí, con sus pechos maduros brillando bajo la luz de las antorchas y su mirada cargada de una mezcla de orgullo y deseo prohibido, le provocó un vértigo moral.
-Mira su cuerpo -continuó Beatriz, obligándolo a mantener la vista-. Ese es el origen de tu carne. Y ahora, mira a tus hermanas.
Adrián posó sus ojos en Valeria y Mónica. Las gemelas estaban sentadas en el suelo, sus piernas entrelazadas, formando una escultura de juventud y perfección. El hecho de que fueran idénticas y que estuvieran allí, despojadas de todo secreto, hacía que la mente de Adrián luchara por procesar la realidad. Eran sus hermanas, pero en este jardín, eran también mujeres, competidoras por la atención de la noche, flores abiertas bajo la luna.
-Ahora que has reconocido tu origen, puedes empezar a conocer tu destino -dijo Beatriz, devolviendo la atención de Adrián hacia ella.
Ella tomó la mano de Adrián y la llevó hacia su propio pecho. El joven sintió la firmeza de la carne madura de la matriarca, el calor que emanaba de su piel y la textura ligeramente rugosa de su areola. Era un mundo diferente al de sus hermanas. Donde Valeria y Mónica eran tersura y suavidad, Beatriz era experiencia y volumen. La mano de Adrián temblaba, pero Beatriz la presionó con fuerza, obligándolo a amasar su seno, a sentir el peso de su historia.
Mientras tanto, el voyeurismo alrededor de la familia se intensificó. Dos hombres maduros, con cuerpos esculpidos por años de natación y sol, se acercaron a las gemelas. Sin decir palabra, comenzaron a verter un aceite tibio y aromático sobre los hombros de Valeria. El líquido dorado resbaló por su espalda, bajando por el canal de su columna hasta perderse entre sus nalgas. Mónica, lejos de asustarse, tomó una de las manos de los hombres y la llevó hacia su abdomen, guiándolo para que extendiera el aceite por su piel.
Javier veía la escena con una fascinación oscura. Ver a sus hijas ser "preparadas" como ofrendas por hombres que podrían ser sus amigos o socios, le generaba una erección que ya no podía ocultar. Elena, notando la tensión de su marido, se pegó a su espalda, rodeando su cintura con los brazos y dejando que sus pechos se aplastaran contra los omóplatos de Javier.
-Déjate llevar, Javier -le susurró Elena al oído-. Nadie nos está juzgando. Estamos en el Edén.
Beatriz, satisfecha con la atmósfera, comenzó a desatar los últimos nudos de la resistencia de Adrián. Se inclinó hacia adelante, dejando que su cabello rozara los hombros del chico, y comenzó a lamer el rastro de sudor que bajaba por el cuello de él. Sus manos bajaron hacia los muslos de Adrián, apretando los músculos firmes del joven nadador. Con una agilidad sorprendente para su edad, Beatriz se deslizó hacia atrás en los cojines, abriendo las piernas en un ángulo generoso.